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Hace ya bastante tiempo que cayó en mis manos la vida de Maggie y Hopey. No he leído los originales. Aquellas historias que los hermanos Hernandez publicaron en la revista que ellos mismos crearon y editaron, Love & Rockets, revolucionando el mundo del cómic allá por los 80. No he tenido esa suerte. Más bien me he conformado con los retazos que ha publicado la editorial La Cúpula, Mechanics (1990), Las mujeres perdidas (1992), Locas: La muerte de Speedy (una serie de cuatro cómics de 1997 a 1998), Locas: Maggie y Hopey (serie seis cómics e 1998 a 2000) y la serie de cinco cómics Penny Century (2005). Ya he hecho el repaso y no pretendo diseccionar todas estas historias con personajes descarados y descarnados, que transitan en el límite de la contracultura y la tradicionalidad de su origen hispano. Pero ahora ha llegado una nueva entrega y la tuve para Navidad, La educación de Hopey Glass, de la misma editorial. Eso sí, tengo que echar un vistazo a los tres tomos que esta misma editorial ha sacado recopilando todas las historias (Locas 1, Locas 2 y Locas 3).

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Jaime Hernandez retoma unos años después las vidas de sus personajes favoritos. La loca de Hopey y la dulce pero temperamental Maggie. Ha pasado ya mucho tiempo desde que se inició todo. Conocimos a las protagonistas (sin contar los flash-backs que hacen eco de anécdotas de su infancia) con unos quince años, cuando el punk y la rebeldía las unió en amistad y amor para siempre, pero ahora ya superan los treinta y tienen trabajos y relaciones adultas. Hopey Glass es ayudante de maestra en un colegio de infantil, trata de sacar a flote su relación amorosa con Rosie mientras sigue con sus antiguas costumbres. Maggie Chascarrillo ahora se encarga de un bloque de edificios, donde habita una misteriosa heroína, Alarma. Fantasía y realidad se entremezclan en las historias como siempre. Yuxtaposiciones de líneas argumentales que conforman la vida de estos personajes, que cada vez va cogiendo mayor profundidad psicológica.

Pero La educación de Hopey Glass se centra más, como es obvio por el título, en el personaje de Hopey. Dividido en unas cuantas historias separadas, la primera parte es sin duda la mejor, donde se desmenuza el día a día de una aspirante a maestra que no se ha desligado de su romance intermitente con Maggie, no es capaz de serle fiel a su novia actual y sigue frecuentando bares de mala muerte, callejones oscuros y personajes dudosos. No soy una entendida en este Noveno Arte, por lo que no me aventuraré en terreno desconocido sobre trazos, dibujos, elección del blanco y negro y adecuación de los guiones, pero sí citaré un comentario que el gran Alan Moore hizo sobre la serie: "El dibujo de Jaime combina blanco y negro para dar origen a un universo de tonalidades entre ambos. Del mismo modo, sus guiones hablan de los grandes sentimientos humanos pero también de pequeños eventos cotidianos, y están dotados de una increíble fuerza emocional. En definitiva, nos hallamos frente a uno de los autores de cómic más importantes del siglo XX en su momento álgido, y cada una de sus líneas encuentra un perfecto equilibrio entre lo clásico y lo cool."

Maggie, Hopey, Ray, Grace, Alarma, Angel de Tarzana, Penny Century, Elmer… son unos personajes infinitos, de los que se puede extraer pura vida. Una locura de vitalidad y derroche de energía. Si no conocéis a Maggie y Hopey, ¿a qué esperáis?

Isabel Miller - “Un lugar para nosotras” (Egales)

El Greenwich Village neoyorquino tiene mucha historia. En su entramado de calles se gestaron las primeras reacciones de lo que luego se ha denominado Orgullo Gay (Gray Pride). En Christopher Street está Stonewall, el bar donde se inició todo. También allí mismo se puede encontrar una librería muy acogedora, con larga trayectoria (desde 1967), y llena de pequeños tesoros, que llevan unas mujeres muy cálidas, la Oscar Wilde Bookshop (“As in those early days, the experienced and dedicated staff welcome all to the store”, dan ellas la bienvenida en su web).

Con la perspectiva del tiempo, cuando ahora se pasea por allí, se puede notar algo especial en el ambiente. Es un barrio lleno de cafés, tiendas pequeñas con encanto y gente diversa. Pero ya no hay una joven escritora repartiendo sus copias autoeditadas de una novela que rehusaron distribuir las editoriales. Ella ya no está, pero por suerte podemos encontrar su libro. Incluso está editado en castellano (por Egales, en su colección Otras Voces). Isabel Miller (1924-1996) se recorrió en 1969 las calles del barrio hasta agotar sus 1000 ejemplares de A place for us (Un lugar para nosotras, en castellano). Fantaseo pensando que dos años antes se había montado la librería. ¿Se conocerían? ¿Estarían relacionadas? ¿Se ayudaron? Aunque también sirvió para vender libros las reuniones de Daugthers of Bilitis, a la que perteneció la escritora, primer grupo que luchó exclusivamente por los derechos de las lesbianas y que se creó en San Francisco en 1955.

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Lo que sí que es cierto es que el éxito de acogida -recibió el primer galardón The Gay Book Award, que se acababa de crear, y fue reeditado en 1972 por una gran editorial, McGraw-Hill- hizo que finalmente no se quedara en algo anecdótico y trascendiera al clásico lésbico que es hoy día, un referente en la era post-stonewall. Una novelación de la historia de amor de la pintora norteamericana Ann Willson y la señorita Brundidge (“Este libro está dedicado, con todo el cariño, a las seño
ritas Willson y Brundidge, que vivieron una historia parecida hace mucho tiempo”, explicitó la propia autora) a través de Patience y Sarah, que según la ficción vivieron en Connecticut en 1816.

Como suele ocurrir, la importancia o trascendencia del libro viene por la evasión del drama asegurado a lo que el público gay estaba acostumbrado. Aunque The price of Salt (en España, Carol) de Patricia Highsmith fue publicado en los años 50 y es el primero en romper con la espantosa tradición de matar o volver locas a las lesbianas al final de las historias. Con A place for us o Patience & Sarah, como se publicó después, el lector se encuentra con una historia de pioneros americanos poco convencional. En esos momentos de descubrir nuevos territorios físicos, de ampliar horizontes, dos mujeres encontraron el lugar perfecto para poder encontrar su lugar, juntas. Aunque como hablamos de principios del siglo XIX, una de ellas usaba pantalones y tenía un comportamiento poco recomendable para la época, pero que servía como vía de escape al mismo tiempo como escudo a la extrañeza.

“Sarah llevaba vestido.
-No digas nada –dijo. Le habría sentado muy bien de no ser porque llevarlo la entristecía tanto que bajaba la cabeza, fruncía el ceño y caminaba encorvada.”


Isabel Miller es el pseudónimo de Alma Routsong, una combinación del apellido de su madre y la palabra “lesbia” en anagrama.

Tove Jansson - "Fair Play" (Sort of Books)

Estuve en Londres a principios de 2008 y, como siempre, me recorrí algunas de las librerías gays de la ciudad (es una costumbre que tengo, el turismo de librerías de temática gay vaya a donde vaya, ya que en Valencia la única que había murió años atrás). Llegué a Gay’s The Word -66, Marchmont Street (Bloomsbury, London)- y me encontré con un sitio con mucha historia, ya que lleva abierto desde 1979. Decía esto no por contar la historia de la librería, que estuvo a punto de cerrar en el 2007, sino porque tenía una sección donde recomendaba libros y uno me llamó la atención. Se trata de un librito de apenas 127 páginas, con introducción de Ali Smith y una buena edición. Todo por 7 libras, ya que se trata de una edición de bolsillo de Sort of Books, una filial de The Penguin Group, cuyo lema es: “Publish few but wonderful books” (“Publicamos pocos pero maravillosos libros”).

Fair Play de Tove Jansson resultó ser una verdadera sorpresa cuando finalmente me lo leí, unos meses después. No tenía ni idea de quién era esta mujer, que murió en 2001, pero la frase que la editorial destaca en la portada no puede ser más cierta. “A book about love –tender, eccentric and fiercely independent. It feels a privilege to read it” (“Un libro sobre el amor –ternura, excentricidad e independencia feroz. Es un privilegio leerlo”).

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Y realmente lo es. Un privilegio, digo. Porque la autora nos mete en la intimidad del hogar, en la intimidad de la vida de pareja, en la intimidad del trabajo. Historias encadenadas, donde a penas hay acción, pero donde no dejan de ocurrir cosas: estas mujeres trabajan, comen, ven películas, pescan, pasean por la isla, se quedan atrapadas en la niebla, viajan a un Estados Unidos profundo donde son como extraterrestres... En definitiva, una novela con tintes autobiográficos, seca y austera, pero terriblemente dulce y tierna, donde conoces dos mujeres que han compartido su vida y su trabajo y que están ya en el final de sus días, sin que esto las limite y cohíba en su actuación, en su devenir, en su disfrutar. “Fair Play could in fact be called a novel of friendship, of rather happy tales about two women who share a life of work, delight and consternation. They are very unlike each other, but perhaps that is why they manage to play the game successfully, with patience and, of course, a great deal of love”, sintetizó la autora en la portada original del libro. Junto con la historia, Sort of Books (que traduce la obra por primera vez al inglés) introduce también una serie de fotos de la vida de estas mujeres, trasladando al lector el tono de la vida que llevaron.

Y, ¿quién fue Tove Jansson? Se podría resumir, tal y como explica la página de la editorial, como la creadora de Moomin stories (hay un museo en su honor en la ciudad finlandesa de Tampere), una serie de libros infantiles, creados e ilustrados por la escritora que han sido traducidos a 35 idiomas. Jansson (1914-2001) era finlandesa, pero su idioma era el sueco
(minoritario en Finlandia, una comunidad que habita en Helsinki), y vivió en Klovharu, una pequeña isla junto a quien fuera su pareja desde los años 60, la artista gráfica Tuulikki Pietilä. Además de libros infantiles e ilustraciones de otras novelas, como The Hobbit o Alicia en el país de las maravillas, Tove escribió relatos, recopilados por esta editorial también en The Summer Book y The Winter Book. Fair Play es su última novela, escrita cuando la autora tenía setenta y cinco años y que se publicó por primera vez en 1989 (Rent Spel, editorial Schildts).

Vin Packer – “Spring Fire” (Cleis Press)

Imaginaos esta escena. Son los años 50, justo después de salir de la II Guerra Mundial, cuando empieza a despuntar la fiebre del McCarthismo, la paranoia general, el saber estar, lo correcto y lo bien visto. Justo entonces una mujer cualquiera se atreve a coger un libro en uno de los estantes de un drugstore (una tienda de esas donde hay de todo, tipo la de Apu de Los Simpson), se acerca a la caja y paga. Sale por la puerta con una sonrisa orgullosa en la cara y en su bolso lleva un tesoro, un pulp fiction. Eran aquellos libros, hechos con papel barato de pulpa de madera, en los que se podían leer series sobre el lejano oeste, bandas criminales, drogas, toda clase de violencia y homosexualidad. Esta mujer que imaginamos va a llegar a casa y se pondrá en contacto con personajes que han tenido las mismas emociones que ella, los mismos sentimientos, los mismos pensamientos. Y no por la conquista del oro en las tierras recién conquistadas, sino porque a Susan le gusta Leda o porque a Laura le ha cambiado la vida al conocer a Beth. Así, los lesbian pulp fiction fueron toda una revolución. Eran lo suficientemente baratos para que autoridades malpensantes no les prestaran demasiada atención, también por su supuesta mala calidad literaria, y para que sus lectoras los devoraran fervientemente y luego pudieran tirarlos o quemarlos sin ser descubiertas. Estoy hablando de Estados Unidos, claro. La escena sería mucho más bizarra en la España de Cuéntame cómo pasó…

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El primero de los libros en empezar con esta pequeña revolución fue Woman’s Barracks (de Tereska Torres) en 1950 y fue declarado como “promoción a la degeneración moral” por House Select Comittee on Current Pornographic Materials, pero es Spring Fire (publicado por Gold Medal Books en 1952) quien sentó precedente al centrar su atención sólo en la relación amorosa de sus dos protagonistas femeninas. Susan Mitchell y Leda Taylor son compañeras de cuarto en la hermandad (sorority) Tri Epsilon en un College, para pasar casi inmediatamente a convertirse en amantes secretas. La historia tiene un desarrollo típico de esta clase de relatos, con las salidas nocturnas sin ser vistos por los supervisores, las hermanas vigilantes del buen comportamiento interno, los chicos y las chicas. Pero aquí se añade el componente del lesbianismo. Susan es nueva, Leda ya ha hecho esto otras veces y ambas se dejan llevar por su amor, aunque eso se vea interrumpido a veces cuando los chicos les metan mano en los asientos de atrás de los coches para mantener las apariencias. Cuando son sólo besos, abrazos y todo lo demás no ocurre nada, porque es durante el silencio y la oscuridad de la noche, pero si los actos se convierten en palabras, en tratar de comprender, entonces sólo queda la negación. Susan le dice a Leda que le quiere y que no entiende cómo aquella tiene que irse con su novio. La contestación de Leda es sencilla, me gusta estar contigo pero dejaré de estarlo si eres lesbiana. ¿Y qué era ser lesbiana en ese momento? Susan encuentra la respuesta en un libro de la biblioteca en el estante de psicología: “Una lesbiana es algo anormal, una mujer que no puede tener relaciones satisfactorias con un hombre sino con otra mujer”. Hasta ahí tampoco es muy ofensivo, pero si sigue leyendo… “La mujer homosexual, la lesbiana, a menudo toma ventaja de mujeres que no son realmente homosexuales. Estas mujeres pueden disfrutar con los hombres, y ser capaces de una vida heterosexual totalmente normal si realmente no mantienen una relación seria con una lesbiana genuina, cuyas técnicas son a veces más habilidosas que la de cualquier hombre joven con poca experiencia”. Así que ante semejante explicación sólo quedaba la vergüenza y la marginación.

Se vendieron más de millón y medio de copias. Ya ves, un súper impacto. Pero yo sigo pensando en aquella mujer que lee el libro en su casa. Y me imagino que se pega un tiro. Porque lo trágico de estos libros es que hacen pensar que uno no está sólo en el mundo con sus “disfunciones”, pero si te dejas llevar por ellas acabarás muerta o loca. Woman’s Barrack acaba con un suicidio y Spring Fire deja a Leda internada en un asylum, es decir, una casa de locos de la época. Y todo tiene una explicación, claro. Se puede hablar abiertamente de la existencia de las relaciones lésbicas, pero hay que censurarlas al final como castigo ejemplar. De hecho, el editor obligó a la autora (quién publicó como Vin Packer, aunque su verdadero nombre era Marijane Meaker) a cambiar el final. “No puedes hacer que la homosexualidad resulte atractiva. Nada de finales felices”, le dijo, según cuenta la autora en el prólogo de la reciente edición de Cleis Press. “Así que hice este libro, Spring Fire, y al final una mujer joven se vuelve loca mientras la otra se da cuenta de que nunca realmente estuvo enamorada de ella. A pesar de que esto debió satisfacer a los inspectores del servicio postal (en el que se distribuían los libros), la audiencia gay no lo habría creído ni por un minuto. Porque lo más importante de todo fue el hecho de que había un nuevo libro sobre nosotras. De repente, estábamos en los estantes de los quioscos y las tiendas de revistas, allí justo a la vista de todos, en las repisas”.

Estoy a la espera, podría decir que ansiosa, de poder leer Fun Home de Alison Bechdel que ya se puede adquirir en España gracias a Reservoir Books de Mondadori. Aún no lo tengo, pero mi curiosidad sube y sube conforme más cosas me llegan de este libro. Bueno, se trata de un cómic book o novela gráfica, en la que la autora de forma autobiográfica relata su salida del armario y su relación con su padre. Ella, Bechdel, es la escritora de la exitosa seria Dykes to Watch Out For, de la que ya comentamos algo en una entrada anterior. Con esta última, Fun Home, fue nominada al National Book Critics Circle Award 2007 y declarada Mejor novela gráfica del 2006 según Entertainment Weekly, así como uno de los 10 mejores libros de 2006 para New York Magazine y entre los 100 mejores del año para The New York Times.

Pues eso, aunque los reconocimientos me despiertan la atención, lo que realmente lo ha hecho es saber que el libro casi fue vetado de una librería en Missouri y que una estudiante de la universidad de Utah denunció ante la organización No Pornography que en su clase de inglés había libros pornográficos, y ponía de ejemplo este mismo, posiblemente por mostrar sin tabú el tema de la homosexualidad. Cuando yo estudiaba literatura no tenía libros tan interesantes y, definitivamente, no había cómics en los listados. Ha despertado mi curiosidad.

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Pero todo esto viene porque a mis manos ha llegado otro cómic que atrapó mi atención desde el principio. Strangers in paradise (SIP para los entendidos). Se trata de una reedición en español (de 7 números, el primero salió en 2005 y el último se presentó en el Saló del Còmic de Barcelona). Claro. Yo no tenía ni idea. Fui a la tienda de mi ciudad y pregunté, como si fuera una supernovedad y el ejemplar acabara de ver la luz por primera vez. Pero no. Es una serie que se inició en los 90 en el mercado independiente, primero bajo la editorial Antartic Press y luego en el propio sello creado por su autor tres años después, Abstract Studio. ¿Y quién es su autor? Terry Moore, quien escribe en la introducción: “Cuando empecé a escribir y dibujar SIP, reflexionaba sobre las relaciones entre hombres y mujeres. Reflexionaba sobre las chicas guapas que veía entre la gente… ¿Por qué sonreían? ¿Qué podía hacer que se quedasen de pie, bajo la lluvia, esperando a alguien? Reflexionaba sobre por qué hombres y mujeres repiten una y otra vez los mismos errores, en todas las épocas…”

¿Queda claro el tema? Pues, dos chicas son muy amigas. Una de ellas es una enamoradiza compulsiva e inestable, la otra una chica dura que odia a los hombres. La segunda está enamorada de la primera. La primera no sabe bien lo que quiere. En ese marco de relaciones imposibles, amores no correspondidos, amistad eterna, conversaciones con helado hasta el amanecer, aparece un chico, que en principio no pinta nada, pero que consigue meterse en la pareja. ¿Y qué ocurre? Pues que se enamora de la segunda chica, de la mala, de la que odia a los hombres. Pero realmente no los odia. Y mucho menos a él. Y esto ocurre en el momento más inoportuno, cuando la primera chica, la dulce, se da cuenta de que también le gusta la chica. ¿Quiere tenerla cuando cree que la va a perder?

Pues todo eso, relaciones humanas intensas, vívidas y muy reales, salpican las páginas de cada una de las entregas de esta novela gráfica extendida. He leído hasta el momento dos números, pero planeo devorar lo que pueda en cuanto tenga tiempo. Y como los cómics ofrecen libertad, Moore se permite meter en medio una especie de trama de novela negra, donde hay una señora mala que dirige a un grupo de matones, todas ellas mujeres, y que resulta estar emparentada con el chico que se enamora de la chica mala. Pero esto es lo de menos. Lo que más importa. Lo que atrapa son Katchoo, Francine y David. Ellos tres y sus problemas con la vida son lo que hacen de SIP lo que es.

El tempo, la forma, los dibujos… Me recuerda mucho a Love & Rockets. La serie de los Hermanos Hernadez. La serie de Maggie and Hopey, en las que sus dos chicas protagonistas también tenían tiras y aflojas en su propia relación. Mucho amor, pero también desamor, propio de la época adolescente.

No estoy muy metida en el mundo de los cómics, ni en general ni en particular. Leo cosas sueltas, las que me llegan por terceros, las que me interesan por temática… Por ejemplo, cuando estaba en la universidad me leí la saga entera de Sandman, por un amigo que me lo introdujo. También me hice, por entonces, devota de Love & Rockets, y sobre todo de sus protagonistas, Maggie y Hopey. Y, desde entonces, he caído rendida ante Alan Moore, Frank Miller, Daniel Clowes… y otros, pero sin llegar a profundizar realmente. Eso sí, recomiendo sus obras, desde Batman: Año Uno hasta V de Vendetta, Ghost World o Como un guante de seda forjado en hierro. Sin despreciar a la siempre eterna Mafalda o el genial Calvin y su inseparable Hobbes. Por otra parte, mi novia es entusiasta de un tal Liniers y su Macanudo, aunque yo no lo he leído nunca. Y me dejo, inevitable e injustamente, un millón de referencias en el tintero (Maus, Persépolis,...).

En fin, todo este preámbulo, puede que tedioso e innecesario, viene porque estas navidades me regalaron un cómic titulado, Salidas de emergencia. Bollería fina. La nueva entrega del primer cómic lésbico que se publicó en España, creado por Rosa Navarro (guionista) y Gema Arquero (dibujante), en el que se repasan los tópicos del mundo del ambiente “bollo”. Así, de entrada me recordó otros cómics parecidos que leí hace tiempo: Unos bollos de cuidado (Dykes to watch out for) y El mundo de Jane (Jane’s World). Ambos son norteamericanos, por lo que la gracia de Bollería fina estaría en su visión del ambiente patrio, por llamarlo de alguna manera y de forma rápida. Además, se trata de la primera publicación, de la carta de presentación, de una nueva editorial afincada en Barcelona, De Facto Ediciones.

Seguir Leyendo... Troni, Guille, Luna, Leo y Pau son un grupo de amigas. Unas chicas alrededor de los 20 años moldeadas por los estereotipos que las autoras han considerado oportunos. “La vida cotidiana de este grupo de cinco amigas, cuyos caracteres están muy bien definidos, se nos retrata abierta y desenfadadamente”, afirma Nazario (el padre del cómic gay en español) en el prólogo. Las autoras repasan a través de sus personajes, y con mucho, cualquier circunstancia que rodee ser lesbiana en España ahora, tal como la salida del armario, que tu novia te deje por un tío, las relaciones sexuales, el ambiente y las reacciones de aquellos que no están en el ambiente…

Como cualquier cosa que se circunscribe a un tema sólo cae en el estereotipo fácil, más siendo un cómic tipo viñeta, y al humor superficial. Es divertido, aunque un tanto plano, pero te ríes cuando una de las amigas insiste en ir a “la conferencia sobre la presencia de la menstruación en el arte femenino” y todas salen corriendo. O aquella que se lía a una madurita interesante y le suelta un discurso sobre todas las referencias lésbicas habidas y por haber: “¿Conoces la novela que escribió Alice B. Toklas sobre Gertrude Stein? Es más conocida que la de Djuna Barnes, pero menos intensa que la de Virginia Wolf”.

Como los chistes de Muchachada Nui o La Hora Chanante, o series como IT Crowd, sólo son graciosas para aquellos que comparten los mismos referentes. Así, Bollería fina interesará a quienes puedan reconocerse, aunque sea mínimamente, en sus páginas. O, puede, que a aquellos curiosos por saber de qué va todo esto. Aunque espero que no se queden sólo con esta idea.

Djuna Barnes - "El bosque de la noche" (Seix Barral)

Siempre hay olvidados o minusvalorados. Siempre en comparación con otros más renombrados, conocidos, encumbrados o simplemente comentados, claro está. La generación de mujeres que vivió, trabajó, sufrió y experimentó en el París de los años 20, el de entreguerras, el de la Rive Gauche, podría estar entre los referidos en la primera línea (dentro de la genial “Generación Perdida”, ellas son las grandes olvidadas). Aunque nadie podría obviar que su trabajo, e incluso sus ejemplares existencias, han dejado huella. Sólo hace falta rascar un poco, ver más allá de lo que nos vende el mainstream.

En los exquisitos círculos literarios de aquella época llena de referencias se movió a sus anchas, entre muchas otras, la escritora neoyorquina Djuna Barnes (1892-1982), pero nombres como los de T.S. Elliot o James Joyce suenan más. El primero de ellos prologó la obra más famosa de Barnes, una joya de la literatura contemporánea, El bosque de la noche (Nightwood, 1936), que en España se publició a finales de los años 80 gracias a la editorial Seix Barral. El segundo tuvo su oportunidad gracias a Sylvia Beach, dueña de la librería inglesa Shakespeare & Company de la rivera izquierda del Sena (todavía abierta en su original ubicación), quien le editió su luego célebre Ulysses.

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El mismo Joyce dijo una vez: “Nunca escribas sobre un tema insólito, haz insólito lo corriente”. Y cuando te dejas llevar por la prosa de esta mujer, quien inició su andadura como corresponsal de la revista McCall’s, ésta parece ser su máxima. Los escritos de Djuna Barnes son retratos de las cosas corrientes de la vida, pero su propia escritura las presenta de una manera deformada, forzando las circunstancias hasta conseguir lo extraordinario. Djuna Barnes plasmó su propia vida en imágenes a través de las experiencias biográficas que narró en sus libros. Un buen ejemplo es El Almanaque de las Mujeres (Ladies Almanack, 1928) donde caricaturiza las famosas reuniones en torno a Natalie Barney.

Pero, sin duda, su obra cumbre es la célebre pero casi olvidada El bosque de la noche. En ella la autora argumenta la nada, adorna el vacío, el ocaso, el silencio en el que viven todos los personajes a través de una prosa barroca y retorcida. Todos actúan, todos llevan máscaras, todos son falsos y verdaderos al mismo tiempo. El único que no tiene vida, el doctor Mathew O'Connor, es quien posee la verdad. Es la voz de la conciencia. La voz sin rostro, a la que nadie quiere oir y a la que todo el mundo escucha.

El amor se acaba, parece decirnos Barnes a lo largo de las escasas 190 páginas que forman esta novela. En ella habla del coste del abandono, una amante deja a otra y ésta última piensa que no lo superará. “Me ha dejado en la oscuridad para el resto de mi vida”. La protagonista, Nora Flood, ha perdido lo único que le importa (a Robin Vote, un espíritu libre y desconsiderado) y se siente sola. Es un grito amargo de quien lo tenía todo y se ha quedado sin nada. “Así el amor, cuando se va llevándose el tiempo consigo deja un recuerdo de peso”.

Un gran reflejo de la realidad, de su realidad. Eso es lo que supone El bosque de la noche. Un libro de revancha, hecho de dolor. Djuna y su novia Thelma Wood se separaron en 1929 y en 1930 Djuna se trasladó de París a Nueva York (seis años después se publicaría finalmente el libro). Los últimos años de la década de los 30 están borrosos para la autora, es una época de depresión, alcoholismo y enfermedad, en la que incluso dejó de escribir.

La publicación de El bosque de la noche en 1936 supuso la expiación que utilizó Djuna Barnes para despedirse de la mujer con la que compartió ocho años de su vida y que le abandonó. Nora Flood es su alter ego en este “libro de amor”, como la propia Barnes lo describió. Después de esta gran pasión ya nada volvió a ser lo mismo. Pero el libro es mucho más. Supone un reflejo de una época. En él se puedes seguir los pasos la bohemia, del ambiente parisino, de las fiestas, de los clubes, de la nocturnidad, de los artistas,... Un mundo equívoco donde nada era lo que parecía. Una pequeña y delicada joya a la que hay que acercarse con cuidado y con ganas.

Djuna Barnes murió el 19 de julio de 1982 a los 90 años tras una larga y angustiosa enfermedad. Las contínuas operaciones le habían hecho necesitar ayuda en su vida cotidiana y por ello su familia la ingresó en el asilo de Doylestown en Penssylvania.

Odiaba necesitar a alguien y estar encerrada en cualquier sitio, por ello junto con el dolor su muerte estuvo acompañada de todos los miedos que a lo largo de su vida había ido recopilando sobre ese fatídico día. En 1923 escribió un artículo sobre cómo una dama debería morir, pero no cumplió sus propias normas. Además tenía pánico a acabar sus días en la misma cama que su madre y ese lugar fue el último en verla con vida.

Después de su muerte incineraron su cuerpo y llevaron sus cenizas a Storm King, lugar en el que había nacido. Pero Djuna Barnes más que la reina de las tormentas fue la reina de la soledad. “No sé qué hacer. No sé hacia dónde volverme. Si la ves, dile que siempre la tengo en mis brazos y siempre la tendré, hasta la muerte”.

Radclyffe, que no Radcliffe. Nada tiene que ver una escritora inglesa de finales del siglo XIX con el actor que da vida a Harry Potter. Les une que son ambos británicos, pero ya está. Sin embargo, Radclyffe y Radclyffe viajan juntas (al menos en mi pequeño mundo interior), aunque muy separadas en el tiempo y en las circunstancias. Puede que esto que he escrito así de entrada no tenga mucho sentido. Son sólo impresiones. Pero si lo explico, todo se entenderá un poco más. Radclyffe Hall fue una escritora inglesa que vivió de 1880 a 1943. De familia acaudalada, ha pasado a la posteridad por The Well of Loneliness (El pozo de la soledad), una novela que tiene como principal logro ser la primera en lengua inglesa cuyo tema es explícitamente lésbico. Por su parte, Radclyffe es también el pseudónimo bajo el que escribe una de las novelistas más prolíficas en cuanto a narrativa romántica puramente lésbica se refiere. La autora norteamericana rinde homenaje así a la valiente escritora inglesa que vió cómo su novela fue calificada de “libelo obsceno” por un juez y murió antes de ver cómo se levantaba la prohibición de su lectura en Londres.


Me centraré aquí en la primera de las autoras, en la Radclyffe original, aquella que se calificó a sí misma como “invertida congénita” y que fue reivindicada en los peores momentos de censura por autores tan dispares como George Bernard Shaw o H. G. Wells.

El pozo de la soledad cayó en mis manos hace mucho tiempo. Un poco más tarde que Djuna Barnes o Gertrude Stein, como una extensión lógica en mi necesidad de conocer aquello que otras mujeres escribieron sobre mi condición sexual. En una curiosad o avidez sobre la que han reflexionado intelectuales feministas como Adrienne Rich o queer como Monique Wittig. Una dijo, “Para nosotras el proceso de nombrar y definir no es un juego intelectual, sino una captación de nuestra experiencia y una llave para la acción. La palabra lesbiana debe ser confirmada porque descartarla es colaborar con el silencio y la mentira acerca de nuestra existencia misma, es hacernos caer en el juego de la clandestinidad y volver de nuevo a la creación de lo inefable". Y la otra, la famosa sentencia: “Las lesbianas no son mujeres, ya que la noción misma de mujeres sólo adquiere significado en sistemas de pensamiento heterosexuales y en sistemas económicos heterosexuales”.

Bueno. Radclyffe escribió en The Well of Loneliness las andanzas de Stephen, quien se descubre enamorada de otra mujer. Es una chica con nombre y educación de chico. Recordemos que el libro está escrito en 1928, por lo que el contexto lo es todo. Refleja ese encorsetamiento que aún hoy pervive en algunas esferas de nuestra cotidianidad. Las mujeres son pasivas y los hombres activos y más dotados para el deporte y las digresiones intelectuales. Stephen contradice esto. Como así lo hizo la misma Radclyffe, nacida como Margueritte y que prefería ser llamada John, pero que finalmente ha pasado a la posteridad por su apellido.

Hall vivió abiertamente su lesbianismo, al lado de diversas mujeres con las que compartió su existencia. Es innegable que su considerable herencia monetaria le dió la libertad necesaria. A pesar del estilo de vida de la autora y de ser considerado “una indecencia”, The Well of Loneliness tiene en sus páginas una carga negativa innegable. Puede que a alguien le resulte molesto si desvelo que el libro no tiene un final feliz. Aunque sería como decir que Anna Karenina se tira al tren. Es irrelevante. Lo que me interesa más es esa contradicción. Cómo la misma Radclyffe censuró a su propia criatura. Stephen se atormenta y se considera como “un ser incompleto” por el hecho de ser lesbiana. La autora tuvo éxito en su novela precedente y por eso osó aventurarse con un tema tan explícito y rechazado por la época, aún así, la protagonista tenía que sufrir por sus “pecados” y arrastrar también una tópica aversión por parte de su madre, quien la considera una versión “mutilada e imperfecta” de su marido. Pero el libro también retrata el París de la “rive gauche”, el de las lesbianas del círculo de Natalie Barney. Un momento de esplendor. Es todo eso. Ya digo. Pura contradicción. Lesbianas en guetos que salen y se enamoran de “mujeres de verdad”, pero que pagan cara esta temeridad.

Ante la reacción brutal que tuvo la salida del libro a la luz, la propia autora argumentó que los invertidos son también criaturas de Dios. Sostuvo que ella no se había alejado en su libro del estándar moral heterosexual, ya que sólo los verdaderos invertidos son capaces de soportar esa clase de vida, mientras que hay personas que no lo resisten y retornan al camino de la normalidad. Recordemos que eran los años 20. Se salía del paso con los instrumentos de los que disponían entonces.

Sea como sea, muchas lesbianas leyeron el libro en su momento. No en Inglaterra hasta tiempo después, pero sí en Estados Unidos, por ejemplo. Muchas mujeres se vieron reflejadas en estas páginas. Reconocieron sus miedos, sus anhelos, su diferencia. Por ello, libros como El pozo de la soledad son bastiones fundamentales en la construcción de un imaginario colectivo que nos ha traído hasta las libertades que disfrutamos en estos momentos.

Sarah Schulman - "Gente en apuros" (Alfaguara)

Vi hace poco una película que me recordó un libro que había leído hace un tiempo. Shortbus y People in trouble. John Cameron Mitchell y Sarah Schulman. Ambas son historias sobre personas que viven en los márgenes no visibles de la sociedad. No sé si la palabra marginado sería adecuada o no. Es tan genérica que casi pierde su sentido. El centro de atención está focalizado en un grupo de gente que no se siente cómoda con los clichés sexuales que se le han impuesto. No divagaré aquí sobre las construcciones sociales de sexo y género. Pero sí haré mención a la teoría queer, que tiene en ello su objeto de estudio, por si a alguien le interesa saber un poco mejor de qué va todo esto. Es una reflexión intelectual llevada a cabo por filósofos y profesores universitarios que dan palabras a un sentimiento colectivo. Perdido el espíritu combativo de Stonewall, se hizo necesaria otra enunciación para reclamar la diferencia y la diversidad. Un resumen rápido. Queer significa raro, pero es usado –como fagget en el argot inglés– como marica o bollera; un insulto, se entiende. Pues bien, la teoría queer coge el insulto y se lo apropia. Es como levantar la cabeza y gritar. “¡Soy marica! ¿Y qué?” Todo ello adornado con una extensa y compleja amalgama de teorías que parten de la deconstrucción social esgrimida por Derrida o Foucault y que se quieren separar de la hasta entonces (hablamos de principios de los 90) corriente imperante en los ensayos sobre homosexualidad.

Y con ese grito conceptual se defienden también los personajes de Shortbus. El film sigue los pasos a un grupo de personas en Nueva York, en concreto sus andanzas en un local donde todos confluyen, se mezclan, se entienden y se reconfortan. Entre ellos no tienen nada en común más que sus rarezas sexuales, que les alienan en un mundo construido a sus espaldas.

Sufrimiento, decadencia sexual, conocimiento de la propia diferencia, diversidad humana y ningún miedo a situar el punto de vista en aquello que fluctúa por otros caminos que van más allá de la heteronorma, People in trouble de Sarah Schulman confluye también en todo este maremágnum. Todo y estar escrito en 1990, unos 17 años antes del estreno de la película de John Cameron Mitchell, para mí simbolizan lo mismo. El espíritu es el mismo. En el libro de Schulman lo importante es el extraño ambiente que rodea a los protagonistas. Un ambiente como en descomposición, difícil, que rechaza, que hace daño. Schulman se centra en Gente en apuros en la crisis del SIDA, a través de la visión de tres personajes principales que están en búsqueda de su propia identidad sexual, como ser humano con derecho a un lugar en el mundo. Se inspiró Schulman en sus días como activista con ACT UP (AIDS Coalition to Unleash Power) y situó la novela en el East Village neoyorquino. Fue una de las primeras aproximaciones a mostrar las reacciones de los propios afectados por la pandemia. Actuación, posicionamiento político ante la crisis, y no contemplación y asimilación de la enfermedad como ese castigo divino ante el pecado homosexual. Un libro intenso, abierto, sin tapujos, un retrato vívido sobre la homosexualidad en ese momento y que en España fue publicado por Alfaguara, aunque ahora está totalmente descatalogado.

Es curioso, asocio este libro con Shortbus, pero no me vino a la cabeza el musical Rent, todo y que el tema que tratan es el mismo. Pero están relacionados. Y tanto. De hecho, este libro y su autora hicieron un poco de ruido unos años después, cuando la autora lesbiana denunció que el exitoso musical de Broadway (del que posteriormente se ha hecho una versión en el cine) había plagiado partes significativas de su libro. Incluso publicó un ensayo al respecto en 1998, Stagestruck: Theater, AIDS and the Marketing of Gay America. Para sintetizar lo que Schulman piensa, mejor leerlo de un extracto de una entrevista realizada por Javier Sáez y publicada en su página hartza.com. “Lo que pasó con mi novela forma parte de una estrategia muy habitual: obras que surgen de culturas marginales, como Gente en apuros, son aprovechadas por el sistema para su comercialización a gran escala, eliminando toda su crítica y sus elementos más originales”. Sobran las palabras.

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