Cormac McCarthy- “No es país para viejos” (Mondadori)

Llevaba tiempo queriendo leer algo de Cormac McCarthy. Siempre que ojeaba algún artículo sobre su último libro encontraba dos afirmaciones sugerentes: la primera, que es uno de los grandes escritores norteamericanos vivos, junto a Philip Roth o Don DeLillo, y la segunda e igualmente recurrente, que es un tipo de lo más particular, que nunca concede entrevistas y que no tiene residencia fija porque vive en una caravana sin rumbo fijo a lo largo de Estados Unidos. No sé qué parte de leyenda habrá en esto último pero lo cierto es que resultaba fascinante ya de entrada y, a pesar de mi primera impresión, no me ha defraudado lo más mínimo. Es verdad que durante las primeras páginas de No es país para viejos empecé a ponerme nerviosa con su prosa, tan seca y espartana que incluso tenía problemas para delimitar los diálogos entre los personajes, pero fue solo la dificultad inicial de quien no está acostumbrada a un estilo tan particular y es muy impaciente. Normalmente coges un libro y vas a tiro hecho, sabes a lo que vas y te mueves fácilmente en él desde las primeras líneas, pero afortunadamente aún queda espacio para abrir más la mente y dejarse embaucar por un libro como éste, áspero como el paisaje desértico en el que se desarrolla y realmente incómodo por la violencia que describe.

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No es país para viejos es un thriller digamos que crepuscular, que me recuerda más a películas como Los tres entierros de Melquíades Estrada (por poner un ejemplo de buen cine contemporáneo) que a ninguna otra novela. En él las acciones de varios personajes se van entrecruzando en una persecución sin tregua pero con un tempo anticlimático a lo largo del estado de Texas y la frontera con México, entre un sheriff derrotado a punto de la jubilación, un veterano del Vietnam que se encuentra por casualidad un botín de heroína y varios millones de dólares, un ex agente de las Fuerzas Especiales contratado por los narcos para recuperarlo y un asesino despiadado e imprevisible que no responde ante nadie. A priori este tipo de argumentos no me atraen lo más mínimo pero siempre hay excepciones.

En este caso para mí lo interesante es la manera que tiene McCarthy de narrar unas situaciones que muestran un mundo y un país en crisis y sobre todo de retratar a sus protagonistas, siempre de manera austera donde las haya pero certera y con la música de fondo de los monólogos del sheriff que a modo de respiro aportan la profundidad a la novela. En uno de ellos dice: “Las historias se transmiten y las verdades se omiten. Es cosa sabida. Y supongo que alguien podría interpretarlo como que la verdad no puede competir. Pero yo no lo creo. Opino que cuando todas las mentiras hayan sido contadas y olvidadas la verdad seguirá estando ahí. La verdad no va de un sitio a otro y no cambia de vez en cuando. No se la puede corromper como no se puede salar la sal. No puedes corromperla porque eso es lo que es. Es de lo que uno habla. He oído compararla con una roca –quizá en la Biblia- y no puedo decir que discrepe. Pero la verdad estará ahí incluso cuando la roca desaparezca. Estoy seguro de que ciertas personas discreparían de eso. Bastantes personas, de hecho. Pero nunca he podido averiguar en qué creía ninguna de ellas”.

El espacio al que nos remite No es país para viejos es el gran desierto americano, el más profundo Estados Unidos, uno de esos lugares míticos a los que me siento inevitablemente atraída a pesar de no haberlo pisado nunca. Sam Shepard, Stephen Shore, París-Texas, Clint Eastwood, Ashley Judd, The misfits, Tommy Lee Jones, John Sayles...juguetean en mi cabeza, y desde ahora mismo se une al singular grupo Cormac McCarthy, un venerable escritor cuyas palabras muestran en toda su dimensión la complejidad de un país que habitualmente es retratado con trazo gordo, desde la simpleza y los lugares comunes.

NOTA AL PIE: Es cierto que apenas hay entrevistas de Cormac McCarthy, por eso no hay que perderse ésta, la primera para televisión, que concedió en junio de 2007 a la todopoderosa Oprah Winfrey. Libro que recomienda esta mujer en la sección de su programa Oprah’s Book Club, libro que sale disparado al número uno con ventas millonarias. Eso es así. Lástima que no le saliera la entrevista de su vida. No se sabe quién está más nervioso, si McCarthy o ella.

Soy un maniático. Me gustaría leer de todo, a todos, y lo intento, pero cuando cae en mis manos un libro que me gusta y veo que forma parte de una serie de novelas protagonizadas por el mismo personaje, no paro hasta organizarme en el modo de comprarlas y devorarlas todas en busca de igualar o mejorar la sensación que me proporcionó la obra recién leída. Les confieso esto y les digo que me siento un poco freak, como si nada me diferenciara de un lector de Harry Potter, aunque lo matizaré. En primer lugar creo que se debe a la herencia que dejó en mí leer las novelas de Manuel Vázquez Montalbán protagonizadas por Pepe Carvalho de modo desordenado, empezando por las de mediados los noventa, lo que me hizo perderme el dramatismo de determinados momentos (aunque no fuera consciente de ello). En segundo, si me lanzo a comprar novelas de un mismo autor es aprovechando una oferta, promoción o similar. Si no, espero y voy poco a poco dándome el gusto.

Dicho todo esto, les cuento que el motivo de esta diatriba es que durante los últimos meses dos autores y sus personajes más destacados han sido fruto de esta manía personal. Estos no son otros que el comisario Brunetti, creado por Donna Leon (en la imagen), y el inspector Rebus, fruto de la imaginación de Ian Rankin. De ambos he leído no hará más de un par de semanas sendas novelas y tras hacerlo, y tener un conocimiento suficiente de su planteamiento, me ha parecido más interesante que analizarlos por separado, hacer de ambos una comparación, pues si los dos forman parte de obras en serie -trasladadas a la pequeña pantalla-, hay entre ellos una diferencia notable.

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Y esta no es otra que, mientras que en el caso del personaje de Donna Leon y las obras que protagoniza, cada novela se puede degustar de modo individual, las de Rankin forman parte de una macrohistoria, que tiene como eje central al personaje de Rebus, pero en la que el resto de personajes y la ciudad de Edimburgo, en la que se sitúa la trama, evolucionan constantemente.

Esto, que en principio podría resultar positivo para el personaje de Leon, no lo es a mi parecer, pues la escritora norteamericana asentada en Venecia al final acaba reproduciendo el mismo esquema de novela una y otra vez. Era algo que intuía por lo leído hasta ahora, pero que he visto confirmado con la lectura de Muerte en La Fenice (Seix Barral/Booket), la primera obra protagonizada por Brunneti y que, para no variar, no fue la primera que cayó en mis manos de Brunetti. Esto me hacía intuir que sería en ella donde Leon sentaría las bases del personaje, de cuyas buenas relaciones con su pareja y sus pequeños problemas familiares deja constancia en cada obra. Sin embargo, ya en ella aporta lo mismo -y poco- que en sus posteriores entregas, con apenas ligeras introducciones de personajes secundarios. Esto finalmente acaba lastrando el interés por el personaje, que sólo seguirá a la larga despertando el interés de los fanáticos (entre los que no me encuentro, pese a las simpatías).

En una dimensión completamente juega Rebus, el personaje de Ian Rankin. Es cierto que por lo que he leído de él -Black & Blue, El Jardín de las Sombras y, por último, En la Oscuridad (RBA)- hay un planteamiento que en cierto modo se ha repetido; y es el de plantear al menos dos tramas de investigación separadas por entrega. Sin embargo, todo el entramado de la serie parece estar en la mente de Rankin desde tiempo atrás; un entramado que el autor va desgranando novela tras novela. Se podría decir que hay, tras la serie, una macrohistoria al margen de las pequeñas historias que tienen lugar en cada novela y que éstas van afectándola. De ese modo, leerlas de modo aislado o sin el orden conveniente puede hacer de ellas algo, además de duro, ininteligible. Sin embargo, la carga dramática y el retrato social que plantea el global es mucho más ambicioso (y por ahora en mi caso, ya veremos más adelante, satisfactorio).

Así pues, haciendo el símil televisivo (y sin tener en cuenta sus adaptaciones para la pequeña pantalla, que ambas series literarias las tienen), mientras las novelas de Leon serían el equivalente de Se Ha Escrito Un Crimen, las de Rebus tenderían a Los Soprano. De modo que están avisados. Yo, por mi parte, lo tengo claro.

PD: Ya escribí con anterioridad de otra novela de Rankin en este mismo blog. Fue sobre El Jardin De Las Sombras. Respecto a aquél, sólo señalar que En La Oscuridad me parece superior. También apuntar que, aunque me ha parecido extraño, creo que RBA no ha publicado todos los títulos de la serie de Rebus publicados los últimos años. Espero que eso no afecte a la continuidad de la macrohistoria de la serie. Si lo saben, les agradeceré que me lo cuenten.

NOTA: La foto de Donna Leon es de Mariusz Kubik.

Peter Biskind - "Moteros Tranquilos, Toros Salvajes" (Anagrama)

Del más futil al más denso, del más serio al más liviano, todo libro requiere de su lector un estado de ánimo de cara a afrontar su lectura. Independientemente, también están los que contienen en sí todas las claves para su comprensión y los que requieren de su destinatario una serie de conocimientos previos. El que ahora me ocupa pertenece a esta última categoría, la que requiere del lector, para ser disfrutado en su plenitud, un conocimiento cuanto menos superficial de la materia que trata, que en este caso es el cine de autor que se facturó en Estados Unidos en la década de los setenta.

A grandes rasgos esa sería la materia sobre la que versa Moteros Tranquilos, Toros Salvajes, un compendio de los sucesos alrededor de la una generación de cineastas y las películas que grabaron en un periodo de tiempo que cambió la industria hollywoodiense. Sin embargo, reducir a eso -que ya de por sí es interesante y motivó en cierto modo mi lectura- esta obra de Peter Biskind, supondría no hacerle justicia. Y es que este libro, que subtitula La Generación Que Cambio Hollywood, es más que un ensayo al uso o un gran reportaje. Más bien se podría decir que el veterano periodista cinematográfico norteamericano realiza una biografía de un sector de la industria, y la plasma plasmada a modo de narración clásica, con su típico formato de presentación, nudo y desenlace.

Sinceramente no recuerdo haber leído nunca una obra realizada a través de una investigación tan vasta como la que emplea Biskind, que seguramente se ha beneficiado de sus propios conocimientos de primera mano sobre la materia, pero que también ha realizado centenares de entrevistas a los protagonistas de la historia que relata. Así, son las propias palabras de Martin Scorsese, Coppola, Lucas o el resto de sus colegas, ayudantes y colaboradores, las que hilvanan, refuerzan y dotan de dinamismo una narración que es resultado de una espectacular obra de orfebrería.

Evidentemente, Moteros Tranquilos no cuenta el proceso de gestación de todas las películas de los setenta en que se vio implicada la generación de Spielberg, Friedkin o De Palma, sino de aquellas que sirven para vehicular y confirmar la teoría o la visión que el autor tiene y quiere transmitir de la época. No obstante, cabe señalar que ésta es, en muchos casos, francamente desmitificadora, pues ya desde el principio, una vez superada la intencionada producción de Bonnie & Clyde, pone de manifiesto que la mítica Easy Rider, como otras que le seguirán, no fue sino fruto del azar; al tiempo que señala las inseguridades y miserias de unos autores que son valorados en muchos casos como genios.

Así, Biskind elabora una obra espectacular en su forma y sumamente reveladora en su contenido, pero destinada a los amantes del cine, y a los del de esa década en particular (sin el conocimiento de buena parte de las películas y sus autores el disfrute del libro se verá notablemente reducido), que seguramente se sorprenderán, como me sucedió a mí, de como alguna de sus películas favoritas pudo ser llevada a cabo.

Elena Medel - “Mi primer bikini” (DVD Ediciones)

He ido postergando este momento como una cobarde. Para mí no hay nada más expuesto que escribir sobre poesía, me encanta leerla, siempre por impulso, desordenadamente, como escapatoria, pero luego prefiero guardarla para mí. Me parece un acto demasiado íntimo, me resulta difícil concretarlo y compartirlo con palabras. Pero por una vez haré una excepción. Hace poco cayó por fin en mis manos una de las obras de Elena Medel, una escritora insultantemente joven que se dio a conocer con el Premio Andalucía Joven de Poesía 2001 que consiguió con este libro, Mi primer bikini. Supe de ella más tarde, en verano de 2005 por uno de esos artículos de la última de El País que contaba quién era. Me intrigó su juventud, su aspecto y que citara a Sylvia Plath como una de sus referencias. La poesía puede ser muchas cosas. A mí me gusta la que me implica, la que me impacta, me emociona o me inquieta, la que dice las cosas de la manera más certera o, por qué no, misteriosa. Y ahí caben por igual Sylvia Plath, Luis Cernuda, Alejandra Pizarnik, José Ángel Valente, Federico García-Lorca, Vicente Gallego, Elizabeth Bishop… por muy diferentes que sean.

En alguno de los blogs en que colabora dice: “Concibo la poesía como el género de la identidad: me sitúa en el mundo, establece coordenadas, construye mi memoria y lo que soy”. En el clavo. Cuando leo y releo la colección de versos que compone su primer poemario no deja de engatusarme con el morbo de quien curiosea en la vida del otro y no puede parar.

Todo sea por mis amantes, que no son dignos de elogio:
son minúsculos, y redondos y azules,
azules o blancos, o azules y blancos,
y su boquita de piñón es invisible,
y para besarles introduzco a los pitufos
en mi boca, y para gozar de ellos
los trago, porque me sé mantis religiosa.
Quién soy, quién soy, ni siquiera sé quién soy.


Pero al mismo tiempo soy consciente de lo inmaduro de esta primera obra, que ella escribió con tan solo quince años y estoy deseosa de leer completa la última, Tara, en la que abandona las referencias pop y las impresiones adolescentes, para reflexionar a partir de la muerte de su querida abuela. Otra vez la muerte y otra vez una escritora. La literatura femenina no existe, es una simpleza, pero hay voces que sí podemos reconocer como tremendamente femeninas, de la estirpe de las lobas:

Soy una de ellas porque mi corazón será abono. Porque mi
sangre, que es la suya, sube y baja por mi cadáver como por
escaleras mecánicas;
porque el fundamento de mi carácter, al descomponerse, se
incorpora a una especie salvaje
que ladra y que hiere y que te lleva a su terreno, que ignora las
afrentas, que jamás se extinguirá.

Somos de generaciones diferentes y a mí nunca me han gustado los dibujos animados pero sus afilados fraseos, que a la vez también son delicados, me explican, me describen, me sonrojan. Quién sabe, a lo mejor a partir de ahora me animo y sigo hablando aquí de mi pasión secreta.

Tennessee Williams – “La gata sobre el tejado de zinc caliente”

Hace algún tiempo descubrí a los escritores del Sur de los Estados Unidos del siglo XX, aunque fue después de leer a algunos de ellos, como Carson McCullers, Truman Capote, Harper Lee… y ahora Tennessee Williams, que los guardé a todos juntos en esa especie de cajón mental. No conozco a Faulkner, idolatrado en el pueblo surrealista de Amanece que no es poco, puede que porque en sus relatos se vieran reflejados esos personajes de la España profunda, a pesar de la lejanía. De Williams, he decidido empezar con La gata sobre el tejado de zinc caliente, premio Pullitzer en 1955, porque supongo que en mi memoria aún me deslumbraban Elizabeth Taylor y Paul Newman en ese film made in Hollywood. Intentaré daros mi opinión, pero advierto que no soy una lectora asidua de teatro.

Dentro de esta literatura, Truman Capote es uno de los escritores que más me ha impactado –y uno de mis preferidos– aparte de por el interés que despiertan en mí sus historias, por su manera de contarlas, para mí tan precisa, muchas veces mordaz, y bella (tampoco he leído a Mailer, otro de los baluartes del Nuevo Periodismo, aunque tengo ganas; si mal no recuerdo, en el prólogo de Música para camaleones, Capote rememora las reticencias iniciales de aquél ante esa nueva literatura de la realidad que después le dio sus mayores éxitos. También decía, con esa vena corrosiva, que no le importaba haberle prestado algún servicio, puesto que era un buen tipo). Me he encontrado escritores diferentes que saben como nadie transmitir una percepción común, ese algo desolador en los cimientos de sus personajes, de la sociedad en la que se han construido, pero con una sensibilidad enorme.

En La gata… de Williams los personajes chocan entre ellos, interaccionan a ciegas sin llegar a comunicarse, encerrados en la más absoluta soledad cada uno de ellos, salvo quizás aquellos –contrapuntos más planos– que más cómodos se sienten en su entorno social, los que han decidido (o han podido) aceptar las normas para sobrevivir en ese mundo antropófago: Gooper, el hijo mayor de la familia, y su esposa; la abuela; el reverendo Tooker (“personificación viviente de la mentira piadosa y convencional”)…

La acción se desarrolla en el dormitorio de una mansión, en una próspera plantación del delta del Mississippi. La habitación está como la dejaron Peter Ochello y Jack Straw, una vieja pareja que agotó allí toda una vida en común. Está decorada con un estilo oriental, cálido; nada que ver con ese paisaje sureño y sus nuevos ocupantes, Brick y Margaret. Éste es el único escenario y parte del alma de esta obra. Una familia se reúne por el cumpleaños del abuelo, el gran patriarca, y allí se encuentran la esposa de éste, los dos hijos del viejo matrimonio con sus respectivas esposas, los “insoportables” pequeños del hijo mayor, además del reverendo y el médico, que también han acudido ante la anunciada muerte del abuelo y que ahora tratan de ocultarle algunos de ellos mientras, a sus espaldas, pretenden atar el destino de sus propiedades.

Todo gira en torno a la “mendacidad”, motivo por el que Brick, el hijo menor de los abuelos, vieja estrella del deporte, se ha vuelto un alcohólico acabado. Se ha roto la pierna en una de sus borracheras, por lo que la familia sube a su habitación para celebrar el encuentro. Los personajes van saliendo y entrando en ella. Brick no soporta a su mujer, Maggie, “la gata” que pese a todo aguanta sobre ese tejado ardiendo que es su vida con su marido, al culpabilizarla de la muerte de su amigo Skipper. En realidad, la profunda amistad que unía a éstos acaba por resquebrajarse ante a la mirada acusadora de los demás, quienes ven en ella una homosexualidad escondida. El abuelo, un personaje autoritario y malhumorado, quien intenta tener una conversación sincera con Brick sobre la posible homosexualidad de éste (punto álgido de la historia), le recuerda que, fueran ciertos o no los rumores, fue él quien no quiso afrontar la situación junto a su amigo y quien se negó a ayudarle: “Este asco que te produce la mendacidad no es más que asco de ti mismo”.

Hay un fragmento de una acotación que está en el centro mismo de La gata… y que para mí resume lo brillante de esta obra, esa impresionante tensión dramática. No le interesa si el hecho que discuten padre e hijo es o no cierto: “El pájaro que pretendo atrapar en la red de esta obra no es la solución al problema psicológico de un hombre. Trato de captar la verdadera naturaleza de la experiencia de un grupo de personas, esa interrelación turbia, vacilante, evanescente, con una carga feroz, que se da entre unos seres humanos en medio de la tormenta de una crisis común”.

Los protagonistas están llenos de contradicciones, como la vida misma. El padre es un viejo que siente asco de su mujer, de su hijo mayor, su nuera y sus nietos, pero de alguna manera es comprensivo con Brick (que puede vivir como quiera dentro de sus tierras); le explica que Jack Straw y Peter Ochello, a quien Brick llama “degenerados” o “maricones”, le acogieron en aquella casa después de llegar a los Estados Unidos y haber vivido como un ser inmundo. Maggie ama a Brick y es un ser impulsivo, espontáneo y con sentido del humor, pero también desea no quedarse fuera del juego de la familia, sin su parte de la herencia del abuelo porque sabe lo que es ser pobre… Todos ellos son mirados con ternura por el autor en medio de sus contradicciones y de lo grotesco de su existencia, lo que para mí le une a McCullers, a Capote, a Lee… –además de la maravillosa estética de sus obras–, ya sean sus personajes “monstruos” deformes, asesinos, hipócritas…

Éste es un drama clásico pero contado de una forma poética y con una sinceridad que en el momento en que se publicó pudo resultar brutal para muchos, tanto que el autor, según cuenta Diego Galán en un artículo de El País, repudió la película llevada al cine por Richard Brooks hasta el punto de ir a las colas de los cines para convencer a los espectadores de que no entraran a verla. Es comprensible, yo la he vuelto a ver: la censura le robó a la historia la habitación de Straw y Ochello, la mención de estos personajes, el tema de la homosexualidad que sólo puede intuirse con imaginación, esa abuela vivaracha, gorda y vulgar, que se ha convertido en una mujer delgaducha, molesta y tonta, el final, la redondez de la obra de Tennessee Williams… Tendrá y conservará otras cosas, pero le falta algo esencial: la sinceridad, la mirada de su autor.

Juan José Millás - "El Mundo" (Planeta)

Cuando a uno le cae en las manos un libro galardonado con un famoso premio, es fácil que se vea tentado a contemplarlo desde una perspectiva diferente a la que se enfrenta a cualquier otro. A mí me ha sucedido con este El Mundo, obra con que Juan José Millás ganó la edición 2007 del Premio Planeta; un certamen que si no goza del prestigio y el respaldo de la crítica, sí que disfruta de una enorme popularidad. No se trataba del primer Planeta que leía (aunque los leídos no llegan a los dedos de una mano), pero sí del primero al que me enfrentaba todavía caliente, lo que me sirvió para experimentar en mis propias carnes lo que muchas veces se ha criticado de la publicidad que se da a estas novelas: que el halo de especialidad que se les infunde acaba produciendo un desencanto sobre ellas, pues lo normal es que no tengan un carácter excepcional; un desencanto que, si caen en manos de un lector no habitual, se traslada a la lectura en sí.

No iba, obviamente, ésta o alguna otra novela, a acabar con mi pasión por la lectura, pero sí es cierto que, transcurrida aproximadamente una quinta parte de El Mundo, la sensación que me estaba dejando era ciertamente fría. Imagino que la mayoría de los que leen esto lo saben, pero por si a caso diré que El Mundo es una novela de corte biográfico sobre la infancia de su autor, o como el propio Millás señalaba en su promoción, una "biografía novelada". No obstante, el inicio de la misma, construida a partir de un narrador contemporáneo -el autor- que va rescatando viejos recuerdos, que guardan la frágil conexión de estar protagonizados por un mismo sujeto -él en su infancia-, se me antojó poco atractivo, tanto por lo manido del fondo (hay infinidad de memorias/novelas de este tipo) como por lo superficial de la forma, cercana casi al reportaje interpretativo.

Sin embargo, tras ese inicio titubeante, en que parece que el autor no sabe como afrontar y justificar esta especie de confesión que es El Mundo, el Juan José Millás más conocido toma las riendas de la novela con un episodio fantástico que remite a sus obras más populares. Un momento -el de la fiesta que celebra su editor- en el que se hace protagonista de uno de esos habituales desdoblamientos de la realidad que le hará retrotraerse en su infancia y que justifica por si solo el ejercicio de memoria. Es a partir de esa toma de confianza cuando, a mi humilde entender, El Mundo crece como obra y se compacta, con un autor que hilvana uno tras otro grandes momentos (la relación de Millás niño con el padre de su amigo fallecido; su reencuentro con su amor de juventud; el desmentido de la leyenda de la memoria a raíz del encuentro con una vieja vecina) sin bajar el pulso, pese a algún altibajo, prácticamente hasta un hermoso e impactante epílogo.

Así pues, El Mundo se constituye en una curiosa obra, interesante por su forma híbrida de confesión y memorias que la distancia de otras novelas sobre la infancia y juventud más convencionales en la forma (Gràcies Per La Propina o Las Cenizas de Ángela serían dos casos); y también, por lo que de metaliterario tiene, pues en ella su autor señala algunos pasajes de su vida que supuestamente inspiraron algunas de sus obras (lo que atraerá aún más a sus lectores habituales). Sin embargo, quizás su titubeante inicio y un toque autobiográfico carente de presentación formal (sí empieza hablando de su infancia, pero de un modo un tanto tímido) no consiga hacerla conectar con aquellos que desconozcan, antes de enfrentarse a ella, la biografía y la personalidad del autor. Pero eso es algo que yo, seguidor de Millás, no he podido experimentar.

Los libros de viajes tiene diversos usos: evasión, información, puro disfrute literario... En este caso lo que yo buscaba en Florencia de David Leavitt era impregnarme del espíritu de una ciudad que iba a visitar y respecto a la cual tenía una imagen muy clara gracias a dos películas, Una habitación con vistas y, especialmente, Hannibal (lo siento, no me he leído ninguno de los textos originales...). Creo que la segunda es mucho más sugerente y evocadora del ambiente decadente que despide la ciudad. Tal y como hay una música, un libro, una película, para cada momento, también hay ciudades que se deberían visitar en el punto vital adecuado y eso es lo me pasó a mí con Florencia, ¡oh, la artística Florencia! No me quiero extender, sobra con decir que me quedo con la pasión que me transmite el doctor Lecter a través de su mirada, sus palabras, su Duomo visto desde el Belvedere... A veces los relatos mejoran la realidad. La realidad tiene sus inconvenientes.

Pero a lo que iba. Al principio me costó entrar en materia con el libro de David Leavitt, no me interesaban demasiado sus detalladas historias sobre ingleses excéntricos que se mudaron a Florencia desde el siglo XIX para escapar de la estricta moral victoriana. Al margen de alguna anécdota curiosa, las páginas se me hacían algo farragosas, pero ahora que lo pienso quizá su obra acierte de pleno, porque es como la ciudad que retrata, llena de contradicciones, recovecos y espesura, te gusta y a la vez la detestas. Por eso, cuando el escritor estadounidense se centra, a partir del cuarto capítulo, en lo que es Florencia en sí misma, en su arte, en lo que sucedió durante la II Guerra Mundial y en sus experiencias personales en ella, para mí es cuando empieza lo bueno.

Es cierto que la obra no es muy extensa y que los primeros tres capítulos se le van en asuntos que no me interesan pero el resto acaba compensando. Como cuando cuenta su primera visita de universitario voraz: “Al término de cuatro días, había visto casi todo lo que me había indicado mi profesor de Arte; […] ¿Y cómo me sentía? Irritable, impaciente, incompetente. El síndrome de Stendhal: la sobreabundancia de maravillas de Florencia sacudió mi equilibrio de tal modo que, al final de mi estancia allí, decidí interrumpir mis vacaciones y volar de vuelta a Palo Alto, impulsado por una añoranza de todas las banalidades norteamericanas con las que esperaba recuperarme a mí mismo”. Mucho mejor cuando Leavitt, como digno admirador de E.M. Forster que es, hace lo que mejor sabe, diseccionar lo que conoce de primera mano. Antes de leerlo solo lo conocía por su novela Junto al pianista, que Ventura Pons adaptó al cine como Manjar de amor pero creo que ahora me ha picado la curiosidad.

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