Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura 2007

La escritora británica Doris Lessing ha sido galardonada hoy con el Premio Nobel de Literatura 2007. La academia sueca ha decidido honrarla con su premio por su "capacidad para transmitir la épica de la experiencia femenina y narrar la división de la civilización con escepticismo, pasión y fuerza visionaria".

Del siguiente modo recogían la noticia los medios más destacados de la prensa española:

El Nobel premia la literatura indómita e inconformista de Doris Lessing (ABC)

«Me dijeron que nunca ganaría el Nobel» (ABC)

"Éste es el premio más 'glamouroso" (El País)

El zumbido de su cerebro trabajando (Rosa Montero en El País)

Una obra pegada a la piel del tiempo (Ana María Moix en El País)

La abuela de Caperucita y el lobo feroz (Público)

Joan Didion- “El Año del Pensamiento Mágico” (Global Rhythm Press)


Ejercicio de memoria

En una entrevista que leí la escritora californiana Joan Didion definía con tres palabras su ideal de estilo: Economía, claridad, sencillez. Han pasado muchos años desde que empecé a devorar libros. En un principio mis motivaciones eran de diversa naturaleza, estaba el fetichismo por el objeto en sí mismo junto al hambre de historias, personajes, otras vidas, otros mundos, que no fueran el mío, aunque muchas veces también acabaran siéndolo. La cuestión es que mis primeros enganches a la literatura eran con relatos enrevesados y barrocos, de una intensidad muy propia de la adolescencia. Mi autor más adorado era Javier García Sánchez, un escritor español muy bueno pero poco conocido que ha parido obras magnas como El mecanógrafo, El Alpe d’Huez, o Última carta de amor. No se puede decir que la sencillez sea su seña de identidad, precisamente. Tampoco la de otros de mis primeros favoritos, Virginia Woolf, Carson McCullers, Djuna Barnes, … Eso sí, a Faulkner no llegué. Pero con Marguerite Duras se produjo una bifurcación en el camino, ella representaba el extremo completamente contrario.

Marguerite Duras fue el principio, el descubrir que había una forma más sintética de contar historias y expresar sentimientos. Luego cayó en mis manos Jane Austen, Truman Capote, A.M.Homes, John Irving, … todos ellos hacen gala de un estilo depurado, directo, preciso, el reino de las frases que dicen justamente lo que dicen sin necesidad de convertirse en subordinadas, que con toda la ironía y ninguna pomposidad, aportan una visión aguda de la realidad. No es que haya vivido un proceso ascético en busca del zen, no, sólo que cada vez valoro más la eficacia, las cosas bien hechas y la ausencia de pedantería. Adoro los autores discretos, sin pose, a los maestros del lenguaje, los que hacen magia con muy pocos elementos y que sin embargo no creen estar por encima de los mortales.

Ése es el territorio que más admiro como lectora. Y en él se sitúa como ama y señora Joan Didion, una adorable mujer de 73 años, con cinco novelas, numerosos ensayos y guiones como los de Pánico en Needle Park (1971) o Ha nacido una estrella (1976), en su haber, a la que en Estados Unidos se incluye entre los autores contemporáneos más relevantes, aunque en Europa sea una desconocida. En España, por ejemplo, apenas se han publicado tres de sus obras. El año del pensamiento mágico es la más reciente, la que me ha servido de excusa para soltar todo esto, y que empieza así:

La vida cambia rápido.
La vida cambia en un instante.
Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba.

La vida cambió de repente para Joan Didion cuando a finales de 2003 su marido, John Gregory Dunne, también escritor, murió de un ataque al corazón cuando ambos se disponían a cenar en su casa de Nueva York, donde precisamente se encontraban cuidando de su hija, Quintana, ingresada y en coma a raíz de una neumonía. De golpe y porrazo, la tragedia había entrado en escena. La autora reproduce fielmente en las apenas doscientas páginas de este particular ensayo personal, la manera en que vivió esta experiencia, la negación, el duelo, la obsesión, el miedo a caer en la autocompasión.

El año del pensamiento mágico es uno de los libros que más me ha impactado porque se zambulle con osadía en un territorio poco explorado (o al menos no de esta forma, sin adornos ni sentimentalismo) en las sociedades occidentales, el territorio de la muerte, y lo hace mirando de frente al dolor, a la pérdida, y aportando valiosas reflexiones desde una estructura caótica y con el natural desorden de alguien que recuerda, que repasa, que analiza cada detalle vivido con la persona querida. Es de esos que te acompañan aún mucho después de haberlos culminado, a los que vuelves, que maduras y en los que profundizas con el tiempo. La historia de la autora se entrelaza con la tuya, su ejercicio de memoria, sus menudencias cotidianas te hablan de algo mayor e inalcanzable, lo desprotegidos que nos quedamos ante la muerte.

De algún modo siempre he creído que las personas que han vivido el drama de cerca están íntimamente unidas, tocadas por un mal hado pero también con una sensibilidad más desarrollada para la vida. Al poco de publicar este libro la hija de Didion, que por un tiempo pareció recuperada, también falleció. En una entrevista con Eduardo Lago en Babelia decía “Creo que mi visión de la muerte no cambió tan radicalmente con la pérdida de John como con la de Quintana; ahora son muy pocas las cosas negativas que pueden sucederme”. La muerte, para bien y para mal, pone las cosas en su sitio.

Pablo Tusset - "En El Nombre Del Cerdo" (Destino/Booket/Columna)

Pablo Tusset tenía ante sí un difícil reto cuando se dispuso a escribir ésta su segunda novela, mantener al menos el tipo después del éxito obtenido con su primera obra publicada, la celebrada por el público Lo mejor que le puede pasar a un cruasán. Era aquella una novela amable pese a su tono ligeramente irreverente, con trasfondo detectivesco, y en la que el humor tenía un gran peso. Con tantos condimentos era lógico pues preguntarse cuál de esas vías, sino todas, sería la que el autor retomaría en su sucesora o si daría en su nueva obra un giro radical.

Pero ni una cosa ni la otra se dan del todo en En el nombre del cerdo. En el libro, que se inicia engañosamente -pues la trama no es policíaca- con el hallazgo de un cadáver descuartizado en el matadero de una inaccesible y pequeña localidad catalana, se suceden dos acciones en paralelo. La primera la protagoniza un curioso comisario a punto de jubilarse -el primero que atiende el crimen, aunque no se le encargará la investigación-, que precisamente ante el fin de su carrera profesional se está replanteando su vida. La segunda se inicia en Nueva York, donde un joven inspector, amigo del comisario, intenta también dar un nuevo rumbo a su existencia.

Nos encontramos pues ante una historia con un planteamiento complejo y que, como veremos a medida que avance la narración, se va tornando más ambicioso, pues sus protagonistas, especialmente el del inspector en Estados Unidos, van incorporando hilos argumentales a la trama, que Tusset tratará además de resolver. Además, pese a lo que superficialmente pueda parecer (por la presencia de un crimen, policías y demás), la preocupación del autor se centra esta vez en los personajes y no en la acción, y es en su personalidad (en uno de los casos enfermiza), en sus actos y decisiones, donde se desarrollará el nudo de la novela.

Todo ello, al tiempo, es narrado con aparente sencillez -hay algunos diálogos en los que Tusset demuestra una maestría para nada sencilla-, conseguida muchas veces, como ya hizo en su anterior obra, mediante el uso frecuente de referencias de la cultura popular más contemporánea e incluso cañí. Sin embargo, este rasgo formal, que dotaba de frescura a aquél homenaje autóctono a La conjura de los necios que fue Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, aquí resulta un tanto forzado e incluso superfluo, cuando nada aporta al desarrollo de una acción carente de ritmo (precisamente el ritmo era una de las virtudes de la anterior novela de Tusset), en la que al lector no le resulta en ocasiones adelantarse a los hechos.

Lamentablemente, el autor no consigue llevar a buen puerto el planteamiento expuesto (en el que incluso llega a aparecer una especie de álter ego del propio escritor), dos historias paralelas aunque muy contrastadas, en las que parece querer establecer dos retratos antagónicos aunque complementarios de la condición humana. Y finalmente la novela y sus subtramas, que se tocan en un momento sin llegar a converger definitivamente, se resuelven de un modo un tanto forzado que, efectivamente, cierra la obra, pero que deja el retrato aparentemente ambicionado a lo largo de ella en un mero esbozo. Una pena.

Dashiell Hammett - "Cosecha Roja" (Alianza Editorial)

Dos entradas y dos exitosos autores contemporáneos de novela negra. Tras ellos me pidió el cuerpo acudir a las raíces, y si este género las tiene, pasan necesariamente por la pluma de Dashiell Hammett, el escritor leyenda. Leyenda porque en eso le convirtió el cine, especialmente por la popular adaptación de su novela El Halcón Maltés; pero mítico, verdaderamente, por decirse de él que su vida fue tan tormentosa como la de sus personajes. Él fue el detective que se recicló en escritor, y el escritor que acabó arruinado por un amor apasionado y bañado en alcohol.

Antes de que lo segundo pasara, Hammett se catapultó a la fama con Cosecha Roja, una impresionante novela en la que acompañaremos a un detective privado -cuya identidad nunca conoceremos- a Personville, una ciudad en la que la corrupción campa por sus respetos y cuyos sus habitates han rebautizado como Poisonville. Llamado por un cliente que fallece asesinado justo antes de entrevistarse con nuestro protagonista, el detective pronto es contratado por el padre de la víctima, el empresario más poderoso de la ciudad, para que acabe con las bandas que le están arrebatando su poder. Para ello, el detective no dudará en mezclarse con ellos y enturbiar el ambiente, con la intención de que sean unos los que acaben con otros.

La trama de Cosecha Roja es espectacular, pues a pesar de su apariencia enmarañada, el lector mínimamente atento no perderá el hilo en la sucesión de acontecimientos teñidos de sangre, que se suceden vertiginosamente. Del mismo modo, destaca también la agilidad de unos diálogos que, protagonizados por ese antihéroe que es nuestro detective de la Continental (que volvería a protagonizar la novela La Maldición de los Dain y un buen puñado de relatos breves del autor), crearían escuela en el género. No obstante cabe señalar que esta novela, publicada por primera vez en 1929, supone la esencia misma del estilo policíaco; y su dureza, el trazo grueso con que es relatada, tan contrastado como el duro blanco y negro de las primeras películas que lo llevarían a la gran pantalla, podrá no agradar a los que gusten de las historias más sutiles en que ha devenido el estilo con los años.

Sin embargo, Cocecha Roja tiene una virtud fundamental que la hace, además de su cualidad de seminal, sobreponerse a muchas de sus seguidoras y a la mayoría de las obras de nuestros días. Y no es otra que su universalidad. Pues aunque la trama se pueda situar fácilmente en la época en que se escribió, su falta de detalle, las vagas descripciones de sus protagonistas y la naturaleza visceral en que manifiestan sus sentimientos, hacen que su historia trágica sea fácilmente asumible, viva y comprensible, tanto entonces como ahora, pasados tantos años desde su aparición. Y así se forjan también los clásicos.

Ian Rankin - "El Jardín de las Sombras" (RBA)

A pesar de ser toda una celebridad en su Escocia natal y uno de los escritores de novela negra más vendedores de los últimos tiempos, me atrevería a afirmar sin miedo a equivocarme que Ian Rankin no goza de mucha popularidad en nuestro país. Seguramente por esto último, cuando me enfrenté hace unas semanas a Black & Blue, la octava novela protagonizada por su más célebre personaje, el inspector Rebus, tampoco esperaba demasiado. De ella había leído (en lo poco que pude encontrar en castellano en la red sobre el autor) que era aquella en la que la escritura de Rankin había dado un salto cualitativo; y, aunque a nivel literario no me fascinó (no sé si atribuirlo al autor a una posiblemente torpe traducción), quedé prendado por su ritmo increscendo, su descripción del contexto y la personalidad de su protagonista.

Así tan sólo unas semanas después de aquél descubrimiento me sentaba frente a una nueva aventura de Rebus, con el fin de ver si me encontraba con un nuevo retrato de la Escocia actual -Black & Blue fotografiaba el declive de las zonas costeras escocesas edificadas alrededor de una industria petrolífera que da sus últimos coletazos sin que su pasada prosperidad se haya empleado en beneficio del país- y con nuevos diálogos del irreverente inspector. El Jardín de las Sombras (editada por primera vez en 1998) es el título de la continuación de aquélla, y digo continuación con toda la intención porque, si bien en estas series actuales de novelas protagonizadas por los mismos personajes (llámense Carvalho, Wallander o Brunetti) algunas líneas argumentales pasan de unas novelas a otras, creo que en este caso la relación es más acentuada.

Veamos, El Jardín de las Sombras se puede leer independientemente, pero algunos personajes carecen de profundidad y no parecen más que una comparsa si uno no los ha conocido en la anterior entrega. Al margen de esto, en la novela nos encontramos de nuevo con un desarrollo en el que el protagonista se ve implicado de repente en una situación que convierte su rutinaria investigación sobre el pasado nazi de un respetable anciano, en una enrevesada trama, esta vez ambientada en la disputa del mercado escocés por parte de dos bandas de crimen organizado. Con estos mimbres, en los que incorpora como es habitual sucesos reales acaecidos en su país, Rankin teje esta vez una novela correcta y entretenida, aunque carece de la profundidad y la fuerza dramática de su predecesora, quizás por querer abarcar tantas líneas argumentales.

Pese a ello El Jardín de las Sombras no deja de ser entretenida, pero desde el conocimiento de su predecesora se hace inevitable recomendar al que todavía no se haya acercado a las aventuras de Rebus, que acaban ahora de cumplir veinte años (se está celebrando en Escocia por todo lo alto), que empiece por Black & Blue. El personaje, típico de la novela negra pero brillantemente trazado y contextualizado (aquí se hace cierto lo de que el contexto, en este caso Edimburgo y Escocia en general, es también protagonista), creo que lo merecen.

Agustín Fernández Mallo- “Nocilla dream” (Candaya)

Zapping en mi mente

Imagina que tu cabeza funciona como las búsquedas en internet: un enlace te lleva a un tema que tiene un enlace que te lleva a un tema... Picoteando de aquí y de allá: de la sección de política de la prensa digital a la definición de la teoría del caos en la Wikipedia.

Nocilla Dream podría estar guiado por esta lógica: mordiscos de información de disciplinas totalmente dispares, sin ninguna conexión aparente para el lector que pasa las páginas pero con un probable hilo conductor para su autor Agustín Fernández Mallo. Eso sí, un hilo muy fino e invisible.

Pero independientemente de si existen conexiones entre los capítulos de Nocilla Dream, lo que es seguro es que al menos 3 o 4 temas te obligarán a levantarte del sillón para averiguar a través del Google la veracidad de los mismos. ¿Qué es una micronación?, ¿Existe un árbol en el desierto de Nevada donde las personas cuelgan sus viejas zapatillas y se agencian unas ajenas?, ¿Es cierto que los mejores surfistas del mundo son unos ancianos chinos que adquieren tremendo equilibrio al recolectar el Kwair (un fruto cítrico)?

Desde luego esto no pretende ser una crítica bibliográfica, (aunque no se puede negar que algunas voces del ámbito literario ya lo han tildado como revolución de la estructura narrativa). Mi intención es mucho más humilde. Responde a un hermanamiento entre la forma de escribir de Agustín Fernández Mallo y el funcionamiento de mi cerebro. A partir de ahora nunca más Cristina dispersa, sino zapping literario en mi cabeza. Gracias Nocilla Dream por ponerle un nombre tan artístico a lo que discurre por mi mente.

Henning Mankell - "La Quinta Mujer" (Tusquets/Quinteto)

Tenía verdadero interés en leer a Henning Mankell. Aficionado siempre -y un poco más dedicado últimamente- a la lectura de novela negra, el del escritor sueco era uno de los nombres destacados con los que me solía encontrar frecuentemente al leer sobre el género y que todavía me faltaban por descubrir. Así pues, tras informarme un poco sobre cuál de sus novelas era la más indicada para zambullirse en su obra, me adentré en la lectura de La Quinta Mujer, la sexta aventura de Kurt Wallander, el personaje que le lanzó a la fama.

La novela se inicia con un asesinato en Argelia que, pese a ser ocultado a la luz pública, acabará desencadenando una serie de crímenes en la región sueca de Ystad en la que trabaja el inspector Wallander. Los asesinatos, son aparentemente inconexos, aunque los une el hecho de que todos han sido cometidos de un modo atroz.

Ése es el punto de partida de una novela que a mi parecer, más que pertenecer al género negro, responde a la premisa del thriller o la novela policial. Pues a pesar de que Mankell trate de adornar la trama con algunos problemas personales del protagonista, o la sitúe en un contexto social en el que se habla de una Suecia en la que algunos ciudadanos empiezan a formar milicias al sentirse desamparados por las fuerzas de seguridad pública, éstas no son sino pinceladas que no afectan al tema principal: la minuciosa y detallada investigación de los asesinatos.

Es así la investigación la única protagonista de la trama, y esta narrada con innegable solvencia y de un modo aparentemente muy detallado (aunque a mí me pareció que se dan algunas deducciones un tanto forzadas), que emparenta con el estilo de las películas y series policiales que triunfan ahora en cine y televisión. Sin embargo a mí me quedó, pese al rato entretenido, un cierto sinsabor, pues esperaba -como siempre espero en las novelas negras- algo más que una mera sucesión de pesquisas. Además, la figura de Wallander se me antojó un tanto común, encorsetada entre su fidelidad a su profesión y sus tópicas inseguridades personales, configurando el típico buen policía (para buen policía me quedo con el Brunetti de Donna Leon, del que seguramente escribiré por aquí).

Quizás haya sido demasiado exigente o quizás debiera haber empezado por otra de sus obras -aunque Tusquets eligió ésta como la que presentaría al inspector en España-, pero el caso es que, pese a su éxito de ventas y los galardones que recibe (uno de los últimos el Pepe Carvalho que concede el Ayuntamiento de Barcelona, por su carrera dentro del género), Mankell me ha dejado bastante frío. Como las calles de Ystad.

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