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La maestría se puede encontrar en los envoltorios más pequeños y delicados. Cuando preparaba mi viaje a Nueva York en junio pasado rescaté de la estantería un librito que me había entusiasmado años atrás. Conocí de su existencia por una referencia que hacía Carrie Bradshaw en uno de los capítulos de Sex in the city y la búsqueda del tal E.B White traducido en España no resultó tan infructuosa como suele serlo gracias a la colección Paisajes Narrados de Editorial Minúscula, empeñada en rescatar precisamente este tipo de joyitas.

“Nueva York concederá el don de la soledad y el don de la intimidad a cualquiera que esté interesado en obtener tan extrañas recompensas”, con estas magníficas líneas comienza Esto es Nueva York, un ensayo que su autor escribió por encargo en 1948 para una revista de viajes y que enseguida adquirió la dimensión de clásico. Estamos hablando de un género, el del ensayo literario, muy cultivado desde siempre en la literatura anglosajona en multitud de revistas, y que tiene en el New Yorker su buque insignia. En aquella época White alternaba con colegas como Dorothy Parker, Flannery O’Connor o Saul Bellow. Imagina ir al kiosco a comprar tu revista favorita para leer un relato inédito de Toni Morrison o un ensayo de John Updike sobre la repercusión del efecto Palin en la campaña de McCain. En Estados Unidos o Reino Unido es de lo más cotidiano. Para mí es una de las ideas de la felicidad.

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E. B. White consiguió destilar en apenas cincuenta páginas una visión certera de la gran urbe contemporánea por excelencia: “La isla de Manhattan es sin ningún género de dudas el mayor concentrado humano de la tierra, un poema cuya magia se hace comprensible para los millones de habitantes que residen en ella de forma permanente, pero cuyo significado completo siempre se nos escapa”. Cuando lees (en un suspiro) su apasionado retrato de la ciudad entiendes perfectamente por qué es uno de los referentes literarios para todos los que aman esa ciudad y por qué gozó de una renovada repercusión tras el 11-S. White muestra con emoción pero rudeza al mismo tiempo lo que significa esa ciudad que provoca tal fascinación, tan vital como voraz. “El cambio más sutil que ha experimentado Nueva York es algo de lo que la gente no habla demasiado pero que está en la imaginación de todos. La ciudad, por vez primera en su larga historia, se ha vuelto vulnerable (…) La intimidad con la muerte forma ahora parte de Nueva York: está en el sonido de los reactores en el cielo y en los negros titulares de la última edición”. White cuenta en el prefacio que cuando se le pidió una revisión del texto para su publicación en forma de libro se sintió incapacitado: “Para poner Nueva York al día habría que publicar a la velocidad de la luz (…) Tengo la impresión de que es un deber del lector, y no del autor, poner al día Nueva York; y confío en que hacerlo será más un placer que un deber”.

A veces hay que conformarse con lo bueno conocido. En mi ansia por documentarme más sobre la ciudad a la que viajaba caí en la tentación comprándome este otro libro. El coloso de Nueva York y
su autor Colson Whitehead se encuentran en las antípodas de todo lo que he dicho anteriormente. A pesar de que su extensión apenas roza las doscientas páginas fui incapaz de terminarlo, espantada de su prosa relamida y rimbombante, con muchas pretensiones intelectuales pero nula capacidad de contagio o de emoción. Whitehead abusa hasta la extenuación de la –supuestamente cómplice- apelación al lector con la segunda persona del singular: “Tarda un rato en ver a la anciana y cederle su asiento. La embarazada, el hombre de la pierna herida. Una mala suerte, su buena educación. Córrete. Aléjate del borracho apestoso. Es solo el envoltorio de un caramelo pero nadie lo toca por miedo a lo que pueda contener y por tanto queda un asiento vacío en un vagón de metro atestado. Descubres un asiento libre pero cuando te acercas está manchado de refresco. En la parada siguiente alguien lo ocupa y te sientes culpable por no avisarlo pero en realidad no es asunto tuyo.”

En la cubierta se pueden leer frases extraídas de grandes cabeceras periodísticas con críticas muy favorables; incluso hay una que lo califica de ‘perfecto homenaje al clásico de E.B. White’. A lo mejor estoy siendo demasiado dura y simplemente no conecté con lo que quería transmitirme el escritor. Yo lo veo un ejemplo claro del quiero y no puedo. Y para homenajes, más emparentado con el clásico de White encuentro yo a Enric González y sus Historias de Nueva York.

Enric González – “Historias de Nueva York”. (RBA)

Desde hace algo más de un año me he convertido en adicta a las columnas y artículos del periodista Enric González en El País. Me encanta su ironía, la humanidad que transmite y sus variopintos conocimientos; igual te habla del último partido del Inter que de la historia de un visionario explorador inglés. Ahora tengo la suerte de disfrutarlo en una ración diaria.

González se ha pasado media vida de corresponsal en diferentes ciudades del mundo: París, Londres, Nueva York, Roma,… Y de estas vivencias es de donde le surgió la idea de “hacer una guía de contexto” sobre algunas de ellas. Yo solo me he leído estas Historias de Nueva York pero próximamente le pienso hincar el diente a Historias de Londres, porque me ha dejado un excelente sabor de boca. Es de esos libritos que sin demasiadas pretensiones consiguen engancharte, divertirte, emocionarte y francamente, pasarlo en grande. Su extensión no llega a 150 páginas, pero a mí me ocurrió que conforme avanzaba en su lectura más lento iba leyendo porque no quería que se terminara nunca, y cuando llegué a su conmovedor final supe que sería un libro al que volvería muchas veces. Una joyita escrita por un gran tipo.

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Historias de Nueva York es altamente recomendable para cualquier lector pero más aún si se trata de alguien que viaja por primera vez a esa ciudad porque transmite con gran sutileza los entresijos y la atmósfera que se respira en esa descomunal urbe que te impresiona y te engulle si te coge desprevenido (“En Nueva York, que no sabe de nuestra memoria sentimental ni de nuestro calendario, siempre es hoy y todos los momentos valen”), y te ofrece una interesante lista de lugares para no perderse que están fuera de las guías convencionales.

Es una obra corta y aún así es difícil elegir un pasaje entre todos. A mí me fascinó el relato que hace el autor de su bajada a los sucios sótanos de Manhattan en busca de la vieja Nueva Ámsterdam, los Five Points y el ‘carnicero’ William Cutting, aunque tampoco tienen desperdicio el repaso que hace por los millonarios que construyeron los primeros rascacielos (“Los forasteros en Nueva York somos reconocibles porque vamos por la calle mirando hacia el cielo con la boca abierta. A algunos se les pasa en unos días. Otros llevamos la nuca encajada entre los omóplatos durante meses”), las sucesivas generaciones de mafiosos, o la pas
ión de los estadounidenses por el béisbol y la permanentemente desigual rivalidad entre los Yankees y los Mets. A lo largo de sus páginas asistimos a la logística cotidiana de un corresponsal en busca de apartamento, compartiendo bebida con compañeros de otros medios, entrevistando a gente estupenda como el científico Oliver Sacks, y descubrimos con una incontenible sonrisa las pequeñas excentricidades del autor. Enric González consigue contar todo esto y más como quien no quiere la cosa, como a mí más me gusta, dando la sensación de que lo ha ido escribiendo sobre la marcha y en fresco, transmitiendo una enorme pasión y curiosidad por la vida y el mundo, paladeando cada segundo de lo que le ocurre, en lo bueno y en lo malo porque de esto también hay.

Con este párrafo Enric concluye su libro: “Nueva York sigue siendo una tormenta de almas, un caudaloso río humano. Para entender ciertas cosas no hacen falta idiomas, ni experiencia, ni memoria. Basta con abrir la ventana y escuchar el rugido de la bestia”. Hace poco mi chica y yo paseamos por el West Village guiadas, entre otras voces, por la de él, y no pudimos reprimir el impulso de tomarnos unas cervezas en el Blind Tiger a su salud.

Espido Freire - “Querida Jane, querida Charlotte” (Aguilar)

Alguien me decía que no podía ser que sólo hablara aquí de libros que me habían encantado, que también había que dejar constancia de los que no te gustaban nada. Normalmente tengo bastante puntería, no dispongo de mucho tiempo para leer y por eso trato de elegirlos cuidadosamente, a través de referencias o de algún detalle que los haga atractivos para mí. Pero hay veces que te equivocas. No me había leído ninguna obra de Espido Freire, nada a parte de artículos suyos en periódicos y revistas, sin embargo tenía bastante curiosidad por ésta que se anunciaba como un viaje a las tierras de Jane Austen y las hermanas Brontë, un paisaje y unos personajes históricos magnéticos, que vivieron entre el siglo XVIII y XIX.

Desgraciadamente, Querida Jane, querida Charlotte me ha resultado un libro decepcionante por banal y ligero. El mundo de estas escritoras inglesas es muy goloso y aquí, aunque presentado como un viaje emocional por la propia autora, queda retratado muy a vuela pluma. De palabra Espido Freire deja bien claro lo mucho que las adora, lo mucho que las conoce, pero para mí estas afirmaciones se quedan solamente en palabras, como cuando en una película te explican lo que está pasando o cómo es un personaje y desisten de mostrártelo con acciones, gestos, omisiones.

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El principio resulta prometedor cuando plantea su curiosidad hacia Austen y compañía: “A lo largo de los años, los expertos han analizado los aspectos más oscuros o desconocidos de sus vidas y de sus obras, han elaborado teorías para explicar lo inexplicable, es decir, cómo cuatro mujeres solteras y pobres, autodidactas, con mala salud, aisladas en el campo en un siglo que no potenciaba precisamente sus facultades, que murieron antes de llegar a la cuarentena se las arreglaron para escribir una docena de la mejores novelas en lengua inglesa”. Pero incluso ya a partir de ahí no podía obviar las referencias al propio proceso de escritura del libro, al viaje que Freire emprendió, a los inconvenientes con que se encontró, y la sensación que me dejaba página a página fue que todo se hacía sobre la marcha, sin demasiado rigor. Seguramente no fue así pero hablar con ironía de la cotidianidad, de los pequeños detalles y conseguir transportar con ello al lector es un arte que no todos los escritores poseen: “Junto al hotel que me hospedo en Leeds, un reloj muestra una inscripción poco alentadora: ‘Tempus fugit’. Decido tomarlo como un buen presagio: al fin y al cabo El tiempo huye es el título de mi primer libro de relatos. Bajo el reloj veo una tienda de vestidos de novia que propone que las jovencitas casaderas opten por un modelos de clara inspiración rococó, rojo, con un exceso de rosas y tul glacé. Discreto. La peluquería más sofisticada que he visto en mi vida ofrece sus servicios en la acera de enfrente. Se llama Fibre, y sólo acercarse a ella ya intimida”.

La primera parte está dedicada a Jane Austen y repasa, a través de varios capítulos, los diferentes lugares en que vivió y ambientó sus novelas la genial escritora inglesa: Bath, Southampton, Kent, Chawton, Steventon, Londres, Winchester. La segunda se centra en Charlotte, Emily, Anne, y la estructura a partir de la visita a cada una de las estancias de la casa donde ellas vivieron y donde se encuentra la Fundación Brontë. De sur a norte de Inglaterra, y de postre, una extensa bibliografía cuyo bagaje es una pena que no haya sabido transmitir Espido Freire. Un libro de viajes e impresiones tiene la obligación de contagiar y éste, conmigo, no lo ha conseguido.

Los libros de viajes tiene diversos usos: evasión, información, puro disfrute literario... En este caso lo que yo buscaba en Florencia de David Leavitt era impregnarme del espíritu de una ciudad que iba a visitar y respecto a la cual tenía una imagen muy clara gracias a dos películas, Una habitación con vistas y, especialmente, Hannibal (lo siento, no me he leído ninguno de los textos originales...). Creo que la segunda es mucho más sugerente y evocadora del ambiente decadente que despide la ciudad. Tal y como hay una música, un libro, una película, para cada momento, también hay ciudades que se deberían visitar en el punto vital adecuado y eso es lo me pasó a mí con Florencia, ¡oh, la artística Florencia! No me quiero extender, sobra con decir que me quedo con la pasión que me transmite el doctor Lecter a través de su mirada, sus palabras, su Duomo visto desde el Belvedere... A veces los relatos mejoran la realidad. La realidad tiene sus inconvenientes.

Pero a lo que iba. Al principio me costó entrar en materia con el libro de David Leavitt, no me interesaban demasiado sus detalladas historias sobre ingleses excéntricos que se mudaron a Florencia desde el siglo XIX para escapar de la estricta moral victoriana. Al margen de alguna anécdota curiosa, las páginas se me hacían algo farragosas, pero ahora que lo pienso quizá su obra acierte de pleno, porque es como la ciudad que retrata, llena de contradicciones, recovecos y espesura, te gusta y a la vez la detestas. Por eso, cuando el escritor estadounidense se centra, a partir del cuarto capítulo, en lo que es Florencia en sí misma, en su arte, en lo que sucedió durante la II Guerra Mundial y en sus experiencias personales en ella, para mí es cuando empieza lo bueno.

Es cierto que la obra no es muy extensa y que los primeros tres capítulos se le van en asuntos que no me interesan pero el resto acaba compensando. Como cuando cuenta su primera visita de universitario voraz: “Al término de cuatro días, había visto casi todo lo que me había indicado mi profesor de Arte; […] ¿Y cómo me sentía? Irritable, impaciente, incompetente. El síndrome de Stendhal: la sobreabundancia de maravillas de Florencia sacudió mi equilibrio de tal modo que, al final de mi estancia allí, decidí interrumpir mis vacaciones y volar de vuelta a Palo Alto, impulsado por una añoranza de todas las banalidades norteamericanas con las que esperaba recuperarme a mí mismo”. Mucho mejor cuando Leavitt, como digno admirador de E.M. Forster que es, hace lo que mejor sabe, diseccionar lo que conoce de primera mano. Antes de leerlo solo lo conocía por su novela Junto al pianista, que Ventura Pons adaptó al cine como Manjar de amor pero creo que ahora me ha picado la curiosidad.

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