Francisco González Ledesma - "Una Novela De Barrio" (RBA)

Su nombre está ahora en boca de todos, pero hace poco más de una década encontrar una de sus obras era misión imposible. Al menos un lustro me pasé, a mediados de los noventa, buscando infructuosamente una nueva novela en la que pudiera seguir degustando el pulso narrativo y los conocimientos de la España en transición que me habían fascinado en Crónica Sentimental En Rojo, la obra con que Francisco González Ledesma se alzó como vencedor del Premio Planeta en 1984 y que de un modo rocambolesco había llegado a mis manos tanto tiempo después. Pero era imposible. Su bibliografía estaba por entonces descatalogada y mencionar su nombre en las librerías, incluso en las de viejo, era enfrentarse a rostros de desconcierto.

Sin embargo, tras un parón de casi una década sin que se editara material suyo, en 2002 Ledesma regresa con una nueva novela, El Pecado O Algo Parecido, y recibe el empujón de sus colegas en la Semana Negra de Gijón, donde es elegida como la mejor del año. A partir de ahí el autor continuaría escribiendo con regularidad, se empezarían a reeditar sus obras, y llegarían los primeros reconocimientos -en paralelo a su redescubrimiento- a su figura como lo que es: uno de los principales baluartes de la novela negra -o como él prefiere, novela social- española.

Y es en esa tesitura como se publicó recientemente su nueva entrega, Una Novela de Barrio, que sale al mercado con la vitola de ser la ganadora del Primer Premio Internacional de Novela Negra de la editorial RBA. No obstante, pese a lo que este galardón pueda sugerir, Una Novela De Barrio no es una obra sorprendente en su esencia, sino la nueva entrega de Ledesma protagonizada por su personaje más célebre: el inspector Méndez. Un personaje que irrumpió por primera vez como secundario en Expediente Barcelona, llevó el peso de la investigación de Crónica Sentimental en Rojo, y protagonizó, con su mirada desencantada, la crónica de una Barcelona que desaparecía en Las Calles De Nuestros Padres.

Como en ellas, Méndez, a pesar de presentarse cercano a su jubilación en sus primera aventuras de principios de los ochenta, continúa pateando las calles de los barrios más deteriorados de Barcelona, las únicas en las que se sabe desenvolver. Y precisamente por eso, cuando aparece el cadáver de un ex presidiario, víctima de un asesinato en una vieja finca a punto de demoler, sus superiores no dudan en encargarle el caso. Tendrá así el álter ego de Ledesma, una nueva oportunidad de pasear por los barrios más deteriorados de una Barcelona que es cada vez menos suya; de conversar y compadecer a los últimos derrotados de la posguerra a los que, en muchos casos, la represión condujo a la delincuencia; y de tratar, en el escaso margen que el sistema le permite, de imponer una justicia que muchas veces no es la misma que dicta la ley.

Proporcionará así la novela escasas sorpresas a los viejos seguidores del escritor y periodista catalán, pues esta su crónica de la realidad de la Barcelona más desfavorecida, ya ha protagonizado otras entregas de la serie, como la más recientes Cinco Mujeres y Media. Sin embargo, no dejará de tener valor para aquellos que se enfrenten por primera vez a una de sus novelas policíacas, pues les pondrá frente a una obra que es resultado de la necesidad de su autor de contar lo que vivió en primera persona. Un Francisco González Ledesma que nació y vivió en el bando de los perdedores, y aún cuando encontró en su vida el éxito profesional, ya fuera como abogado o como periodista, no dejó de tener un contacto con ellos y con sus miserias. A ellos ha consagrado su obra literaria y lo sigue haciendo. Y por si alguien todavía desconoce su esfuerzo, a pesar de que su obra reeditada cope ahora las estanterías, aún le llueven más premios. Galardones que aunque se entreguen, como en este caso, a una obra en particular, reivindican la figura de un autor que sin duda los merece.

Ferran Torrent - "Judici Final" (Bromera/Columna/Planeta)

A principios de la presente década, el escritor valenciano Ferran Torrent se metió en un embolado de imprevisibles dimensiones. A meses de unas elecciones autonómicas en la Comunitat Valencia -la suya- en las que no estaba segura la continuidad de la hegemonía del gobierno (ante la posibilidad principalmente de la irrupción de un partido nacionalista hasta entonces sin representación), Torrent se propuso realizar una trilogía de obras inspirada en el panorama político valenciano. Una empresa en la que, cambiando ligeramente nombres y situaciones y con la libertad que permite la ficción y el adelantarse a los aconteciomientos, describiera la trastienda de la escena política valenciana.

Así vio la luz en el 2002 la primera entrega de la trilogía, una Societat Limitada en la que los dirigentes del partido nacionalista se las ingeniaban para, engañando a unos y otros, conseguir un crédito bancario con el cuál financiar una campaña que les permitiera obtener la representación parlamentaria que decidiría el próximo gobierno. El libro era divertido, con una trama muy entretenida que mostraba a grandes rasgos las intrigas que se urden en las bambalinas de la escena política, y además tenía el aliciente de proponer un juego de identificaciones -bastante evidentes lo que las hacía más jocosas- entre los personajes ficticios y algunas figuras de la política local.

Sin embargo, la hipótesis que barajaba Torrent de que el partido nacionalista obtendría representación parlamentaria no se vio refrendada en las elecciones, y en la segunda entrega, Espècies Protegides, la trama ya se desvió notablemente de la realidad política valenciana. Esa coyuntura llevó el escritor de Sedaví a permitirse más libertad para fantasear y trasladó el peso principal de la acción a Juan Lloris, un campechano empresario local, despechado por el desprecio de sus colegas, que decide ganarse su respeto y el de la ciudad a través de convertirse en el presidente del Valencia CF. El resultado fue una historia más fantástica que su predecesora, casi un sainete, repleto de humor, en el que el autor además se permitía lanzar una serie de conjeturas acerca de extraños fenómenos (la quema indiscriminada de coches) que tenían lugar por entonces en la ciudad de Valencia.

Todo esto viene a cuento porque, para cuando Ferran Torrent se enfrentó a la tarea de escribir la tercera y última entrega de la saga, seguramente poco quedaba de la idea inicial que llevó al escritor a plantear semejante empresa. Es quizá por eso por que Judici Final es, de las tres, la novela menos sólida, la menos apegada a la realidad local y autonómica que pretendía reflejar la trilogía, y también la que menos se puede disfrutar de un modo independiente. Y es que a ella hay que llegar con la lección aprendida, sabiendo quién es quién, porque a penas se da ningún esbozo de los personajes ya presentados en las anteriores partes.

Avisados ya de eso, los que se adentren en ella, seguramente lectores de las anteriores y posiblemente seguidores del autor, verán como los principales actores de la trama precedente ceden esta vez el protagonismo a Liam Yeats, un asesino profesional que viene contratado para acabar con la vida de Juan Lloris antes de que se erija alcalde de la ciudad tras su exitoso paso por la presidencia del Valencia CF. Y eso no es todo, porque los encargados de desmontar todo el complor serán ni más ni menos que Toni Butxana y el comisario Tordera, dos de los personajes más emblemáticos de la bibliografía de Torrent a los que, como a la trilogía, el escritor da carpetazo haciéndoles coprotagonizar esta aventura.

Así Judici Final se convierte en una especie de festín para los fans del escritor, un fin de fiesta privado, para los iniciados, que no disfrutarán los profanos a la obra de Torrent o a la propia trilogía. Pero también en una obra en la que, al soltar tanto lastre, el escritor marcó sin duda un punto y aparte en su carrera. Veremos qué nos depara su próxima entrega, que a estas alturas debe estar al caer.

Muere Norman Mailer

El excesivo escritor estadounidense Norman Mailer murió ayer a los 84 años. Permanente agitador y protagonista de polémicas a lo largo de su vida, Mailer había escrito hasta cuarenta obras entre novela, ensayo, poesía, teatro, biografía así como numerosos artículos. Él fue precisamente uno de los instigadores, junto a Truman Capote y Tom Wolfe, del nacimiento del llamado Nuevo Periodismo, una corriente literaria surgida en los sesenta y que proponía aplicar las técnicas de la novela al relato periodístico. Hombre de ego descomunal, se creó a lo largo de su vida tantos amigos como enemigos, y sonados fueron sus encontronazos con otros escritores como Gore Vidal o con el movimiento feminista. Su enorme personalidad siempre fue unida a una obra cuya voluntad también era la agitación, especialmente política, con libros como Los desnudos y los muertos (1948), sobre la II Guerra Mundial o ¿Por qué estamos en Vietnam? (1967). Ganador dos veces del Pulitzer con El ejército de la noche (1967) y La canción del verdugo (1980), Mailer también ejerció de guionista, productor, director e incluso de actor de algunas películas, aunque su gran vocación siempre fue la de escribir la gran novela americana. Entre sus últimos libros destacan El fantasma de Harlot (1991), sobre la historia de la CIA, y El evangelio según el hijo (1998).
Aquí están los artículos más interesantes que he encontrado sobre la noticia:

Página 2

El pasado domingo RTVE estrenó en La2 su nuevo programa sobre libros. Página 2 es su título y sí, el enlace está ahí porque el espacio tiene su propia web, un site muy completo que además de reforzar los contenidos, permite verlos de nuevo (o por primera vez, si uno se perdió el pase de las 20:15). Reportajes de temas de actualidad, novedades, comentarios de personalidades acerca de su relación con la lectura o breves entrevistas a escritores son algunas de las secciones que constituyeron la primera edición de un Página 2 que puede constituirse como el programa de literatura que la televisión española necesitaba. Veremos.


Petros Markaris - "Defensa Cerrada" (Ediciones B)

"Es una casa de dos plantas y no está cerca del mar, sino en lo alto del monte, a dos pasos de Jora. La construyeron el cuñado de Adrianí y su hermano en la época dorada de las subvenciones agrícolas del Mercado Común. Mi cuñado es ferretero y su hermano tiene un café, nada que ver con los nobles campesinos. Sin embargo heredaron un terruño de su padre en el que pusieron a trabajar a unos albaneses, recogieron la cosecha, la tiraron al mar y se embolsaron la subvención. Así pudieron construir la casa."

Con detalles como éste describe Grecia Jaritos, el comisario protagonista de las novelas policíacas de Petros Márkaris. Un hombre sencillo, de mentalidad conservadora y trabajador honesto, que en primera persona nos relata, en este Defensa Cerrada, su investigación sobre dos asesinatos inconexos (el de un arbitro de fútbol de tercera división cuyo cadáver aparece en una pequeña isla y el de un oscuro empresario asesinado a la puerta de uno de sus locales) cuya autoría sus superiores no parecen tener muchas ganas de esclarecer.

Sin embargo, como manda la tradición de la novela policíaca mediterránea, aquí los crímenes son el hilo conductor de una historia en la que las sencillas relaciones personales de un maduro comisario con su esposa y su hija universitaria, y la descripción de una Atenas sumida en un caos social, administrativo y político, tienen tanto o más peso que la intriga.

Y Márkaris, traductor al griego de la obra de Bretch y colaborador habitual del realizador Theo Angelopoulos, demuestra su habilidad para ensamblar todos los elementos creando una novela de lectura sencilla, pero al tiempo cargada de detalles. Porque, huyendo de las descripciones explícitas, el autor imprime un ritmo constante a la trama y al tiempo deja que sean las situaciones en las que se ve envuelto el comisario, muchas de ellas cotidianas (atascos, huelgas, visitas al hospital), y su relación con el resto de personajes, las que proporcionen al lector la información que desea transmitir.

Es así, con su sencillez, su valor testimonial y su capacidad de entretener, como Defensa Cerrada se erige en una novela, si no sobresaliente, sí ejemplar del género policiaco mediterráneo, permitiendo a su autor (del que también se han publicado Noticias de la Noche y Un Caso del Comisario Jaritos y otros Relatos Clandestinos) codearse con los grandes contemporáneos del género. Y no es poco.

Radclyffe, que no Radcliffe. Nada tiene que ver una escritora inglesa de finales del siglo XIX con el actor que da vida a Harry Potter. Les une que son ambos británicos, pero ya está. Sin embargo, Radclyffe y Radclyffe viajan juntas (al menos en mi pequeño mundo interior), aunque muy separadas en el tiempo y en las circunstancias. Puede que esto que he escrito así de entrada no tenga mucho sentido. Son sólo impresiones. Pero si lo explico, todo se entenderá un poco más. Radclyffe Hall fue una escritora inglesa que vivió de 1880 a 1943. De familia acaudalada, ha pasado a la posteridad por The Well of Loneliness (El pozo de la soledad), una novela que tiene como principal logro ser la primera en lengua inglesa cuyo tema es explícitamente lésbico. Por su parte, Radclyffe es también el pseudónimo bajo el que escribe una de las novelistas más prolíficas en cuanto a narrativa romántica puramente lésbica se refiere. La autora norteamericana rinde homenaje así a la valiente escritora inglesa que vió cómo su novela fue calificada de “libelo obsceno” por un juez y murió antes de ver cómo se levantaba la prohibición de su lectura en Londres.


Me centraré aquí en la primera de las autoras, en la Radclyffe original, aquella que se calificó a sí misma como “invertida congénita” y que fue reivindicada en los peores momentos de censura por autores tan dispares como George Bernard Shaw o H. G. Wells.

El pozo de la soledad cayó en mis manos hace mucho tiempo. Un poco más tarde que Djuna Barnes o Gertrude Stein, como una extensión lógica en mi necesidad de conocer aquello que otras mujeres escribieron sobre mi condición sexual. En una curiosad o avidez sobre la que han reflexionado intelectuales feministas como Adrienne Rich o queer como Monique Wittig. Una dijo, “Para nosotras el proceso de nombrar y definir no es un juego intelectual, sino una captación de nuestra experiencia y una llave para la acción. La palabra lesbiana debe ser confirmada porque descartarla es colaborar con el silencio y la mentira acerca de nuestra existencia misma, es hacernos caer en el juego de la clandestinidad y volver de nuevo a la creación de lo inefable". Y la otra, la famosa sentencia: “Las lesbianas no son mujeres, ya que la noción misma de mujeres sólo adquiere significado en sistemas de pensamiento heterosexuales y en sistemas económicos heterosexuales”.

Bueno. Radclyffe escribió en The Well of Loneliness las andanzas de Stephen, quien se descubre enamorada de otra mujer. Es una chica con nombre y educación de chico. Recordemos que el libro está escrito en 1928, por lo que el contexto lo es todo. Refleja ese encorsetamiento que aún hoy pervive en algunas esferas de nuestra cotidianidad. Las mujeres son pasivas y los hombres activos y más dotados para el deporte y las digresiones intelectuales. Stephen contradice esto. Como así lo hizo la misma Radclyffe, nacida como Margueritte y que prefería ser llamada John, pero que finalmente ha pasado a la posteridad por su apellido.

Hall vivió abiertamente su lesbianismo, al lado de diversas mujeres con las que compartió su existencia. Es innegable que su considerable herencia monetaria le dió la libertad necesaria. A pesar del estilo de vida de la autora y de ser considerado “una indecencia”, The Well of Loneliness tiene en sus páginas una carga negativa innegable. Puede que a alguien le resulte molesto si desvelo que el libro no tiene un final feliz. Aunque sería como decir que Anna Karenina se tira al tren. Es irrelevante. Lo que me interesa más es esa contradicción. Cómo la misma Radclyffe censuró a su propia criatura. Stephen se atormenta y se considera como “un ser incompleto” por el hecho de ser lesbiana. La autora tuvo éxito en su novela precedente y por eso osó aventurarse con un tema tan explícito y rechazado por la época, aún así, la protagonista tenía que sufrir por sus “pecados” y arrastrar también una tópica aversión por parte de su madre, quien la considera una versión “mutilada e imperfecta” de su marido. Pero el libro también retrata el París de la “rive gauche”, el de las lesbianas del círculo de Natalie Barney. Un momento de esplendor. Es todo eso. Ya digo. Pura contradicción. Lesbianas en guetos que salen y se enamoran de “mujeres de verdad”, pero que pagan cara esta temeridad.

Ante la reacción brutal que tuvo la salida del libro a la luz, la propia autora argumentó que los invertidos son también criaturas de Dios. Sostuvo que ella no se había alejado en su libro del estándar moral heterosexual, ya que sólo los verdaderos invertidos son capaces de soportar esa clase de vida, mientras que hay personas que no lo resisten y retornan al camino de la normalidad. Recordemos que eran los años 20. Se salía del paso con los instrumentos de los que disponían entonces.

Sea como sea, muchas lesbianas leyeron el libro en su momento. No en Inglaterra hasta tiempo después, pero sí en Estados Unidos, por ejemplo. Muchas mujeres se vieron reflejadas en estas páginas. Reconocieron sus miedos, sus anhelos, su diferencia. Por ello, libros como El pozo de la soledad son bastiones fundamentales en la construcción de un imaginario colectivo que nos ha traído hasta las libertades que disfrutamos en estos momentos.

Desde hace años Margaret Atwood es casi la única mujer que suena en las quinielas previas al Nobel, bueno, junto al de Doris Lessing que por fin se lo ha llevado este año. Da igual que se lo den o no, las pautas que rigen este galardón son de lo más insospechadas para mí, si no, mira Elfriede Jelinek… La cuestión es que es una de las autoras vivas más relevantes y polifacéticas, que igual hace novela de ciencia-ficción, que poesía, que cuento. A mí me atrajo primero de todo la sonoridad de su nombre y que fuera canadiense. Aunque ya había leído algo de ella, no me había calado tanto como La mujer comestible, su primera novela publicada en 1969 aunque escrita cuatro años antes. En ella cuenta el desvarío que sufre una joven desde el momento en que decide ser aquello que se espera de ella: una buena esposa y ama de casa. Es una historia ubicada en mitad de los años sesenta y en un principio ese conflicto que se le plantea a Marian te parece de lo más chocante y pasado de moda, eso ya no ocurre, piensas ingenuamente, pero la novela de Atwood acaba hurgando más allá de la anécdota.

La chica tiene estudios, tiene un trabajo y tiene un amigo/amante con el que pasa el rato alegremente. Pero de repente siente sobre sí el peso de la sociedad (ese concepto tan ambiguo cuando lo ves escrito pero que puedes palparlo cuando te afecta de cerca), de lo que se supone que debe ser para cumplir con la normalidad, con los cánones de buena conducta, y ella, chica lista, sigue, a priori, el guión con facilidad. Las aguas van por el cauce que deben ir y su novio le pide en matrimonio a pesar de haber sido hasta el momento un soltero de esos recalcitrantes que sienten pavor al compromiso. Es en ese punto, cuando él hace lo que corresponde, cuando a ella se le empiezan a fundir los plomos; hasta ahora estaba a salvo con alguien como él, pero ahora ya no habrá manera de escapar, no puede decir que no, no puede mostrar un carácter tan resuelto, tan independiente, no puede, básicamente, desear otra cosa para sí misma. La protagonista se transforma de manera tan súbita que apenas formalizan su compromiso y él le pregunta cuándo quiere casarse, ella le contesta, atónita antes sus propias palabras: “Prefiero que lo decidas tú. Las grandes decisiones prefiero dejártelas a ti”. Una respuesta espeluznante pero con plena vigencia.

A lo largo de diferentes situaciones, con sus compañeras de oficina (las tres vírgenes, como ella las llama), con su familia, con un extraño amigo que conoce en la lavandería, con su prometido, con su compañera de piso que está decidida a ser madre soltera para poder culminar su feminidad…, seguimos a Marian en su comportamiento cada vez más bizarro y vemos la progresiva pérdida de identidad que sufre, cómo no se reconoce a sí misma, pierde poco a poco el apetito y deja de consumir cualquier alimento que pueda identificar como ser vivo. Ella cree que su novio quiere destruirle, ella cree que desea ser reajustada y devuelta al redil, pero en realidad lo único que tiene claro es lo que no quiere, no quiere desempeñar un rol pasivo, aunque no sabe cómo hacerlo. Como ya he dicho, al principio te chirría un poco el gran dilema que se plantea esta mujer, pero la autora sabe trascender el detalle mediante un simbolismo muy particular, hablando del derecho de elección y de la idea de mujer.

En la introducción de Margaret Atwood a la edición que me he leído cuenta que aunque la publicación de su libro, a principios de los setenta, coincidió con el auge del feminismo, su obra es más bien protofeminista porque en su entorno no había todavía ningún movimiento semejante en 1965. Y sobre éste afirma que “las metas del movimiento feminista no se han alcanzado, y quienes aseguran que vivimos en una era post-feminista se equivocan, lamentablemente, o se han cansado ya de pensar en estos temas”. Aunque estas palabras corresponden a 1979 considero que aún siguen teniendo sentido. El feminismo es un movimiento que ha pasado por diferentes estadios desde los primeros escritos de Simone de Beauvoir y Betty Friedman, críticas externas y sobre todo disputas internas, que como en la izquierda en general, han lastrado su desarrollo, su calado universal. El otro día, mientras veía la película Becoming Jane que cuenta la juventud de la gran escritora inglesa del siglo XIX Jane Austen, me acongojaba viendo de cerca lo mal que lo habían tenido las mujeres para ser quiénes querían ser hasta hace nada, e incluso ahora, y lo mucho que algunas se habían rebelado y alzado por encima de la norma. A estas alturas no se trata solamente del hombre queriendo domesticar a la mujer, sino también de las mujeres limitándose a ellas mismas.

Blogger Templates by Blog Forum