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Bernhard Schlink - "El lector" (Anagrama)

Coincidiendo con el estreno en cines de la adaptación protagonizada por Kate Winslet, de casualidad encontré entre mis libros éste, que hacía años me había regalado un buen amigo. Y menuda sorpresa más grata me llevé. En apenas doscientas páginas Schlink relata una historia potente y logra una de esas novelas pequeñas pero matonas, llena de matices y con una profundización en los personajes que causa impresión. Más que leerla, la engullí y cuando la acabé me quedé destrozada. Y cometí el error de ir a ver enseguida la película, algo que nunca más volveré a hacer porque mi visión estaba totalmente condicionada por la impresión que me había causado el original y quizá fui injusta con una adaptación que es digna, aunque para mí se queda en algo bastante pobre si se compara; es difícil trasladar a la pantalla las hondas reflexiones del protagonista sin hacer uso de la voz en off. Aún así ver a Kate dar uno de sus recitales interpretativos siempre es una gozada.

De El lector se pueden decir muchas cosas. Su punto de arranque es una intensa relación amorosa entre un adolescente y una mujer mayor, que marcará de por vida al primero y que se desarrolla en alguna ciudad indeterminada de la Alemania de posguerra. Los sucesos se van recordando desde el presente, el narrador hace un ejercicio de memoria a modo de tanteo, yendo y viniendo, reconstruyendo y sobre todo reflexionando con una profundidad sin concesiones; con un solo párrafo consigue abarcar tanto: “(…) en lo que sucedió en aquellos días reconozco hoy el mismo esquema por medio del cual el pensamiento y la acción se han conjugado o han divergido durante toda mi vida. Pienso, llego a una conclusión, la conclusión cristaliza en una decisión, y entonces me doy cuenta de que la acción es algo aparte, algo que puede seguir a la decisión, pero no necesariamente. A lo largo de mi vida, he hecho muchas veces cosas que era incapaz de decidirme a hacer y he dejado de hacer otras que había decidido firmemente.

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Uno de los temas esenciales de la novela es la culpa en todas sus formas, la culpa que angustia a alguien a título personal, sus disquisiciones morales entre lo que debe o no hacer, pero también la culpa de toda una generación de alemanes, la posterior a la Segunda Guerra Mundial, avergonzada y rabiosa por lo que habían hecho (o no) sus padres. La indagación que realiza Schlink (con juicio de fondo incluido) no es nada facilona, es precisamente su punto de vista fresco sobre el asunto lo que le da envergadura: “Hoy en día hay tantos libros y películas sobre el tema, que el mundo de los campos de exterminio forma ya parte del imaginario colectivo que complementa el mundo real. Nuestra fantasía está acostumbrada a internarse en él, y desde la serie de televisión ‘Holocausto’ y películas como ‘La decisión de Sophie’ y especialmente ‘La lista de Schindler’, no sólo se mueve en su interior, no se limita a percibir, sino que ha empezado a añadir y decorar por su cuenta.

Algo que me ha gustado especialmente de El lector es la relación erótica que sirve de punto de partida al relato. Cómo describe el nacimiento de la pasión entre la pareja, los primeros encuentros, el aprendizaje sexual del joven, y la descripción de esa mujer y de su cuerpo, objeto de deseo nada convencional y que el autor nos muestra con delicada autenticidad. …Hanna, menuda mujer, tan dura e inflexible, fuerte y frágil a la vez, consigue revolverte, te incomoda la fascinación y la comprensión, o compasión, que eres capaz de sentir hacia ella. Y entiendes la altura de ese amor que deja al protagonista marcado de por vida, bloqueado emocionalmente, siempre esquivo: “¿Será eso lo que me entristece? ¿El celo y la fe que me colmaban en aquella época, mi empeño en arrancarle a la vida una promesa que de ningún modo podía cumplir? A veces veo en las caras de los niños y los adolescentes el mismo celo y la misma fe, y los veo con la misma tristeza con que recuerdo los míos. Esa tristeza, ¿no será la tristeza pura? ¿Es eso lo que nos sobreviene cuando, al mirar atrás, los recuerdos hermosos se nos vuelven quebradizos, al ver que aquella felicidad no se alimentaba sólo de la situación del momento, sino de una promesa que no se cumplió?

(…) me daba pena su vida retrasada y fracasada, y pensé con tristeza en los retrasos y fracasos de la vida en general. Pensé que cuando se ha dejado pasar el momento justo, cuando alguien se ha negado demasiado tiempo a algo, o se lo han negado, ese algo por fuerza llega demasiado tarde, por más que uno lo acometa con todas sus fuerzas y lo reciba con gozo. ¿O quizá no existe ‘demasiado tarde’, solo ‘tarde’, y ‘tarde’ es mejor que ‘nunca’? No lo sé.” Me gusta especialmente ese “no lo sé” final, porque encierra toda la complejidad del ser humano, su constante contradicción, su incertidumbre, su naturaleza esencialmente indefensa. La novela no aporta respuestas a las cuestiones que plantea, y se agradece, porque su valor para mí reside en las certeras preguntas que nos hace, en el espacio que nos reserva a nosotros, los lectores.

Si hay un cómic grande entre los grandes, con todos los que hemos sacado por aquí…para mí es éste. Dentro de poco hará un año que se publicó por fin en España y nos alegró la vida. Hay libros como Fun Home que devoras en dos sentadas y que, sin embargo, te gustaría que duraran para siempre, como en la viñeta de Liniers. Son los que marcan diferencia. Decía que me había alegrado la vida, aunque esta novela gráfica es más tragedia que comedia pero es lo que hay cuando se encara la realidad conscientemente, y es precisamente el drama lo que pone las cosas en perspectiva. Alison Bechdel cambia de registro, de los desenfadados álbumes Unas bollos de cuidado sobre su entorno lésbico, al relato intenso y personal de una novela gráfica de las que hacen época y que fue elegida entre los mejores libros del año 2006 por cabeceras como The New York Times.

Cuando leemos Fun Home no podemos dejar de pensar en la querida familia Fisher de Six feet under, con la que los Bechdel comparten negocio. El entorno que rodea a la autora en su infancia, y que tan bien muestra aquí, le marca y resulta idóneo para tratar sobre la muerte, la vida, el encierro, la represión… ella vive todo eso de cerca, entre la extrañeza y la naturalidad según el caso. El poeta William Wordsworth decía aquello de “el niño es el padre del hombre”, una verdad fundamental que nos explica muy bien y que aquí contemplamos en la evolución de la pequeña Ali: las relaciones de la particular familia, el ambiguo matrimonio que forman sus progenitores, su despertar sexual como lesbiana en la universidad, la muerte del padre, su conflictiva e intensa relación con él (“es verdad que no se suicidó hasta que tuve casi veinte años. Pero su ausencia resonó retroactivamente, reverberando a través de todo el tiempo que le conocí”)….y todo a través de unas viñetas preciosas, llenas de poesía, que conmueven, que maravillan.

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Lo mejor de Fun Home es el hilo del relato, el continuo tanteo en idas y venidas, la verdadera exploración que la autora hace de su propia biografía y de qué manera entrelaza su histo
ria y la de su padre, su alumbramiento en presente y la decadencia y tormento de él en el pasado. Hay una total impudicia por parte de Bechdel al mostrar los secretos de su familia, como una catarsis necesaria con la que expiar el sufrimiento. No en vano les dedica el libro a su madre y hermanos diciendo “lo pasamos muy bien a pesar de todo”. ¿Y dónde queda entonces la parte cómica? Pues como la vida misma, en la desgracia también cabe la risa, y es en los pequeños detalles cotidianos donde encontramos lo entrañable de una familia: en la cara de alucine de los hijos ante el furor esteticista del padre y su inflexibilidad ante la combinación de colores a la hora de vestirla (“Yo era espartana y mi padre era ateniense. Yo era moderna y él victoriano. Una marimacho para su princesa. Yo era utilitarista y él un esteta”), en las ocurrencias infantiles y las situaciones esperpénticas que se daban en una funeraria habitada por tres niños. Y todo ese recorrido, plagado de citas y referencias literarias muy bien traídas, con un lugar preponderante para Marcel Proust pero también con la erótica interpretación que hace la autora con su novia del libro de Roald Dahl James y el melocotón gigante. Vamos, una delicia.

Amélie Nothomb - "Cosmétique de l'ennemi" (Le Livre de Poche)

Para clase de francés me he examinado de este libro y por primera vez, y espero que sirva de precedente, me ha motivado lo suficiente para hablar de él aquí. Le petit Nicolas y compañía no daban mucho juego, la verdad. Anteriormente solo había leído de (la exitosa) Amélie Nothomb Antichrista, una novelita sin mucha trascendencia donde sí puedes captar enseguida la querencia de esta mujer por las relaciones obsesivas. En Cosmétique de l’ennemi, que es anterior, va también por ese camino, centrándose especialmente en el conflicto de dos personajes, por así decirlo. Esta es una de esas ocasiones en las que te piden que no desveles nada de la historia porque la gracia, supuestamente, está en llegar desprevenido a la sorpresa final. Para mí no hay tal sorpresa, casi al principio del libro uno de los personajes empieza a hablarle al otro del ‘enemigo interior’, del jansenismo, de Pascal…Y a partir de ahí todo sigue el camino lógico.

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Hay infinidad de películas y libros que hablan de ello. Dejemos al margen algunos detalles poco verosímiles del desarrollo de la historia, como la chapucera trama criminal o la visión trasnochada yofensiva del amor y las relaciones, con la mujer como mero objeto receptor, con la idea de ‘la maté porque era mía’ y similares, que probablemente la autora introduce a modo de crítica. Lo realmente interesante de esta novela corta es que profundiza de manera muy directa y ágil en la psicología del ser humano, y como quien no quiere la cosa se pone a hablar de la dualidad, del Jekyll y Hyde que todos llevamos dentro, del enfrentamiento entre la parte consciente e inconsciente de una mente enferma, de nuestros demonios interiores… Solo por hablar de todo esto y tener ese gusto especial por los cementerios, la Nothomb me tiene ganada.
Aquí va mi extracto favorito, que habla precisamente de todo esto (siento ponerlo en francés, no tengo la versión traducida): “Je crois en l’ennemi. Les preuves de l’existence de Dieu sont faibles et byzantines, les preuves de son pouvoir sont plus maigres encore. Les preuves de l’existence de l’ennemi intérieur sont énormes et celles de son pouvoir sont écrasantes. Je crois en l’ennemi parce que, tous les jours et toutes les nuits, je le rencontre sur mon chemin. L’ennemi est celui qui, de l’intérieur, détruit ce qui vaut la peine. Il est celui qui vous montre la décrépitude contenue en chaque réalité. Il est celui qui vous met en lumière votre básese et celle de vos amis. Il est celui qui, en un jour parfait, vous trouvera una excellente raison d’être torturé”.

Jeffrey Eugenides - "Middlesex" (Anagrama)

Últimamente la cosa va de decepciones. No puedo ubicar Middlesex (ganadora del Pulitzer en 2003) en el catálogo de ‘grandes decepciones’ pero es un libro que tenía pendiente hacía tiempo y cuya lectura postergaba precisamente en la confianza de que era una apuesta segura. Gente cuya opinión respeto mucho me la había puesto por las nubes, un novelón de esos que tanto nos gustan. Pero finalmente para mí no ha llegado a tanto. Lo he leído con mucho interés pero no me parece la Gran Novela Americana que se dice en la contraportada. Quizá es lo que ocurre cuando tienes tantas expectativas.

Jeffrey Eugenides me había causado sensación con Las vírgenes suicidas, que leí siendo adolescente. En esa época, ya se sabe, estás a flor de piel y te tomas todo a la tremenda, y a mí los componentes drama y suicidio que tiene la historia de las hermanas Lisbon me fascinó. Reconozco, de todos modos, que aún entonces no me convencía el enfoque que el autor daba al asunto, tan contemplativo, tan de adoración masculina y las niñas tan cosificadas. Pero aún con eso la novela conseguía, y consigue, removerme. Aquí, sin embargo, le falta ese plus, esa conexión que hace que un libro te descoloque. Para mí el personaje más interesante, del que quiero saberlo todo, es Calíope-Cal, la voz protagonista, pero se detiene mucho más en el contexto histórico y en la familia. Cuando acabé el libro me sentí desilusionada.

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Claro que se puede argumentar que Middlesex es precisamente eso, una saga familiar, aunque el sujeto protagonista, un intersexual, Calíope, nacida aparentemente niña y educada como tal, que al llegar a la adolescencia se transforma en Cal, capta toda la atención: “(…)la cosa no es tan sencilla. Yo no encajo en ninguna de esas teorías. Ni en la de biología evolutiva ni en la de Luce. Mi conformación psicológica no concuerda con ese esencialismo tan popular en el movimiento intersexual. A diferencia de otros de los llamados pseudohermafroditas varones
de los que se ha escrito en la prensa, yo nunca me sentí fuera de lugar siendo chica. Sigo sin encontrarme enteramente a gusto entre hombres. El deseo me hizo cruzar al otro lado, el deseo y la realidad de mi cuerpo.” No es habitual encontrar novelas con personajes tan fuera de la norma, aunque como dice Calíope en cierto momento: “Me había equivocado con Luce. Yo contaba con que, después de hablar conmigo, decidiría que era normal y me dejaría en paz. Pero empezaba a entender algo de la normalidad. La normalidad no era normal. No podía serlo. Si la normalidad fuese normal, nadie se preocuparía de ella”.

A lo largo de sus más de seiscientas páginas y repartida en cuatro partes, conoces la andadura de los antepasados de Calíope desde Esmirna, en la comunidad griega de Turquía a principios del siglo XX, la travesía en barco que lleva a sus abuelos a Ellis Island, hasta su asentamiento final en Detroit. Eugenides conoce bien de lo que habla y se detiene en ello con un lenguaje exhuberante y lleno de referencias: el contexto histórico previo a la guerra entre Grecia y Turquía en 1922, las tradiciones griegas, el nacimiento del movimiento negro en la sucia Detroit e incluso los primeros coletazos de las reivindicaciones gays y trans. Entre todo este panorama, Detroit es un protagonista más de la novela, y resulta muy atractiva la manera que tiene el autor de retratar la urbe más sucia de Estados Unidos, con cariño e ironía. Allí se fraguó el Black Power y vemos a través de los ojos de la inquieta niña el racismo que lo provocó y la transformación continua que vive la ciudad. Y esto, junto a las pinceladas sobre el vibrante San Francisco de principios de los setenta, donde Cal empieza a tomar conciencia de su realidad, es lo más estimulante del libro.

Todo esto, muy bien pero yo no me quedo satisfecha, me da la sensación de que se ha desaprovechado el potencial narrativo de Cal, saber qué le pasa a partir de los diecisiete, cómo se enfrenta al mundo, y me quedo con ganas de leer más reflexiones como estas: “Pensé en el hecho asombroso de que el mundo contuviera tantas vidas. En aquellas calles, la gente se veía envuelta en mil asuntos, problemas de dinero, problemas amorosos, problemas con los estudios. (…). Nacían niños. Y en algunas casas había personas que envejecían, enfermaban y morían, dejando que otros llorasen su muerte. Eso pasaba de continuo, inadvertidamente, y eso era lo que realmente importaba. Lo que verdaderamente tenía importancia en la vida, lo que le daba peso específico, era la muerte. Vista de ese modo, mi metamorfosis era una acontecimiento de escasa significación.” O: “Chéjov tenía razón. Si hay una escopeta en la pared, tendrá que dispararse. En la vida real, sin embargo, nunca se sabe dónde está el arma”. En fin, con Middlesex me ha ocurrido eso que se expresa muy bien en inglés: ‘mixed feelings’.

Marjane Satrapi -"Bordados" (Norma)

La dibujante iraní afincada en París ya ha aparecido por aquí antes. Precisamente fue después de publicar con gran éxito los álbumes que componen Persépolis cuando sacó a la luz Bordados, un librito de pequeño formato en el que Satrapi vuelve a posar su mirada en la realidad de su país. Sin embargo esta vez se centra exclusivamente en sus mujeres, en las tradiciones que las limitan –tema que ya había tratado con maestría en el anterior-, en sus relaciones sentimentales, su familia, su visión del mundo… No me voy a extender mucho porque volvería a ensalzar lo que en Persépolis y que es lo que me parece más interesante de esta artista, su capacidad de aunar la historia con mayúsculas de su país con el relato de los hechos cotidianos, pequeños y personales. Sí que es cierto que esta vez encuentro su relato aún más universal porque esas vicisitudes y discriminacines las vivimos, o hemos vivido, aquí mismo hasta hace nada. No vayamos a caer en la condescendencia de siempre con la mujer en el Islam.

En Bordados sale sobre todo el segundo aspecto, la vida de puertas adentro de las mujeres iraníes, las intimidades de un grupo de amigas reunidas entorno a un té y unas pastas. Sus conversaciones picantes, sus increíbles anécdotas sobre infidelidades, virginidad y matrimonios concertados… no tienen desperdicio. Además, el tamaño de media cuartilla y el uso libre que hace de la estructura en sus viñetas dan un punto muy atractivo al libro, con un dibujo sencillo pero lleno de fuerza.

Sam Savage - "Firmin" (Seix Barral)

Tengo que decir que ésta ha sido una de ésas veces en que tienes una enorme curiosidad por un libro del que solo has oído decir maravillas y tras leerlo no estás más que decepcionada. Las críticas que había leído y el revuelo levantado con su publicación el año pasado en España (ya ha sobrepasado la séptima edición) me decían que era uno de esos pequeños grandes libritos que tanto me gustan, un homenaje a la lectura, un protagonista tierno y entrañable… Bueno, para mí Firmin, del peculiar escritor estadounidense Sam Savage, tiene sus momentos (“… comprar en Pembroke era como leer: nunca sabe uno con qué va a encontrarse en la página siguiente, y eso constituía una parte importante del placer”) pero nunca me acaba de encandilar Firmin, el ratón casi humano con inmensa curiosidad intelectual y fan de Dostoievski y Proust.

Todo el libro es una pura anécdota. La falta de pretensiones no tiene nada de malo siempre y cuando el lector conecte con el punto de vista del narrador porque ahí reside la única gracia de este tipo de libros. A mí básicamente me ha dado igual lo que le pasara al ratoncillo protagonista, a la vieja librería de Boston donde se inicia el relato o a su amigo Jerry, un escritor maldito de ciencia-ficción con el que vive casi en la indigencia. Los puntos más álgidos de la historia es cuando Firmin da sus opiniones sobre autores consagrados y se refiere al canon literario o cuando se plantea cuestiones metafísicas: “Me preguntaba: ‘¿Será posible que, a pesar de mi dudoso aspecto, yo tenga un Destino?’ Y con eso me refería a la clase de cosa que la gente tiene en los relatos, donde los hechos de la vida, por agitados y revueltos que discurran, al final se resuelven en una especie de pauta. Las vidas, en los relatos, tienen sentido y dirección. Incluso vidas totalmente desprovistas de sentido, como la de Lenny en ‘De ratones y hombres’, llegan a adquirir, por su lugar en el relato, al menos la dignidad y el significado de ser unas Vidas Estúpidas y Desprovistas de Sentido, el consuelo de ser un ejemplo de algo. En la vida real, ni eso consigue uno”. Más allá de eso, poca cosa.

La maestría se puede encontrar en los envoltorios más pequeños y delicados. Cuando preparaba mi viaje a Nueva York en junio pasado rescaté de la estantería un librito que me había entusiasmado años atrás. Conocí de su existencia por una referencia que hacía Carrie Bradshaw en uno de los capítulos de Sex in the city y la búsqueda del tal E.B White traducido en España no resultó tan infructuosa como suele serlo gracias a la colección Paisajes Narrados de Editorial Minúscula, empeñada en rescatar precisamente este tipo de joyitas.

Nueva York concederá el don de la soledad y el don de la intimidad a cualquiera que esté interesado en obtener tan extrañas recompensas”, con estas magníficas líneas comienza Esto es Nueva York, un ensayo que su autor escribió por encargo en 1948 para una revista de viajes y que enseguida adquirió la dimensión de clásico. Estamos hablando de un género, el del ensayo literario, muy cultivado desde siempre en la literatura anglosajona en multitud de revistas, y que tiene en el New Yorker su buque insignia. En aquella época White alternaba con colegas como Dorothy Parker, Flannery O’Connor o Saul Bellow. Imagina ir al kiosco a comprar tu revista favorita para leer un relato inédito de Toni Morrison o un ensayo de John Updike sobre la repercusión del efecto Palin en la campaña de McCain. En Estados Unidos o Reino Unido es de lo más cotidiano. Para mí es una de las ideas de la felicidad.

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E. B. White consiguió destilar en apenas cincuenta páginas una visión certera de la gran urbe contemporánea por excelencia: “La isla de Manhattan es sin ningún género de dudas el mayor concentrado humano de la tierra, un poema cuya magia se hace comprensible para los millones de habitantes que residen en ella de forma permanente, pero cuyo significado completo siempre se nos escapa”. Cuando lees (en un suspiro) su apasionado retrato de la ciudad entiendes perfectamente por qué es uno de los referentes literarios para todos los que aman esa ciudad y por qué gozó de una renovada repercusión tras el 11-S. White muestra con emoción pero rudeza al mismo tiempo lo que significa esa ciudad que provoca tal fascinación, tan vital como voraz. “El cambio más sutil que ha experimentado Nueva York es algo de lo que la gente no habla demasiado pero que está en la imaginación de todos. La ciudad, por vez primera en su larga historia, se ha vuelto vulnerable (…) La intimidad con la muerte forma ahora parte de Nueva York: está en el sonido de los reactores en el cielo y en los negros titulares de la última edición”. White cuenta en el prefacio que cuando se le pidió una revisión del texto para su publicación en forma de libro se sintió incapacitado: “Para poner Nueva York al día habría que publicar a la velocidad de la luz (…) Tengo la impresión de que es un deber del lector, y no del autor, poner al día Nueva York; y confío en que hacerlo será más un placer que un deber”.

A veces hay que conformarse con lo bueno conocido. En mi ansia por documentarme más sobre la ciudad a la que viajaba caí en la tentación comprándome este otro libro. El coloso de Nueva York y
su autor Colson Whitehead se encuentran en las antípodas de todo lo que he dicho anteriormente. A pesar de que su extensión apenas roza las doscientas páginas fui incapaz de terminarlo, espantada de su prosa relamida y rimbombante, con muchas pretensiones intelectuales pero nula capacidad de contagio o de emoción. Whitehead abusa hasta la extenuación de la –supuestamente cómplice- apelación al lector con la segunda persona del singular: “Tarda un rato en ver a la anciana y cederle su asiento. La embarazada, el hombre de la pierna herida. Una mala suerte, su buena educación. Córrete. Aléjate del borracho apestoso. Es solo el envoltorio de un caramelo pero nadie lo toca por miedo a lo que pueda contener y por tanto queda un asiento vacío en un vagón de metro atestado. Descubres un asiento libre pero cuando te acercas está manchado de refresco. En la parada siguiente alguien lo ocupa y te sientes culpable por no avisarlo pero en realidad no es asunto tuyo.

En la cubierta se pueden leer frases extraídas de grandes cabeceras periodísticas con críticas muy favorables; incluso hay una que lo califica de ‘perfecto homenaje al clásico de E.B. White’. A lo mejor estoy siendo demasiado dura y simplemente no conecté con lo que quería transmitirme el escritor. Yo lo veo un ejemplo claro del quiero y no puedo. Y para homenajes, más emparentado con el clásico de White encuentro yo a Enric González y sus Historias de Nueva York.

Albert Sánchez Piñol - "La pell freda" (Edicions La Campana)

Ya hace unos años que empecé a oír hablar de esta novela, una de ésas que tiene un argumento original, se publica en una editorial pequeña y que de repente pega el bombazo. Dice la contraportada que nunca un libro escrito en catalán había protagonizado una salida tan fulgurante en el ámbito internacional. El boca a boca es la mejor arma de marketing literario y con ella ocurre una cosa maravillosa: es imprevisible, incontrolable, espontánea; hace que todavía quepa la sorpresa en el calculado mercado editorial. Porque, ¿qué hace que de pronto una historia fascine a tal cantidad de editores de distintos países y a tantos lectores? Un estudio sociológico al respecto me parecería fascinante y, por otro lado, sería muy codiciado por los últimamente tan en boga scouts literarios.

¿Y qué tiene La pell freda para captar tantas miradas? Una historia de tipo fantástico, con uno de esos arranques espectaculares en que no sabes por dónde te va a llevar el autor aunque el paisaje promete: un hombre viaja en un barco hacia una recóndita isla del Atlántico Sur, cercana a la Antártida, con la voluntad de dejar atrás su pasado. “Mai no som infinitament lluny d’aquells qui odiem. Per la mateixa raó, doncs, podríem creure que mai no serem absolutament a prop d’aquells qui estimem. Quan em vaig embarcar ja coneixia aquest principi atroç. Però hi ha veritats que mereixen la nostra atenció, i n’hi ha d’altres amb les quals no ens convenen els diàlegs”.

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He dicho que es una novela fantástica. Yo no soy una asidua lectora del género aunque me despierta curiosidad sobre todo si se trata de algo tan rematadamente bien escrito y con el inevitable poso de factor humano que toda buena historia tiene que tener para mí. Aquí te sorprendes cuando en los primeros capítulos vas conociendo más detalles, aunque pocos, de la vida anterior a la isla del protagonista. Digamos que es llamativo el background político de Kollege y, por cierto, muy interesante el enfoque cultural del problema. A lo largo de todo el libro, que básicamente devoras, te vas encontrando los tres o cuatro giros narrativos necesarios para mantener bien alto el listón y engancharte en el desquicie del protagonista y de sus pocos compañeros de aventura (Battís Caffó, Aneris, el triangle…) hasta llegar a un final más metafísico que vibrante. Me gusta mucho esa combinación que hace Sánchez Piñol de imaginación y creación de extrañas criaturas con la disección del alma humana, sus debilidades, sus contradicciones, sus luces y sus sombras. No es cualquier cosa.

John Updike - "Terrorista" (Bromera)

John Updike es uno de los nombres que siempre suenan como candidato al Nobel, ese mediático premio que tiene la extraña virtud de dejarnos atónitos año sí, año también. Pero, ¿qué más da recibirlo o no cuando lo cierto es que eres un escritor reconocido y admirado y tus novelas son tan rematadamente buenas? Ya sé que quizá empiezo muy fuerte pero es que Terrorista es la primera novela suya que he leído y me ha encantado. Entraría en la denominación de thriller porque cuenta una trama interesantísima con mucha acción aunque poco diálogo porque casi todo lo que sabes es a través de las divagaciones de cada personaje. El protagonista es un joven americano de ascendencia árabe que se pone en manos de un grupo pequeño pero organizado de fanáticos que lo convierten en aprendiz de terrorista. Toda la historia se desarrolla en un frenético in-crescendo, desde una leve sospecha inicial hasta un final de puro infarto (y eso es algo que me ocurre en contadas ocasiones) en medio de la duda, ¿será capaz Ahmad de volar por los aires el túnel Lincoln de Nueva York?

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Lo que a mí me fascinó es cómo se adentra el autor en la psicología de personajes tan diferentes: El joven árabe resentido con el mundo occidental donde se ha criado y bajo la sombra de un padre ausente e idealizado en la distancia (esos padres que nunca ejercen como tales de los que tanto ha hablado Barack Obama…), con férreas creencias y muy inocente a la vez que es utilizado por una banda de cobardes maquinadores; el profesor judío que se preocupa por su alumno y que encuentra en esa relación un nuevo motivo para seguir en la brecha; la madre soltera trabajadora y artista tan lejos y tan cerca a la vez de su hijo; la esposa con sobrepeso y un pasado espléndido que reparte sus días entre su trabajo de bibliotecaria y los seriales televisivos; la secretaria del Jefe de Seguridad Nacional;… Quizá los pasajes que se refieren a este último personaje sean los más caricaturescos y por ello su presencia es mucho menor en todo el libro. Updike me parece brillante en su capacidad de análisis y de profundización en el ser humano en toda su diversidad y complejidad, cómo se fija en las particularidades de cada ser humano, en su vida cotidiana y retrata a los ciudadanos corrientes de su país. En este sentido, también encuentro muy atractiva la audaz descripción, llena de detalles muy diversos, que hace el escritor del estado de las cosas en la sociedad norteamericana actual, los cambios sufridos, y la convulsión ocasionada en cada persona por el 11-S. Ahora que llevamos meses mirando con atención lo que pasa en la carrera a la Casa Blanca y esperamos curiosos el desenlace del próximo 4 de noviembre para saber si finalmente Estados Unidos tendrá por primera vez en su historia un presidente negro, es innegable el interés que suscita lo que se cuece por esos lares.

Aquí van algunos comentarios interesantes sobre el libro en otros blogs:

Tirant al cap
El síndrome de Chéjov
Moleskine literario


J.G. Ballard – “El mundo sumergido” (Minotauro)

El género de ciencia-ficción era una asignatura pendiente para mí. Lo sigue siendo, pero por lo menos puedo decir que he empezado con muy buen pie, gracias al consejo del crítico Jordi Costa, con el que suelo sintonizar muy a menudo y del que me fío bastante. Se habían quedado resonando en mi cabeza frases suyas, leídas o escuchadas en alguna intervención en La Ventana, como cuando contaba que para Ballard el único planeta realmente extraño era la Tierra y que el verdadero reto era la inmersión en el espacio interior. ¿Cómo no quedar fascinada por alguien que dice eso?

Con esta primera lectura me he podido hacer una idea clara del imaginario de este escritor inglés, la distopía, los escenarios desoladores y los efectos psicológicos que tanto le gusta explorar, y que de hecho le han convertido en un género en sí mismo, con adjetivo propio y entrada en el diccionario Collins. Aunque tengo que reconocer que las primeras páginas me costaron, básicamente porque no estoy acostumbrada a una prosa tan descriptiva en cuanto a espacios físicos y me costaba poner imágenes a unos paisajes tan extraños, con el mundo cubierto de agua verde pantanosa, una vegetación exagerada, demasiados insectos y reptiles, y un Sol tormentoso y violento. Pero pasado un capítulo ya estaba completamente atrapada por la historia de mundo futuro que involuciona para volver a la era paleozoica y al triásico.

Precisamente en estos meses la editorial Minotauro ha reeditado El mundo sumergido y J.G. Ballard es el protagonista de la exposición Autopsia del nuevo milenio en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona hasta el 2 de noviembre, cuyo comisario es Jordi Costa.

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Todos son buenos motivos para adentrarse en el mundo de Ballard, al que hasta hace poco yo solo conocía por ser el autor de Crash y el niño que inspiraba la historia de El imperio del sol, de Spielberg. Su accidentada biografía ya suscita por sí misma el interés, pero cuando lo lees y disfrutas tanto con su prosa delicada y sagaz y una visión rayos X para describir los estados de ánimo, la complejidad de la mente humana, sabes enseguida que vas a repetir. Como en este pasaje del principio de El mundo sumergido, en que empiezas a seguir los pasos del doctor Kerans: “La creciente tendencia al aislamiento y a encerrarse en ellos mismos que se manifestaba en todos los hombres del grupo le recordaba a Kerans el metabolismo disminuido y la regresión biológica de todas las formas animales cuando va a operarse en ellas una metamorfosis fundamental. Se preguntaba a veces en qué zona de tránsito estaba entrando él mismo, y pensaba que su propia regresión no era síntoma de una esquizofrenia latente, sino una cuidadosa preparación para un ambiente radicalmente nuevo, con una lógica y un mundo interior propios, donde las antiguas categorías mentales serían verdaderos impedimentos”.

A mí me gustó especialmente no saber nada del argumento de este libro, tan insospechado y fascinante, creo que con los pequeños apuntes y las citas textuales es más que suficiente para despertar la curiosidad. Merece mucho la pena.

Lúcidas reflexiones sobre la lectura y el mundo editorial

Hoy aparece en la última página de El País una entrevista muy interesante al escritor Alberto Manguel. La edición al por mayor, la pérdida de criterio en la selección tanto del que lee como del que publica, y la experiencia del libro como fuente de inagotable conocimiento y diversión, son algunos de los asuntos que trata.

De paso aprovecho para recopilar aquí una serie de artículos sobre este interesante personaje que invitan a dejarse llevar por el deleite intelectual:

Enric González – “Historias de Nueva York”. (RBA)

Desde hace algo más de un año me he convertido en adicta a las columnas y artículos del periodista Enric González en El País. Me encanta su ironía, la humanidad que transmite y sus variopintos conocimientos; igual te habla del último partido del Inter que de la historia de un visionario explorador inglés. Ahora tengo la suerte de disfrutarlo en una ración diaria.

González se ha pasado media vida de corresponsal en diferentes ciudades del mundo: París, Londres, Nueva York, Roma,… Y de estas vivencias es de donde le surgió la idea de “hacer una guía de contexto” sobre algunas de ellas. Yo solo me he leído estas Historias de Nueva York pero próximamente le pienso hincar el diente a Historias de Londres, porque me ha dejado un excelente sabor de boca. Es de esos libritos que sin demasiadas pretensiones consiguen engancharte, divertirte, emocionarte y francamente, pasarlo en grande. Su extensión no llega a 150 páginas, pero a mí me ocurrió que conforme avanzaba en su lectura más lento iba leyendo porque no quería que se terminara nunca, y cuando llegué a su conmovedor final supe que sería un libro al que volvería muchas veces. Una joyita escrita por un gran tipo.

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Historias de Nueva York es altamente recomendable para cualquier lector pero más aún si se trata de alguien que viaja por primera vez a esa ciudad porque transmite con gran sutileza los entresijos y la atmósfera que se respira en esa descomunal urbe que te impresiona y te engulle si te coge desprevenido (“En Nueva York, que no sabe de nuestra memoria sentimental ni de nuestro calendario, siempre es hoy y todos los momentos valen”), y te ofrece una interesante lista de lugares para no perderse que están fuera de las guías convencionales.

Es una obra corta y aún así es difícil elegir un pasaje entre todos. A mí me fascinó el relato que hace el autor de su bajada a los sucios sótanos de Manhattan en busca de la vieja Nueva Ámsterdam, los Five Points y el ‘carnicero’ William Cutting, aunque tampoco tienen desperdicio el repaso que hace por los millonarios que construyeron los primeros rascacielos (“Los forasteros en Nueva York somos reconocibles porque vamos por la calle mirando hacia el cielo con la boca abierta. A algunos se les pasa en unos días. Otros llevamos la nuca encajada entre los omóplatos durante meses”), las sucesivas generaciones de mafiosos, o la pas
ión de los estadounidenses por el béisbol y la permanentemente desigual rivalidad entre los Yankees y los Mets. A lo largo de sus páginas asistimos a la logística cotidiana de un corresponsal en busca de apartamento, compartiendo bebida con compañeros de otros medios, entrevistando a gente estupenda como el científico Oliver Sacks, y descubrimos con una incontenible sonrisa las pequeñas excentricidades del autor. Enric González consigue contar todo esto y más como quien no quiere la cosa, como a mí más me gusta, dando la sensación de que lo ha ido escribiendo sobre la marcha y en fresco, transmitiendo una enorme pasión y curiosidad por la vida y el mundo, paladeando cada segundo de lo que le ocurre, en lo bueno y en lo malo porque de esto también hay.

Con este párrafo Enric concluye su libro: “Nueva York sigue siendo una tormenta de almas, un caudaloso río humano. Para entender ciertas cosas no hacen falta idiomas, ni experiencia, ni memoria. Basta con abrir la ventana y escuchar el rugido de la bestia”. Hace poco mi chica y yo paseamos por el West Village guiadas, entre otras voces, por la de él, y no pudimos reprimir el impulso de tomarnos unas cervezas en el Blind Tiger a su salud.

A. M. Homes – “Este libro te salvará la vida”. (Anagrama).

Hace ya unos años que cayó en mis manos por primera vez un libro de esta escritora norteamericana empeñada en hurgar en los secretos más inconfesables de la sociedad estadounidense y desde entonces puedo decir abiertamente que soy fan. El flechazo llegó con El fin de Alice, una novela que tiene el valor de acercarse a la pedofilia desde el prisma del verdugo y no de la víctima. Homes no escatimaba detalles para relatar los impulsos e inquietudes de una joven fascinada por los niños y admiradora de un pederasta y asesino encarcelado con el que mantiene correspondencia. La historia era turbadora y apasionante. Más allá del morbo yo siempre digo que nada de lo humano me es ajeno, como decía aquel.

Después fueron otra novela suya, Música para corazones incendiados, que podría denominarse la versión hard de (la muy modosita) Desperate housewives , sin espacio para la compasión ni los finales felices, y por último, la serie de relatos Cosas que debes saber, una ración más de sus retratos implacables de la depravación en las sociedades acomodadas. Los que más recuerdo son aquel que tenía como protagonista a la ex primera dama Nancy Reagan y otro en que un niño vive obsesionado sexualmente con la muñeca Barbie. Como decía en una entrevista con Eduardo Lago en Babelia “Mis personajes proceden de la cultura en la que vivo. Lo chocante de mis libros no es lo que cuento, sino que doy voz a individuos a quienes nunca oímos hablar”.

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Sin embargo con Este libro te salvará la vida, publicado en 2006 en Estados Unidos, pilló por sorpresa a los críticos y a su corte de seguidores. ¿A. M. Homes escribiendo un libro optimista sobre el ser humano en sociedad? Imposible. Ella dice que la historia es su respuesta, su reacción, al estado de shock en que quedó sumido su país tras el 11-S: “La idea subyacente es que hay que intentar mantener la esperanza en tiempos desesperanzados. Quería escribir algo que levantara el ánimo a la gente”. Lo cierto es que sin abandonar su clásico humor negro, por no decir mala leche, dirige su mirada incisiva de siempre pero esta vez hacia la bondad del ser humano para contar el cambio radical que se produce en la vida de Richard Novak, un rico hombre de negocios hecho a sí mismo que se dedica a vender y comprar acciones desde su casa, una impresionante mansión en lo alto de las colinas de Los Ángeles, y cuyo único contacto con el mundo exterior más allá de Internet y sus auriculares, es a través de su asistencia, su nutricionista y su entrenadora personal.

El engranaje, aunque vacío y sin demasiada emoción, funciona de maravilla para él hasta que de repente un buen día se despierta con un terrible dolor al que ni siquiera sabe cómo calificar ni describir pero que le paraliza de terror. A partir de ahí su vida ya ha empezado a cambiar, porque se ve obligado a salir de su casa, acudir al hospital, y tomar contacto con otros seres humanos y los resultados son sorprendentes. Se puede decir que un buen donut simboliza a la perfección lo que le empieza a ocurrir; el protagonista entra en una cafetería especializada ellos regentada por un inmigrante con el que congenia inmediatamente y que le aporta una visión muy clara de las cosas. En cierto momento le dice: “En América todo el mundo es alguien. Tienen tanto y todos quieren más. En mi país todos somos don nadie; es más sencillo. Aquí todos intentan ser alguien distinto. Van al médico y se cambian la nariz, se agrandan los pechos…¿Por qué no están contentos de tener una nariz que funciona y un clima siempre bueno?”. Para él, que en aras de una eterna juventud durante años no ha seguido más que una dieta estricta en vitaminas, proteínas y minerales, que no come grasas y de no querer correr riesgos ni siquiera vive ni tiene trato con su hijo, comerse un sabroso donut es entrar en ese estadio del disfrute puro y duro, de los placeres culpables pero deliciosos, del vivir sin paracaídas. Y así comienza a desentumecerse.

Con esta novela me ha ocurrido lo que nunca antes; todos los libros de Homes los devoraba y en ésta me ha costado más que nunca entrar en materia. Siempre había detalles, párrafos, fragmentos delirantes, surrealistas, que me encantaban pero al principio y hasta casi la mitad del libro me parecía que la historia avanzaba muy a trompicones y que el protagonista no era más que un estúpido, muy real y verosímil, pero un estúpido al fin y al cabo, que no merecía tanta atención. Sin embargo poco a poco resulta interesante ver cómo evoluciona y va tomando el cariz de buen samaritano moderno, de un buen hombre genuino y un poco patoso y su interacción con el resto de personajes, a cada cual más peculiar, y con la misma ciudad de Los Ángeles que se convierte en otro personaje. Eso sí, ni proponiéndose escribir un libro optimista A. M. Homes consigue darnos un final feliz, convencional y balsámico; más bien nos deja con la boca abierta y la angustia en el pecho. Y hasta aquí puedo leer.

John Banville – “El mar”. (Anagrama)

He aquí otra novela que explora el territorio del duelo y cómo seguir enfrentándose a la vida tras la pérdida de un ser querido. Es un tema que me atrae especialmente. El irlandés John Banville es celebrado como uno de los maestros de la lengua inglesa y en los últimos tiempos ha adquirido cierta notoriedad por estos lares gracias a esta novela que ganó el Premio Booker en 2005 y a su exitosa incursión en la literatura policíaca bajo el seudónimo de Benjamin Black. Este relato de un historiador del arte que vuelve al pueblo costero en que veraneó de niño para escapar de la dolorosa muerte de su mujer me sorprendió por su estilo tan depurado e intelectual; no sé por qué me esperaba algo más narrativo: “Se supone que la vida, la auténtica vida, es una lucha, una acción y una afirmación inagotable, la voluntad embistiendo con su cabeza roma contra la pared del mundo, cosas por el estilo, pero cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que la mayor parte de mis energías se dedicaron siempre a la simple búsqueda de cobijo, de comodidad, de sí, lo admito, un rincón acogedor(…) Por eso el pasado supone para mí un refugio, allí voy de buena gana, me froto las manos y me sacudo el frío presente y el frío futuro”.

La divagación en torno a recuerdos del pasado ha dado grandes obras en la literatura inglesa. Curiosamente El mar no paraba de recordarme mientras lo leía a Las olas de Virginia Woolf, por su manera aparentemente aleatoria de entrelazar escenas del pasado y del presente, dejándose mecer por el devenir de la marea y añorando con melancolía la pureza de las primeras experiencias, de los deseos y las ilusiones intactas. Y en ambas, el mar como poderosa metáfora.

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Aunque no es un libro que recomendaría a cualquier lector, a mí me ha gustado por su poso otoñal, su existencialismo, su aire triste, sus reflexiones sobre la infancia (“La felicidad era diferente en la infancia. Entonces se trataba de acumular, de coleccionar cosas –nuevas experiencias, nuevas emociones- y aplicarlas como si fueran relucientes azulejos en lo que algún día sería el maravillosamente acabado pabellón del yo”); la creación (“En cualquier caso, a lo que hago tampoco lo llamaría crear. Crear es un término demasiado grande, demasiado serio. Los creadores crean. Los grandes crean. En cuanto a los que somos medianías, no existe la palabra que resulte lo bastante modesta para describir lo que hacemos y cómo lo hacemos”) y las ambiciones vitales, o la manera tan personal en que recordamos sucesos, lugares y personas del pasado. Banville no ensalza a su protagonista y a lo largo de las páginas del libro te debates entre la simpatía y la antipatía hacia él, que habla en primera persona y se coloca a sí mismo a la altura del betún: un diletante, patético, incapaz… Y pese a la dureza de palabras y a la decadencia a la que llega, te compadeces de él, en ocasiones empatizas y te conmueve su sufrimiento. “Siempre he poseído la convicción, inmune a todas las consideraciones racionales, de que en algún momento futuro y sin especificar el permanente ensayo que es mi vida, con sus numerosas malinterpretaciones, sus deslices y pifias, terminará, y la obra propiamente dicha, para la que me he estado preparando siempre y con tanto ahínco, comenzará por fin”.

Hay autores que despiertan especialmente tus deseos de leerlos en su lengua original porque incluso a través de la traducción, intuyes la fuerza y la habilidad que muestran con el lenguaje. John Banville es uno de ellos. Mientras leía el libro no podía dejar de pensar en lo mucho que ganaría leyéndolo en inglés, más aún cuando Banville es todo un estilista y conocedor de la lengua inglesa, e irlandesa, como cuenta en esta interesantísima entrevista de Enric González para Babelia. >

Marjane Satrapi – “Persépolis”. (Norma Editorial)

Cada vez hay más comentarios en este blog sobre novelas gráficas, como se llama ahora a los cómics que cuentan una historia cerrada y compleja para adultos y que desde hace unos años están despertando el interés entre un público lector más amplio. La veda se abrió con Maus, que ganó el Premio Pulitzer en 1992, aunque a España el revuelo llegó algo más tarde, y cada año había algún nuevo título de culto. En mi caso el vicio comenzó hace ya años con la serie de Neil Gaiman, The Sandman, y más tarde continuó con Daniel Clowes y su Ghost world, y Alan Moore. Yo tenía pendiente leer Persépolis desde hacía un tiempo y pese a las expectativas generadas y los comentarios que loaban la obra, he podido comprobar este verano que no eran ni mucho menos una exageración.

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Marjane Satrapi consigue algo tan difícil y aparentemente sencillo cuando lo ves terminado como es aunar en un mismo relato las vicisitudes personales con el compromiso, la historia reciente con mayúsculas de su país, Irán, con la intrahistoria, con su pequeño –gran- relato personal. Es apasionante ver cómo va cambiando la vida de la pequeña Marji y su familia, de un Irán moderno a uno cada vez más anclado en el fanatismo y la sinrazón, cómo la niña reproduce las conductas que ve a su alrededor y la vez demuestra una gran personalidad desde bien niña; sus años de exilio en Austria y su choque con unos jóvenes europeos acomodados y radicales; la difícil adolescencia, el retorno a su país y su problemática readaptación, sus peores momentos de depresión y cómo finalmente va viendo la salida a su particular túnel sacando fuerza de su negativa a someterse a unas normas absurdas e injustas. Y todo lo hace con un dibujo delicado, por momentos expresionista, sutil en su sencillez pero a la vez preciso y certero, de una gran belleza que la autora también consiguió trasladar con excelente resultado al celuloide con la ayuda del animador Vincent Paronnaud y con el que consiguió el Gran Premio del Jurado en Cannes y la Nominación a Mejor Película de Animación en los Oscar de este año.

Además he recopilado artículos y entrevistas, en inglés y español, a Satrapi, una mujer de armas tomar, con opiniones muy interesantes y válidas acerca del conflicto Oriente-Occidente. Si una cosa resalta para mí de su obra es la maestría con que aúna en sus viñetas y sus textos la tradición de la que viene, sus raíces persas, y la modernidad y la apertura a lo nuevo, a lo diferente, la riqueza que sabe recoger de todo lo que le rodea.

A. S. Byatt – “La mujer que silba” (Emecé)

Hasta ahora siempre me había ocurrido que en cuanto me acababa de leer un libro, la emoción del final me llevaba a querer hablar sobre él enseguida. Con La mujer que silba no fue así. Lo acabé algo desconcertada y decidí madurarlo, a ver si llegaba a la conclusión que la autora de una manera u otra había planteado. Lo curioso era que a mitad del libro, en muchos pasajes había conseguido impresionarme con sus palabras y recovecos, y las expectativas a lo largo de sus páginas estaban siendo altísimas. Por eso me sorprendió que su final no fuera apoteósico.

Ya me había entusiasmado antes con una novela de Antonia Susan Byatt. Años atrás, Posesión me había embaucado de esa manera enfermiza en que solo lo hacen las grandes novelas, que no puedes dejarlas hasta que llegas a la última página. Dos historias de amor en paralelo, separadas por un siglo y unidas en el amor a la literatura. Con La mujer que silba parecía que me iba a ocurrir lo mismo: varios personajes con experiencias muy diferentes que se entrecruzan en torno a una universidad inglesa en plena revuelta de 1968 y que aportan reflexiones sobre el amor, la revolución, la utopía, la mente, la vida. Bueno, y en cierto modo me ocurrió lo mismo; a pesar de su complejidad, no podía parar de leer, quería saber más y más, aunque esta vez el remate no me resultó tan satisfactorio. Y después de dos meses desde que la terminé, sigo sin tener la sensación de que el círculo se haya cerrado.

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Byatt plantea una novela ambiciosa. Como en Posesión, vuelve a jugar con varios géneros literarios dentro de la misma obra -el cuento, la carta, el monólogo interior-, que asigna a cada personaje como seña de identidad, y hay más de diez que en algún momento adquieren el cariz de protagonistas aunque yo me quedaría principalmente con dos, Frederica Potter y Joshua Ramdsen, por ser las personalidades más fuertes y decisivas en la obra. La primera es una profesora de Literatura de la Universidad de North Yorkshire, divorciada y madre de un hijo que es disléxico y que a pesar de sus dificultades de aprendizaje tiene una madurez y una inteligencia muy desarrolladas para su edad. Cuando empieza la historia ella se encuentra en una encrucijada, la enseñanza ya no parece tener ningún aliciente para ella en un contexto en que únicamente se enarbolan pancartas, se pretende abolir el pasado y se cuestiona la vigencia misma de la educación porque mata la imaginación y constriñe la libertad del inocente ser humano. Este es uno de los enfrentamientos más vibrantes con uno de los líderes de la autoproclamada ‘antiuniversidad’:

“-Bueno, ¿de qué le gustaría hablar?

- Bueno, podríamos hablar de mi idea sobre la educación. Es diferente de la suya. Creo en la importancia de aprender cosas, de conocer cosas. No creo que todo se consiga sin esfuerzo.

-Es usted una persona convencional. Me di cuenta de ello en cuanto la vi. Supongo que ha tenido una enorme cantidad de ello.

-¿Una enorme cantidad de qué?

-De educación.

-Bastante. Fui a la universidad. Estudié literatura. He llegado a la conclusión de que uno consigue pensar mejor por sí mismo cuando tiene una idea de lo que otras personas han pensado y de cómo lo han hecho”.

A lo largo de la novela ella va evolucionando: deja su trabajo para empezar a presentar un programa cultural en la BBC, abandona una tormentosa relación con un joven matemático relacionado con una secta religiosa que se formará cerca de la universidad y conoce a un científico un tanto misógino que al principio le enerva y que paulatinamente se convertirá en un interesante cambio de rumbo para su vida.

En las casi quinientas páginas del libro Byatt aporta interesantes reflexiones en temas muy variopintos y, lo que es más difícil, lo hace de una manera fluida. La memoria y la cognición, el comportamiento gregario en un grupo pequeño, la vida sexual de los caracoles y la genética, la religiosidad, la terapia psicológica. El segundo personaje central que citaba más arriba es Joshua Ramdsen, que luego se hace llamar Josh Lamb. Se trata de un enfermo internado en un psiquiátrico de la zona que posee un enorme poder de atracción entre los que le rodean y que consigue transformar lo que era una terapia de grupo en una secta religiosa que vive aislada en una granja, siguiendo los dictados de su fanático líder. A través de Ramdsen y sus visiones místicas que se hunden en una infancia traumática, leemos sobre San Agustín y sus primeros escritos relacionados con la secta de los maniqueos. Y alrededor de este magnético personaje, también nos encontramos con Wittgenstein, Kierkegaard, la espiral de Fibonacci, John Donne, Carl G. Jung y su Discurso sobre la sombra. Un cúmulo de referencias que nunca resultan excesivas ni desafortunadas, sino que conforman la intensidad intelectual que es La mujer que silba. Sin embargo, es el final, como decía antes, lo que resulta decepcionante precisamente por haber levantado tantas expectativas. Muchos personajes se diluyen en los últimos pasajes y no sabemos qué ocurre con ellos y otros, que habían apenas aparecido adquieren importancia en una conclusión que no es tal. Una novela con ese planteamiento necesitaba un clímax a la altura.

Aunque el escenario parezca muy insospechado a mí me ha resultado muy enriquecedora su lectura y es más, considero que su reflexión sobre la radicalidad por la radicalidad tiene plena vigencia hoy mismo porque, como entonces, vivimos en un mundo en crisis. En una de sus columnas de los miércoles Elvira Lindo comentaba hace poco los últimos actos de boicot a conferenciantes (Rosa Díez, Dolors Nadal, María San Gil) en pleno ambiente de campaña electoral, poniendo como ejemplo algo parecido que le ocurrió a Saul Bellow en un contexto calcado al que muestra La mujer que silba. Como dijo aquel gran escritor estadounidense, “el radicalismo es el último refugio de los privilegiados”.


NOTA: Relacionado con todo esto, y sin voluntad de agotar a nadie con las referencias, recomiendo esta entrevista al filósofo francés André Compte-Sponville.

Espido Freire - “Querida Jane, querida Charlotte” (Aguilar)

Alguien me decía que no podía ser que sólo hablara aquí de libros que me habían encantado, que también había que dejar constancia de los que no te gustaban nada. Normalmente tengo bastante puntería, no dispongo de mucho tiempo para leer y por eso trato de elegirlos cuidadosamente, a través de referencias o de algún detalle que los haga atractivos para mí. Pero hay veces que te equivocas. No me había leído ninguna obra de Espido Freire, nada a parte de artículos suyos en periódicos y revistas, sin embargo tenía bastante curiosidad por ésta que se anunciaba como un viaje a las tierras de Jane Austen y las hermanas Brontë, un paisaje y unos personajes históricos magnéticos, que vivieron entre el siglo XVIII y XIX.

Desgraciadamente, Querida Jane, querida Charlotte me ha resultado un libro decepcionante por banal y ligero. El mundo de estas escritoras inglesas es muy goloso y aquí, aunque presentado como un viaje emocional por la propia autora, queda retratado muy a vuela pluma. De palabra Espido Freire deja bien claro lo mucho que las adora, lo mucho que las conoce, pero para mí estas afirmaciones se quedan solamente en palabras, como cuando en una película te explican lo que está pasando o cómo es un personaje y desisten de mostrártelo con acciones, gestos, omisiones.

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El principio resulta prometedor cuando plantea su curiosidad hacia Austen y compañía: “A lo largo de los años, los expertos han analizado los aspectos más oscuros o desconocidos de sus vidas y de sus obras, han elaborado teorías para explicar lo inexplicable, es decir, cómo cuatro mujeres solteras y pobres, autodidactas, con mala salud, aisladas en el campo en un siglo que no potenciaba precisamente sus facultades, que murieron antes de llegar a la cuarentena se las arreglaron para escribir una docena de la mejores novelas en lengua inglesa”. Pero incluso ya a partir de ahí no podía obviar las referencias al propio proceso de escritura del libro, al viaje que Freire emprendió, a los inconvenientes con que se encontró, y la sensación que me dejaba página a página fue que todo se hacía sobre la marcha, sin demasiado rigor. Seguramente no fue así pero hablar con ironía de la cotidianidad, de los pequeños detalles y conseguir transportar con ello al lector es un arte que no todos los escritores poseen: “Junto al hotel que me hospedo en Leeds, un reloj muestra una inscripción poco alentadora: ‘Tempus fugit’. Decido tomarlo como un buen presagio: al fin y al cabo El tiempo huye es el título de mi primer libro de relatos. Bajo el reloj veo una tienda de vestidos de novia que propone que las jovencitas casaderas opten por un modelos de clara inspiración rococó, rojo, con un exceso de rosas y tul glacé. Discreto. La peluquería más sofisticada que he visto en mi vida ofrece sus servicios en la acera de enfrente. Se llama Fibre, y sólo acercarse a ella ya intimida”.

La primera parte está dedicada a Jane Austen y repasa, a través de varios capítulos, los diferentes lugares en que vivió y ambientó sus novelas la genial escritora inglesa: Bath, Southampton, Kent, Chawton, Steventon, Londres, Winchester. La segunda se centra en Charlotte, Emily, Anne, y la estructura a partir de la visita a cada una de las estancias de la casa donde ellas vivieron y donde se encuentra la Fundación Brontë. De sur a norte de Inglaterra, y de postre, una extensa bibliografía cuyo bagaje es una pena que no haya sabido transmitir Espido Freire. Un libro de viajes e impresiones tiene la obligación de contagiar y éste, conmigo, no lo ha conseguido.

Cormac McCarthy- “No es país para viejos” (Mondadori)

Llevaba tiempo queriendo leer algo de Cormac McCarthy. Siempre que ojeaba algún artículo sobre su último libro encontraba dos afirmaciones sugerentes: la primera, que es uno de los grandes escritores norteamericanos vivos, junto a Philip Roth o Don DeLillo, y la segunda e igualmente recurrente, que es un tipo de lo más particular, que nunca concede entrevistas y que no tiene residencia fija porque vive en una caravana sin rumbo fijo a lo largo de Estados Unidos. No sé qué parte de leyenda habrá en esto último pero lo cierto es que resultaba fascinante ya de entrada y, a pesar de mi primera impresión, no me ha defraudado lo más mínimo. Es verdad que durante las primeras páginas de No es país para viejos empecé a ponerme nerviosa con su prosa, tan seca y espartana que incluso tenía problemas para delimitar los diálogos entre los personajes, pero fue solo la dificultad inicial de quien no está acostumbrada a un estilo tan particular y es muy impaciente. Normalmente coges un libro y vas a tiro hecho, sabes a lo que vas y te mueves fácilmente en él desde las primeras líneas, pero afortunadamente aún queda espacio para abrir más la mente y dejarse embaucar por un libro como éste, áspero como el paisaje desértico en el que se desarrolla y realmente incómodo por la violencia que describe.

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No es país para viejos es un thriller digamos que crepuscular, que me recuerda más a películas como Los tres entierros de Melquíades Estrada (por poner un ejemplo de buen cine contemporáneo) que a ninguna otra novela. En él las acciones de varios personajes se van entrecruzando en una persecución sin tregua pero con un tempo anticlimático a lo largo del estado de Texas y la frontera con México, entre un sheriff derrotado a punto de la jubilación, un veterano del Vietnam que se encuentra por casualidad un botín de heroína y varios millones de dólares, un ex agente de las Fuerzas Especiales contratado por los narcos para recuperarlo y un asesino despiadado e imprevisible que no responde ante nadie. A priori este tipo de argumentos no me atraen lo más mínimo pero siempre hay excepciones.

En este caso para mí lo interesante es la manera que tiene McCarthy de narrar unas situaciones que muestran un mundo y un país en crisis y sobre todo de retratar a sus protagonistas, siempre de manera austera donde las haya pero certera y con la música de fondo de los monólogos del sheriff que a modo de respiro aportan la profundidad a la novela. En uno de ellos dice: “Las historias se transmiten y las verdades se omiten. Es cosa sabida. Y supongo que alguien podría interpretarlo como que la verdad no puede competir. Pero yo no lo creo. Opino que cuando todas las mentiras hayan sido contadas y olvidadas la verdad seguirá estando ahí. La verdad no va de un sitio a otro y no cambia de vez en cuando. No se la puede corromper como no se puede salar la sal. No puedes corromperla porque eso es lo que es. Es de lo que uno habla. He oído compararla con una roca –quizá en la Biblia- y no puedo decir que discrepe. Pero la verdad estará ahí incluso cuando la roca desaparezca. Estoy seguro de que ciertas personas discreparían de eso. Bastantes personas, de hecho. Pero nunca he podido averiguar en qué creía ninguna de ellas”.

El espacio al que nos remite No es país para viejos es el gran desierto americano, el más profundo Estados Unidos, uno de esos lugares míticos a los que me siento inevitablemente atraída a pesar de no haberlo pisado nunca. Sam Shepard, Stephen Shore, París-Texas, Clint Eastwood, Ashley Judd, The misfits, Tommy Lee Jones, John Sayles...juguetean en mi cabeza, y desde ahora mismo se une al singular grupo Cormac McCarthy, un venerable escritor cuyas palabras muestran en toda su dimensión la complejidad de un país que habitualmente es retratado con trazo gordo, desde la simpleza y los lugares comunes.

NOTA AL PIE: Es cierto que apenas hay entrevistas de Cormac McCarthy, por eso no hay que perderse ésta, la primera para televisión, que concedió en junio de 2007 a la todopoderosa Oprah Winfrey. Libro que recomienda esta mujer en la sección de su programa Oprah’s Book Club, libro que sale disparado al número uno con ventas millonarias. Eso es así. Lástima que no le saliera la entrevista de su vida. No se sabe quién está más nervioso, si McCarthy o ella.

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