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Lorenzo Silva: "La novela histórica implica invención"


Aupado a la popularidad gracias a sus novelas policíacas, Lorenzo Silva es actualmente uno de los autores más populares de la literatura española. Y lo es no solo por sus obras de intriga, sino también por la versatilidad demostrada en una trayectoria en la que caben muchos otros registros. El blog del inquisidor (Destino, '08), su nueva novela, es otra prueba de ello. Una obra formalmente novedosa, que refleja la misteriosa relación que establecen dos desconocidos a través de internet a través de un hecho sucedido siglos atrás, y en la que también cabe el misterio.

El blog del inquisidor es un título muy sugerente, que mezcla nuevas tecnologías con un personaje del pasado, pero no es precisamente una novela de viajes en el tiempo, ni una novela histórica.
No al menos en el sentido convencional en que nos referimos ahora a ‘novela histórica’ tratando de reconstruir unos hechos históricos convirtiéndolos en un relato más o menos lineal. Aquí hay una referencia a un episodio histórico que es real, un proceso de la inquisición del siglo XVII que juzgó y condenó a unas monjas de un convento de Madrid y a su confesor por una serie de sucesos raros, aunque el caso fue posteriormente reabierto y las monjas absueltas. Esa historia es el punto de partida, pero en lugar de contarla directamente, lo que hago es mostrar a dos personajes contemporáneos que se interesan por ella, que coinciden en internet porque uno de ellos la escribe en un blog. Dos personajes que a su vez empezarán a tratar de averiguar más el uno del otro.

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Como dice, la obra tiene esa intriga de averiguar la identidad del otro y el elemento histórico, pero también parece un cuento sobre la comunicación en nuestros tiempos.
Sí, la historia del siglo XVII se pone al servicio de la sensibilidad contemporánea, aunque en muchos aspectos es la misma, porque hay cosas que son permanentes. Y al final es cierto que nos acaban interesando más los personajes que investigan, en qué medida encuentran en esa vieja historia de las monjas un eco o una metáfora de sus propias vidas, e incluso su propia redención.

A nivel narrativo, la obra le habrá supuesto un ejercicio de estilo, al emplear los formatos de los blogs y los chats. Qué le vino primero a la hora de escribirla, ¿el fondo o la forma?
La verdad es que soy incapaz de disociar esas dos cosas. Creo que el fondo empieza a construirse con la forma, y la forma la defines a partir de lo que quieres contar. Hay una interrelación muy clara. En este caso lo que pretendía era recoger esa nueva forma de comunicación humana y me pareció que el mejor modo de hacerlo era procesar literariamente esos esquemas que ha creado internet. Esta es una novela epistolar, pero en lugar de utilizar la vieja carta postal que sustentaba la novela del XIX utiliza las herramientas que brinda internet.

Respecto al contenido, llama la atención que haya recuperado un caso real tan extraño. ¿Cómo lo conoció?
Fue hace muchísimos años a través de un libro de Julio Caro Baroja, llamado ‘Las formas complejas de la vida religiosa’, y que habla de las herejías españolas de los siglos XVI y XVII. En ella comentaba el caso de Teresa Valle en un pequeño pie de página, aunque en él ponía lo que me interesaba como novelista: que en la Biblioteca Nacional se conservaba su pliego de descargas, lo que quería decir que podría consultar directamente la voz de la protagonista. La voz de una mujer defendiéndose sola de la inquisición era un material excepcional sobre el que había que hacer algo. Aunque tardé mucho en encontrar la forma de hacerlo sin acudir al formato lineal de la novela histórica que me habría obligado a inventarme muchas cosas que no eran verdad y a decidir sobre cuestiones concretas en un sentido en el que no tengo elementos suficientes para decidir. Yo he leído tanto la acusación del fiscal hablando horrores del convento, como la defensa de la monja. ¿Quién dice la verdad? Yo no lo sé.

Comparte entonces la opinión de su personaje en el libro sobre la novela histórica.
Lo cierto es que yo he disfrutado con la novela histórica, y no soy yo un escritor que desprestigie a quien elige unas opciones distintas a las suyas. Lo único que digo es que no es mi opción, no que valga menos o sea peor. Eso sí, hay que observar que la novela histórica implica invención, y en muchas ocasiones, sus escritores no permiten al lector deslindar concretamente lo que es ficticio de lo que está documentado, que tampoco digo que sea verdad porque el hecho de que algo esté documentado no implica su veracidad.

Al género que más veneración dedica, por el volumen que dedica en su bibliografía, es al negro.
Sí, aunque no ocupe ni la mitad de mi producción, sí es lo que más ha llamado la atención (risas).

¿Está preparando ya alguna obra en esa línea?
Sí, de hecho, desde hace unos años, al margen de mi trabajo en otros campos voy alternando más o menos una novela de género con otra llamémosla libre. Esta era la libre y, efectivamente, he empezado ya con la policíaca, recuperando a mis personajes más conocidos.

Imagino que una novela como El blog del inquisidor le exigirá más que recuperar a su pareja de la Guardia Civil.
Se dan, desde luego, problemas que en las otras novelas tengo resueltos. En aquellas los personajes ya están construidos, tienen su personalidad, su biografía; mientras que aquí los tengo que hacer, es un ejercicio nuevo. Pero también aquellas novelas tienen su dificultad. El hecho de partir con unas premisas a las que te debes sujetar, con las que debes ser coherente, limita mucho. Supone un reto como creador: el de tratar de innovar en algún sentido.

Aunque esta novela no sea de género, no podría dejar de preguntarle por el buen momento que parece pasar ahora la novela negra. ¿Es realmente un momento tan bueno?
En España sin duda, yo diría que el mejor de la historia. De hecho en España apuntó un poco en los ochenta pero luego se hundió en los noventa en una sima de desprecio. Pero ahora es un fenómeno floreciente, con lectores, con multitud de actividades en torno a él. Pero creo que también se debe a que los escritores de género negro en España han aprendido a contar historias que reflejan la realidad muchas veces de un modo que otro tipo de escritores no consiguen.

¿A nivel de crítica se ha logrado también superar el prejuicio?
Yo creo que sí. Se ha superado eso de que novela negra es igual a novela popular, novela popular igual a novela barata, y novela barata igual a novela de menor entidad. Creo que eso ya quedó mucho más atrás. Es un género que forma ya parte del canon occidental y de las grandes creaciones culturales de occidente en el siglo XX.

Se acaba la entrevista y no le he preguntado por su blog, que tiene, por cierto, un poco abandonado.
No (risas). Es que paradójicamente, aunque el blog me parezca una herramienta de comunicación muy interesante, no es para mí. Necesito tanto tiempo para mis novelas, tanto para escribir el resto de cosas que hago, que no encuentro espacio en el día para escribir un blog como es debido. Puede parecer una paradoja, pero yo no soy bloguero.

AUTOR POLIFACÉTICO
Aunque seguramente la mayor parte del público lo conozca por sus novelas, Lorenzo Silva escribe textos también para otros medios. Uno de sus últimos trabajos fue el guión, junto a Antonio Onetti, de 20 N. Los últimos días de Franco la ‘TV movie’ que recientemente estrenó Antena 3. Esta relación con la pequeña pantalla llevó a muchos de sus seguidores a pensar que el autor de Carabanchel también estuvo detrás de la serie Patricia Marcos: desaparecida, protagonizada por una pareja de la Guardia Civil muy similar a la de sus novelas negras, aunque él lo desmiente: «El guionista de la serie me llamó para jurarme que todo eran coincidencias. Qué puedo decir yo. Al menos tuvo el detalle de llamarme (risas)».

REFERENTE 'CRIMINAL'
La popularidad obtenida por sus personajes Bevilacqua y Chamorro a raíz de la obtención del Premio Nadal del 2000 con
El Alquimista Impaciente y la serie de novelas que llevan protagonizando desde 1998 ha posicionado a Lorenzo Silva entre los referentes españoles de novela negra. Un género seguido por miles de lectores y que cuenta con varios encuentros literarios a lo largo y ancho del país, en los que el autor siempre supone una presencia destacada. Sin ir más lejos, hace pocas semanas se estrenó uno nuevo en Getafe, en el que el autor de Carabachel ejerció de comisario. «Fue una experiencia muy gratificante. Haber introducido a Madrid a la geografía del género negro, y haberlo hecho a través de una ciudad de la periferia como es Getafe, asentándolo en un año como éste, ha sido una satisfacción», nos comentó.

Entrevista publicada originalmente en el suplemento de ocio de Superdeporte el 2 de enero de 2009.

La luz mediterránea, los paisajes valencianos y una serie de acontecimientos en apariencia menores, pero que adquieren otra dimensión mirados a través de los ojos de un joven, son los ingredientes que Manuel Vicent ha conjugado en León de Ojos Verdes. Una última novela del escritor castellonense que nos devuelve al sutil descriptor de un paisaje y una época que ya han pasado, a través de páginas que se despliegan como lienzos, para retratar desde un amanecer junto a las Columbretes, al ambiente de una final de pilota valenciana.

En León de ojos verdes regresa a la novela de tintes biográficos, pero esta vez para contar el que podría ser su nacimiento como escritor.
Bueno, cabe señalar que esto no es una autobiografía o una memoria personal, sino una memoria colectiva de un tiempo y un lugar. Aunque muchas veces lo que se cuenta no haya sucedido en ese mismo instante, para la novela sí se ha concentrado en uno, en un verano de descubrimientos, que en este caso son los del narrador, que vive un cruce de caminos de su vida se produce ese verano.

Seguir Leyendo... Esa mezcla de tiempos, de momentos reales e imaginados, sirve para establecer un juego con el lector.
Sí. Con el paso del tiempo la memoria se convierte en imaginación, y entonces, coger elementos de esa memoria imaginada y sumarles otros reales proporciona a la novela mucha base, generando una sensación de verosimilitud. “Aquello sucedió, luego lo que cuenta esta historia puede ser verdad” pensarán algunos. En la novela, desde luego, los acontecimientos conforman una verdad absoluta, ¿pero sucedieron en aquél momento? Quizás sí, quizás no.

En el libro habla de ese camino iniciático en la literatura de manos de un doctor que le da consejos.
Sí, de un conductor, como siempre pasa. En cualquier viaje de iniciación siempre hay un guía y en este caso es un viejo médico, librepensador, republicano, que abre los ojos y conduce al narrador. Es un esquema bastante clásico. Por otro lado, el hotel es también un espacio muy recurrido, porque por los hoteles pasan muchas vidas. Y en este caso todo se une a través de la mirada de un narrador que recoge escenas de las vidas que pasan por la terraza del hotel.

Es un hotel que, como muchos de los escenarios de sus anteriores novelas ambientadas en tierras valencianas, existe.

Sí, aunque el Benicássim en el que está ahora es irreconocible. El de entonces era un reducto muy burgués, tranquilo; y el hotel, sin ser de lujo, era un referente. Era familiar y servía de residencia a las familias que no podían tener villa y tenían familiares en ellas. Pero al tiempo tenía su encanto por ser un lugar plagado de fantasmas, pues había servido de hospital de sangre durante la Guerra Civil y de refugio para muchas figuras de las que acudieron al Congreso Internacional de Intelectuales celebrado en Valencia en el 37. Y todo ese pasado no se va con una mano de pintura. Queda allí.

Pero habla de un espacio, ese hotel y sus alrededores, de un modo idílico, al igual que en otras ocasiones habló de otros lugares como la Malvarrosa. Consciente o inconscientemente está dejando testimonio de una Comunitat que desaparece.
Usas el término idílico, pero eso es lo que nos parece ahora. En aquellos momentos seguramente no era tan idílico, sino más bien cutre (risas). A pesar de que hablemos de una burguesía bastante acomodada, todo se reducía a una chocolatada, a tomarse un helado, a un paseo en bicicleta o a una excursión al Garbí.

No obstante, con su mirada, llena de luz, parece mágico.
Sí, aunque eso me lo presta el espacio, porque si hablas de esta tierra la presencia de la luz es inevitable. De todos modos juego también con el paisaje sonoro de las canciones. Basta citar una canción conocida para ahorrarse mucha descripción del tiempo. Una canción te puede llevar muy lejos muy rápidamente, además de devolverte las emociones que tengas ligadas a ella.

Al final, con todos elementos plantea enormes lienzos, como el que ofrece de la partida de pilota.
Es que aún recuerdo aquella partida. Entonces el que estaba en el candelero era Juliet y el que empezaba a despuntar era Rovellet, de Pelayo, además del Xato de Museros, que jugaba de mitger, y muchos otros. A Rovellet le vi jugar mucho.

Pero lo sorprendente del relato es la sencillez con que lo cuenta.
Es que este es un libro narrativo, que avanza como cuando uno cuenta una anécdota en la sobremesa.

Conseguir esa sensación no debe ser fácil.
No es difícil tampoco, es un proceso. Cuando uno empieza a escribir es barroco, lo quiere poner todo; pero a medida que una va creciendo en esto y ganando experiencia, va depurando.

Otro de los momentos significativos del libro es el relato de La mujer de la bicicleta roja, que cuenta un pasaje de nuestra historia reciente que los libros de historia no recogen. ¿Por qué sigue esta historia solo en manos de los escritores?
Porque hemos estado cuarenta años sufriendo, en el mejor de los casos, silencio; en el peor, la tergiversación de la historia. La cara oculta de la luna aún no la hemos visto y ahora, tarde y mal, es cuando empezamos a verla. En el año 76 es cuando debería haber habido una amnistía y un acuerdo de paz y perdón que permitiera a todos desenterrar a sus muertos para poder enterrarlos dignamente para que hubiera habido una reconciliación de verdad. Pero nunca se hizo y aún queda por recorrer mucho camino.

¿Y eso es lo que le impulsa a escribir historias como ésta?
No, esta es una historia que yo conocí y que pongo en boca del narrador. Además es una historia metafórica de lo que ha pasado en este país, con la víctima aún teniendo que darse por satisfecha sirviendo para su verdugo por una mínima compensación.

Pese a este fragmento, el tono general del libro, quizás por estar escrito a través de la mirada del joven, es positivo.
Sí. Para mí un escritor es estar de vuelta de todo, conocer el alma humana, no sorprenderse de nada… pero a la vez no perder la virginidad de la mirada y tratar de contarlo todo como si sucediera la primera vez.

Imagino que la promoción no le habrá detenido y que estará ya preparando nuevo material.
Lo cierto es que estoy ya trabajando en una serie de retratos de escritores que me han marcado de toda la historia. Y en adelante quiero seguir escribiendo. Es más, tengo en mente la idea de hacer un libro que conste de diez cuentos que parezcan independientes pero que en el fondo conformen una historia. Quiero que esté todo engarzado porque, en el fondo, leer es como una falla. Me gustaría que uno pudiera leerlos empezando por cualquiera de ellos, independientemente, pero que al final sumando cada uno se configurara un todo.

Le quedan entonces cosas y territorios por explorar.
Sí, pero haciéndolo todo muy fácil. No quiero meterme en complicadas estructuras, sino contar cosas como las contaría en una sobremesa, y que sean interesantes, divertidas, imaginativas, sorprendentes.

Entrevista publicada originalmente en el suplemento de ocio de Superdeporte el 8 de diciembre de 2008.

Paco Roca: "Creo a partir de mi miedo"

Esta misma semana se hizo pública la decisión del jurado encargado de dilucidar el Premio Nacional del Cómic, que en esta su segunda edición fue >a manos de Paco Roca, por su obra Arrugas. Con motivo de este galardón que se suma a una larga lista de premios nacionales e internacionales, recupero esta entrevista que mantuve con el autor a los pocos meses de salida de la obra, y que apareció en su día en el suplemento de ocio del diario Superdeporte.


Que Valencia es tierra de dibujantes no dejaría de ser un tópico más si no fuera porque, a pesar de la inexistencia desde hace muchos años de una industria autóctona del cómic y el escaso apoyo institucional al noveno arte, efectivamente, un puñado de locos sigue luchando desde aquí por ganarse la vida entre los márgenes de las viñetas. Uno de los últimos en haber logrado el reconocimiento en su tierra, pese a contar con él desde hace tiempo más allá de nuestras fronteras, es Paco Roca. Guionista y dibujante de sus propias obras, Roca ha logrado ahora este reconocimiento masivo a raíz de la publicación de su última obra, Arrugas, que pone de nuevo de manifiesto que el cómic es un excelente vehículo para contar historias que verdaderamente importan.

La excusa que propicia esta entrevista es la reciente publicación de Arrugas, su último trabajo que salió a la venta antes de Navidades y parece que está yendo muy bien…
Sí, en Francia van por la segunda edición, y las tiradas allí son grandes, de diez o quince mil ejemplares; mientras que en España, donde se editó un poco después y el mercado es más reducido, vamos por la mitad de la primera tirada. De modo que sí, muy bien. Además en Francia fue seleccionada entre los veinte mejores álbumes del año y aquí en España fue elegido cómic del año por dos publicaciones tan dispares como el diario 20 Minutos y por Mondo Sonoro.

Por lo que sabemos, al profano al mundo de la novela gráfica, que identifique cómic con superhéroes o humor infantil, Arrugas le supondrá una sorpresa, porque su historia va por unos derroteros más realistas.
Sí, seguramente sí, pero como dices, de un tiempo a esta parte se ha popularizado el género de la novela gráfica, en el que tienen cabida temáticas al margen de los géneros entendidos en el sentido clásico. Es una corriente que lleva como unos diez años y en el que hay grandes exponentes como Maus, que obtuvo el Premio Pulitzer siendo el primer cómic que lo obtuvo, y que toca temas de corte social, político, o sencillamente, más orientado al público adulto, con un formato de libro y con muchas más páginas.

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Es el caso de Arrugas, que cuenta la historia de una persona mayor que comienza a padecer Alzheimer y es ingresada en una residencia. ¿Cómo le da por tratar este tema?
Se juntan un montón de cosas. Lo que a mí me motiva a crear no es lo que más me gusta o me divierte, sino las cosas que llevo dentro y hacia las que muestro un cierto temor, creo a partir de mi miedo. Uno de mis miedos sería la vejez, que tengo presente en mis padres, cada vez más mayores, y que a pesar de haber sido siempre gente activa, ves que ya no pueden hacer lo que hacían antes. Todo eso te va afectando y haciendo sensible al problema. A eso se juntó que el padre de mi amigo MacDiego, que era una persona a la que siempre recuerdo leyendo en su biblioteca o compartiendo su enorme sabiduría, y que para mí era un referente de lo que quería ser una vez llegara a su edad, también se vio afectado por el Alzheimer. Y fue un trauma ver como esa persona a la que respetabas empezaba a caer en esa decadencia tan horrible que es la enfermedad. Todo ese cúmulo de cosas me imprimió la necesidad de contarlas.

No obstante, aunque la melancolía se impone, habrá momentos de alivio en el libro.
Sí, tampoco quería que fuera un cómic demasiado triste. Intentaba buscar un poco el optimismo, aunque realmente era muy difícil. La historia es triste, sí, pero quería que tuviera un punto especial. Recuerdo que cuando tenía la idea ya medio pensada, sobre un anciano que entraba en una residencia, tenía en la cabeza bastantes tópicos sobre la vejez y pensaba en una historia un tanto desmadrada. Pero después de ir a residencias de ancianos, para recopilar información, esa comedia se fue convirtiendo en este libro en el que todavía tiene algo de cabida el humor, pero se aprecia que va ganando el tono melancólico.

Lo cierto es que, gracias a este trabajo, está recibiendo una gran atención mediática. ¿Cómo lo lleva?
Por un lado está muy bien, porque sirve por ejemplo para hablar del cómic como un arte para adultos. Además, como ha habido últimamente un auge en los medios del tema del Alzheimer, con el caso de Maragall o las películas que están haciendo sobre el tema, es un momento perfecto para poder darlo a conocer. De modo que sí, que por un lado me reconforta, pero por otro me asusta al pensar que todo ha sido un poco casual, que he contado simplemente la historia que en ese momento me apetecía, sin pensar en la repercusión que iba a tener. Y eso sí, me asusta de cara a mis próximos proyectos, porque el que ahora estoy haciendo no tiene nada que ver con todo eso.

Pues nosotros aprovecharemos para hablar no sólo de este libro, sino de toda su trayectoria, porque cabe señalar que, entre la presentación de Arrugas en el Reina Sofía, y sus primeros trabajos remunerados hay una diferencia notable.
Sí (risas), pero en cierto modo esa distancia es el camino que ha recorrido el mundo del cómic en España en estos años. Cuando empecé a principios de los noventa, apenas había ya revistas. Había pasado el boom de los ochenta y el tebeo había caído. Era una cosa para minorías, ‘freakies’ y demás.

Y lógicamente, dijo “ésta es la mía”.
Sí, aquí voy a meterme (risas). La verdad es que no sabía por dónde empezar y tenía un amiguete que dibujaba para una revista que se llamaba Kiss Comix, que era de tema porno. Entonces vivía con mis padres, tenía veintipocos años, preparé una historia erótica sobre Aladino y me fui a Barcelona a llevársela al director, que era el mismo que el de Víbora. Era un señor mayor, serio, con acento catalán y muy parco en palabras. Cogió mis páginas, las miró detenidamente y, tras dejarlas sobre la mesa, me dijo: “Bien, pero quiero más venas y más humedad” (risas). Cuando regresé a casa, con la frase retumbándome en la cabeza, no les dije a mis padres las correcciones, más bien les dije poco de todo el trabajo, las hice y empecé a trabajar en Kiss Comix. Y fue un buen inicio, divertido, y como es una época en la que vas ‘calent’ todo el día, documentarte no es un problema.

De todos modos, hay que señalar que hay un contraste notable entre lo que hizo por encargo para Kiss Comix y sus intereses, que comenzó a plasmar en sus primeras obras, situadas en contextos históricos claramente identificables.
Bueno, tanto en mis primeros trabajos para Víbora como en Gog, mi primer álbum, los guiones los hice con Juan Miguel Aguilera, un escritor de ciencia ficción y novela histórica, y ese inicio también se me quedó en parte; me sigue gustando la ciencia ficción y la fantasía. Pero lo primero que hice en solitario, El Juego Lúgubre, sí supuso un cambio de registro, aunque mantuve de mi experiencia con Juan Miguel el gusto por el detalle. Si algo ha de quedar creíble ha de estar muy bien documentado. Así me documenté mucho sobre Dalí, sobre el que gira el cómic, y viajé a Cadaqués para documentarme in situ. Y es algo que sigo haciendo.

Lo que deja claro es que lo de hacer historietas es un trabajo arduo. ¿Es lo que imaginaba cuando ansiaba ser dibujante?
En cierta forma no, las cosas no son como parecen y cualquier afición puede convertirse en un trabajo. Cuando empiezas sí sientes una ilusión especial. Ver publicadas las cuatro páginas de Kiss Comix, aunque fuera una revista -con perdón- de pajilleros, cuando aparecieron, supuso uno de los momentos más bonitos de mi vida. Pero todo eso empieza a cambiar. A medida que te profesionalizas has de cumplir unos plazos, tienes una responsabilidad basada en tus anteriores trabajos y tus lectores. Cada vez estás sujeto a más presión. Sigues disfrutando, pero cada vez es más un trabajo.

¿Y es posible ganarse la vida con ello?
Sí, pero es difícil hacerlo publicando un solo libro al año, a menos que sea uno de los grandes. Pero a mí me gusta hacer las cosas que me apetecen y dedicarle el tiempo preciso a cada cómic. Y además, la gente que conozco que sólo se dedica a esto, no es que se vuelva freaky, pero sí que pasa mucho tiempo sola, porque el trabajo lo requiere. Y como la ilustración publicitaria te proporciona cada día un trabajo nuevo, a mí me gusta compaginar ambas cosas.

De todos modos estará trabajando ya en nuevo material. ¿Qué podemos esperar próximamente?
Estoy preparando un nuevo álbum para la editorial francesa que me publicó ‘Arrugas’. Éste tiene que ver con el destino, y en principio narrará la historia de un chico que entra en un barrio, se pierde en él, y se va topando con otros que, como él, no pueden salir. Después tengo pensado recopilar unas historias que en su día publiqué bajo el título Como Cagallón Por Acequia (frase coloquial valenciana –“com cagalló per sequia”- empleada para referirse al que va sin rumbo fijo, n.a.), inspiradas en mi vida real, que ensamblaré, añadiendo nuevo material y actualizando el que ya tengo, para formar un nuevo álbum que también se editará en España y Francia.

A ver si le hacemos entonces tanto caso como ahora.
Será diferente, porque ya no será un tema social, pero como siempre trataré de crear algo que llegue a todos los públicos y no sólo a los lectores de cómic.

AUTOR CON CATÁLOGO
Aunque el éxito, en forma de reconocimientos de crítica y público, le esté sonriendo ahora de un modo especial con la publicación de Arrugas, Paco Roca ya había publicado con anterioridad varios álbumes que fueron ampliando su buena reputación tan en España como en el extranjero. Gog, inscrito en la ciencia ficción y realizado junto al escritor Juan Miguel Aguilera, fue el que abrió fuego, antes de que Roca emprendiera el camino en solitario. El Juego Lúgubre estableciendo un paralelismo entre la presencia de Dalí en Cadaqués y la historia de Drácula, fue el siguiente. Tras él llegaría Hijos de La Alhambra, que primero se editaría en Francia, un libro de aventuras que ha de ser el primero de una serie protagonizada por el mismo personaje y que Roca considera que el público “aún debe descubrir”. Finalmente llegaría El Faro, una historia íntima ambientada en la Guerra Civil española que fue todo un éxito en Francia.



Tras irrumpir en el mercado literario nacional con dos novelas ambientadas en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el sevillano Andrés Pérez Domínguez acaba de ver publicada la obra con la que se erigió vencedor de la edición 2007 del Premio Luis Berenguer de novela. El Síndrome de Mowgli (Algaida '08) es su título y encuentra su acción en la España actual, en la que un ex boxeador metido a matón, verá como su vida da un giro con la reaparición de un viejo amor, que le llevará tomar una serie de decisiones que pueden acabar con su vida. Una novela de ambiente negro, pero con la pasión y la redención como principales motores de su historia.
(Fotos: Susana Alfonso)

El Síndrome de Mowgli me ha parecido, por su estructura, una especie de juego en el que proporciona al principio las mínimas pistas para que el lector, junto al protagonista, no conozca la imagen completa hasta el final.
Sí. Al principio del libro, en el prólogo, pretendo establecer las reglas del juego, que el primer capítulo sea una especie de obertura anunciando lo que va a pasar. De hecho, presento el final. Y a partir de ahí sí voy proporcionando el resto de piezas del puzzle, aunque también me gusta dejar espacios en blanco, porque, haciendo un símil con la pintura, dejar espacios en blanco es también un modo de pintar. A veces no contar es la mejor manera de contar algo.

Un libro es todo, y éste, desde la portada, tiene pinta de novela negra. No obstante, a mí me ha dado la impresión de que no lo es, sino que cuenta una historia ambientada en un clima que sí podríamos calificar de “negro”.
Yo la verdad es que no creo mucho en la clasificación por géneros. Es algo que obedece al mercado, que tiene que catalogar de alguna manera todo. Antes de que esta novela se publicara, ya salieron dos mías, La Clave Pinner y El factor Einstein, que están protagonizadas por espías y ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, pero para mí no eran novelas de espías. Para mí lo importante son los sentimientos de los personajes. ¿Esta novela se puede calificar como novela negra? Por mí no hay problema en cuanto que el protagonista es un ex boxeador, hay mujeres fatales, persecuciones, el submundo del hampa… Pero es sobre todo una novela de sentimientos. Y al igual que las anteriores, tiene unas características que son comunes con ellas: la redención, la traición…

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Debe ser un reto crear esa ambientación.
Yo me documento mucho para las novelas. En ellas sólo se ve la punta del iceberg, pero todo lo que hay debajo es muy importante. En ésta, como el protagonista es ex boxeador, he tenido que documentarme mucho, ver muchos combates, leer muchas biografías, conocer las reglas del boxeo, para saber cómo puede pensar un personaje. Porque lo bueno es que las metáforas en las novelas tengan que ver con el tema que estás tratando. Y como el que narra es el boxeador esto era muy importante. Pero es algo que he hecho también en mis otras obras, porque me gusta mucho documentarme y enterarme de las cosas, pero también porque creo que es algo que después el lector agradece.

La historia la narra el protagonista, que tiene ínfulas de escritor. Eso no es casual.
No, eso justifica que sea capaz de narra la historia en forma de novela. Ésta está escrita con un lenguaje sencillo, lo cuál tampoco es fácil porque requiere un proceso de depuración, pero sí que necesitaba que el personaje tuviera cierto interés literario para que resultara creíble que se expresara bien. Por otro lado, para que el personaje pueda resultar atractivo al lector, además de ser un matón, es un tipo de buen corazón y tiene ese gusto por la cultura.

Como comentó antes, El Síndrome de Mowgli es su segunda novela, pero salió publicada antes la tercera. ¿A qué se debe ese retraso?
El motivo de esto es que Roca Editorial, el sello que publicó La Clave Pinner, quería que la segunda tuviera un estilo similar a ésa, pero yo no quería que fuera así. De modo que escribí ésta, la dejé aparcada, y posteriormente me puse de nuevo a escribir una trama con un trasfondo de espionaje que acabó siendo El Factor Einstein. Y cuando finalmente El Síndrome de Mowgli ganó el premio Luis Berenguer el año pasado, ya tenía en marcha la edición de El Factor Einstein por lo que ésta acabó saliendo la última.

Pero con un premio literario. ¿Ha notado que esto haya insuflado una vida comercial distinta a esta novela?
Los premios no son más que reuniones de gente que deciden que tu novela les gusta más que el resto. La novela no es mejor ni peor por ganar un premio, pero sin duda ganarlo supone una mayor promoción para ella. En el mundo literario es muy difícil llegar a las estanterías de las librerías y de mantenerse ya no te digo nada, por lo que un premio siempre ayuda. Además, éste es uno de los premios literarios más importantes de Andalucía y estoy muy orgulloso de haberlo obtenido.

Viendo su ritmo de trabajo, imaginamos que estará ya trabajando en su próxima obra.
Así es. La verdad es que nunca paro de trabajar. He tenido la suerte de ganar certámenes de narrativa breve y tengo bastante material en este sentido para ir publicando, aunque sea más difícil hacerlo dignamente. Por eso se va acumulando un poco el material, pero espero que algo salga en breve. A mí se me han juntado dos novelas en un año, pero fueron escritas con bastante tiempo entre ellas. Yo personalmente desconfío de quien pueda escribir dos novelas en un solo año. Creo que es imposible si se desea que el libro tenga calidad.

Y más en un país como éste en el que es tan complicado vivir de la escritura.
Es muy difícil. Yo siempre digo que intento vivir de literatura y alrededores (risas). Yo he llegado a los medios de comunicación gracias a los libros que he publicado, los premios que he ganado, etc. Pero vivir de la literatura, vivir bien de ella en este país, sólo lo hace un número escritores que puedo contar con los dedos de una mano. Y me sobran varios (risas). Los demás vamos intentando trampear como podemos. De todos modos no creo que sea conveniente escribir demasiados libros. A mí, cuando me gusta un autor en particular, me gusta esperar ansiosamente su próxima novela.

Y sus seguidores, ¿en qué ámbito verán ambientada su próxima entrega?
Pues tal como se han ido publicando las anteriores, no me atrevería a decirte cuál será la próxima que vea la luz. Estoy escribiendo una novela de la que voy ya por el segundo borrador, que tendrá como marco la posguerra de la Segunda Guerra Mundial y en la que voy a homenajear a los españoles de Mauthausen; pero también tengo por ahí una novela corta que escribí el año pasado y algunos libros de relatos, de modo que no te puedo asegurar qué será lo primero.

De nuevo la guerra. ¿A qué se debe esa fijación?
Quizás a que la guerra y lo que se mueve a su alrededor, al igual que el boxeo, es un terreno muy novelesco, que exacerba las pasiones. Y eso para mí es muy importante, porque mis libros hablan sobre todo de la pasión de los personajes. Ponerlos en situaciones límite me resulta muy importante para el tipo de novelas que quiero hacer, que aunque están ambientadas en conflictos bélicos, no son novelas de tiros o de acción. En este sentido John Le Carré o Graham Greene serían mis principales referentes y es un placer que se les reconozca ya como autores de calidad, independientemente de ser autores de novelas de intriga. Que por cierto, no deja de ser fantástico, porque hace las novelas entretenidas.

Qué lástima que deba pasar el tiempo para que se reconozca la valía de autores que fueron despreciados por el mero hecho de entretener.
Hay muchos prejuicios y, aunque digan que no, en España los sigue habiendo. Uno parece que tiene que disculparse cuando hace una novela entretenida porque parece que no debería ser así. Yo lo que no puedo contar durante trescientas y pico páginas que siente el protagonista cuando se ve la nariz rota en el espejo, porque eso sería insoportable, al menos para mí como lector.

Hay quien lo hace.
Muchos, y sus libros aparecen con muchas estrellitas en las críticas de los suplementos literarios. Eso me parece muy respetable, pero no es lo único. Para mí una novela ha de ser entretenida y, si puede ser, tener un valor añadido. Ha de tener un valor moral, otra serie de cosas que al lector le puedan ayudar, debe dejar un poso después de leerla. Yo siempre lo intento y espero sinceramente haberlo conseguido.

Ray Loriga: "Los escritores somos competitivos y bastante mezquinos"


Después de unos años en los que se le ha podido ver más centrado en su carrera cinematográfica, ya fuera como director o como guionista, el madrileño Ray Loriga regresa a la escena literaria con su primera novela en cuatro años. Ya sólo habla de amor (Alfaguara '08) es su título y, aún manteniendo muchos de los rasgos de la obra de su autor, supone un nuevo paso adelante del autor de Héroes o Tokio ya no nos quiere, que abandona los entornos urbanos y sus personajes para centrarse en la batalla interna que vive un hombre acomodado, que acaba de perder el amor.

Tras unos años en los que ha estado muy ocupado en otras facetas, regresa a la literatura con Ya sólo habla de amor, una obra muy íntima. ¿Cómo surge esta novela?
Concretamente surge a partir de una conversación previa sobre literatura, sobre una conferencia que debería haber realizado en Suiza acerca de la derrota como tema central de la literatura centroeuropea del siglo XX y sobre la figura de Robert Walser. A raíz de aquella conferencia empecé darle vueltas a la idea de derrota, a pensar en qué paisaje era ése. Y para la novela elegí la derrota amorosa, para hacer una reflexión sobre el territorio que rodea a lo que habitualmente definimos con una sola palabra, que es la derrota, aunque es un paisaje tan rico y tan complejo como cualquier otro.

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Y aquella conferencia, idéntica a la que su personaje se plantea no realizar, ¿llegó usted a darla?
Pues no. Me llamó Enrique Vila-Matas, que era el primer encargado de darla, para que le sustituyera, y aunque a los organizadores les encantó la idea, tampoco pude acudir finalmente. A partir de esta peripecia es cómo surgió el personaje de Sebastián.

El tono de la novela es de nuevo melancólico, y su protagonista, como dice, un derrotado, aunque eso es habitual en su obra, plagada de perdedores que afrontan su situación con entereza.
Con heroísmo diría yo (sonríe).

¿Pero cómo es que siempre son así los personajes de sus obras?
No lo sé. Aunque es cierto que mis novelas son muy diferentes entre sí, es cierto que suelen protagonizarlas figuras aisladas enfrentadas a un paisaje móvil. Suelen ser gentes con intereses divergentes a los intereses generales y que construyen su propio mundo; personajes que desde fuera pueden ser vistos como derrotados, pero que en su mundo continúan peleando de una manera épica.

¿Y hay en su mente algún personaje que no entre dentro de este patrón que pelee por salir, o es que no le parecen tan interesantes como estos?
Supongo que son los que más me nacen, que quizá sea lo que menos cambie en mi obra, pese a que cada novela ha cambiado de escenario o las ha habido protagonizadas por varios personajes. Seguramente tengan eso en común. Uno es el escritor que es y al final hay temas a los que siempre vuelve.

Como comenta, los escenarios siempre han cambiado en sus novelas, pero esta vez es la primera que el escenario no es urbano. Imagino que la elección no fue casual.
Sí, la elección de la embajada fue para darle un toque demodé a esta historia de amor a la antigua. La idea de la embajada, los espejos, el baile en el que él no participa, era el escenario propicio para ella.

Ese cambio es, de todos modos, más anecdótico que el narrativo, en el que llama la atención el empleo de la tercera persona para narrar los pensamientos del personaje, hasta el punto de que en ocasiones parece constituir otro.
Sí, es una falsa tercera persona, que está tan cerca de la voz del protagonista que a veces se confunde. Realmente son difíciles de separar. La idea de emplearla me surgió de una manera muy rápida y natural. Necesitaba un paso atrás para observar a este tipo y poderme reír de él o tenerle compasión; el mirarlo desde fuera me permitía poderle pegar mejor luego.

No obstante, con las similitudes que planteaba al principio entre su vida y el personaje, podría ser tomada también como un modo de distanciarse de lo que cuenta.
Sí, hay detalles como la conferencia, que el personaje sea un escritor, que guardan similitud conmigo; pero sin embargo hay muchas cosas de la dinámica de Sebastián que le son propios. Es más, salvo estos detalles, nada de lo demás ha sucedido nunca. Lo que es innegable es que las reflexiones y muchas de las emociones que habita este personaje sí las he conocido. Es un personaje muy cercano a mí, pero tanto como los del resto de mis novelas y aquellos con quienes se encuentran. El yo, como todo escritor sabe, no es más que un artefacto literario.

El libro, pese a no ser muy extenso, me ha parecido especialmente denso en su primera mitad, recargado de reflexiones alrededor de una misma situación.
Sí, como escritor creo que he ido evolucionando hacia otro lugar, no sé si mejor o peor. Antes quizás funcionaba más por flashes, por imágenes rápidas, buscando impactos breves; y ahora trato más desarrollar un tema. Es más circular, la prosa es más enredada y las frases se relacionan unas con otras hasta el punto de que se juntan seis o siete páginas hasta que la idea se posa. Quizás por eso tampoco le di una longitud más exagerada, precisamente porque era muy denso en cuanto a contenido.

¿Le ha influido eso a la hora de escribirlo?
Puede que sí haya escrito más despacio que en otras ocasiones, ya que me ha tocado muchas veces volver a repasar los matices de cada pensamiento, de cada idea, hasta que todo encajaba de un modo matemático dando el resultado que yo esperaba.

Finalmente, el resultado ha visto la luz esta semana. ¿Siente algo especial cuando llega el momento del estreno?
La verdad es que no. Con los años eso se pasa. Eso sí, la que no desaparece es la sensación de pánico a la hora de cerrar el libro, cuando va a imprenta y ya no se puede corregir más. Ahí sí que tengo una sensación de vértigo muy íntima. Cuando llega a la calle ya no sufro.

¿No piensa en cómo lo recibirán sus lectores?
No, no me hago muchas ideas preconcebidas sobre reacciones del público, ya sean mis lectores más habituales o los que me descubran con mi última obra.

Decía que en el personaje de Sebastián sólo había algún detalle suyo. Me pregunto si podría haberlo en ese punto de humor, de los pocos que ha repartido esta vez por la obra…
Sí, esta vez están muy elegidos.

…en el que dice que el protagonista lee las críticas de sus colegas escritores…
Esperando que sean malas (risas). Sí, hay algo de eso. Me río un poco del personaje de escritor porque, bueno, aunque tengo algunos amigos escritores y les deseo buenas críticas, todos los escritores tenemos ese punto mezquino de alegrarnos a medias del éxito de los demás. Somos bastante competitivos y bastante mezquinos. Y por eso me río de ello, para sacármelo fuera.

Estará entonces al corriente de lo que sucede en la escena nacional.
Tengo tres o cuatro amigos escritores con los que suelo cenar y a veces coincidimos con más, sobre todo en foros literarios, por lo que al final nos conocemos casi todos. Sí, estoy un poco al tanto de lo que va saliendo.

Entonces habrá leído que desde hace meses se habla de una nueva hornada de escritores jóvenes, al igual que se habló de una cuando irrumpieron usted, Mañas, etc. ¿Le libra esto de ser tratado ya como un escritor generacional?
Yo me siento muy bien tratado tanto por las editoriales como por la crítica en general, aunque siempre haya algún libro que guste más o menos; pero tanto aquí como en el extranjero me siento en una posición envidiable que no hubiera soñado cuando empecé. En cuanto a los nuevos, sí, es un alivio que salga gente nueva. El otro día precisamente leí un artículo sobre esta generación y lo único que me chocó es que tenían todos mi edad más o menos (risas). Pero sí, he leído algunas de sus obras y una parte me ha gustado mucho.

Siente entonces por su parte que está superado aquél encasillamiento.
Sí, creo que afortunadamente he conseguido vallar mi pequeño jardín, sea el que sea, y que no hay que buscar ya referencias en cosas superfluas.

Una señal del respecto que se tiene a su obra es que se reedite ahora al completo. ¿Cree que sorprenderá a sus nuevos lectores descubrir sus primeras obras o ya estaba entonces el autor que es ahora?
Yo creo que sí. Es una buena sensación que se siga cuidando y respetando por parte de una editorial tu anterior catálogo, porque si es difícil publicar, más lo es que tus libros sigan vivos, vigentes.

¿Y le da algo de pudor?
Sí, hay cierta dosis de pudor, pero hago el ejercicio mental de no juzgar al escritor que era antes porque no soy quién para hacerlo. Si a los lectores les gustaron equis libros lo respeto, al igual que la opinión de la crítica, sea favorable o no. No le doy demasiadas vueltas.

Hablábamos al principio de que el libro llega tras el rodaje de su segunda película, ‘Teresa, Cuerpo de Cristo’, que fue un proyecto muy importante para usted.
Sí, fue un proyecto muy personal, aunque desde fuera pueda parecer que me quede lejano, por el tipo de película, el empaque histórico y demás; pero sí, para mi fue muy personal.

Y desde la distancia, ¿cómo ve el resultado? ¿Quedó satisfecho con su repercusión?
Bueno, el cine es un negocio y hay ciertas cosas que se escapan de tu control, pero la película tuvo una acogida buena tanto de crítica como de público. No obstante, esto del cine son habas contadas. Hay un número de copias, una inversión en promoción, y el éxito se mide en relación con todo eso. Y yo creo que ahí la película funcionó como debía funcionar.

¿Tiene en mente entonces volver a trabajar en nuevos films?
Sí, estoy ahora mismo con un guión ya comprometido con un productor, pero no sé si para dirigirlo yo, aunque posiblemente sí. Ahora está en fase de desarrollo.

Escribir guiones le supondrá un descanso, porque es muy diferente a lo que suele hacer en sus obras.
Tener la suerte de pasar de un estilo a otro sin duda es una suerte, porque es un descanso de ambos oficios. Siempre vuelvo con muchas ganas a la novela después de una película, y después de una o dos novelas sí me gusta sacar de nuevo a la pandilla a la calle para levantarte con el alba a rodar. Hay una parte de aventura física en el cine que como escritor echo de menos.

Será entonces en el cine donde veremos su próximo trabajo.
Estoy con una novela y un guión tratando de pasar a la vez por la puerta. Veremos quién empuja a quién.

El aumento de certámenes alrededor del género negro en nuestro país es un placer para los aficionados, que pueden ver como el número de lanzamientos se multiplica, e incluso, en el caso de los más afortunados, escuchar de voz de sus autores favoritos un análisis, sin ficción de por medio, tanto de su obra como de la realidad en la que se inspira. Yo no fui de los segundos, pero si de los beneficiados por lo primero, pues el certamen Barcelona Negra que tuvo lugar la pasada semana impulsó la publicación en nuestro país de una nueva obra del exitoso escritor británico Mark Billingham. El creador de las novelas protagonizadas por el inspector Tom Thorne, pasó por Valencia para promocionar Bajo Tierra (Algaida, 2008) y no perdí la oportunidad de hacerle unas preguntas, aunque lamentando que la situación se presentara cuando todavía no conozco su obra.

Acaba de asistir a la última edición de Barcelona Negra. ¿Qué tal la experiencia?
Era la primera vez que asistía y ha sido divertido. Es como otros festivales europeos, aunque no como los británicos. Aquí ha habido debates muy serios, público entusiasta y un montón de bebida.
¿Qué lo diferencia de los festivales anglosajones?
Creo que la diferencia fundamental es que allí hay cierto esnobismo, clasismo, entre los aficionados, mientras que aquí se toma desde un punto de vista más serio, valorándolo entre la escritura en general, lo cuál está muy bien.

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El motivo de su visita es la presentación de Bajo Tierra, su última novela publicada en España. Es tu segunda obra editada aquí, pero es la sexta protagonizada por tu personaje Tom Thorne. ¿Cómo lo ve? ¿Puede esto afectar a la comprensión de las historias que cuenta?
La verdad es que no sé porque se están publicando en este orden. Fue una gran sorpresa para mí porque es muy extraño. Mi agente me comentó algo al respecto pero poco se podía hacer. Es algo que suele pasar con muchas editoriales a lo largo del mundo. Ellos compran los derechos de los libros, los traducen y deciden el orden en que los publican. Yo sólo los escribo. De todos modos, aunque hay cierta continuidad, yo escribo los libros pensando que han de funcionar por sí mismos, como si fueran obras independientes, por lo que creo que no supondrá mucho contratiempo que se lean con el orden alterado.
Se lo preguntaba porque hay obras de otros colegas, como las de Ian Rankin, que en caso de no leerlas por orden uno se perdería buena parte del meollo de lo que cuenta.
Sí, estoy de acuerdo contigo, aunque hay mucha gente que lo hace. Yo por ejemplo la primera obra suya que leí no fue la primera, pero me empujó a buscarla y a leerlas todas desde el principio. A mí me gusta hacerlo así, pero hay mucha gente que no lo hace, de modo que mis obras las concibo para que funcionen en cualquier orden.
Sea como fuere, su principal personaje es el mismo, el inspector Tom Thorne y en España es prácticamente un recién llegado. ¿Podría presentárnoslo?
Claro. Yo diría que es un policía muy emocional, pero quizás no un gran policía. No siempre tiene la razón, al contrario, está muchas veces equivocado; no hace siempre lo que se le ordena o lo que se supone que debería hacer; se podría decir que es un poco desastrado, pero se preocupa. No se llama Thorne por casualidad (el termino inglés similar thorn se traduciría como “espina”, n.a.), porque es un personaje a veces molesto para los demás. No se da cuenta de cuando molesta en un sitio y al tiempo tampoco sabe apreciar cuando la gente sí le requiere en serio. En lo anecdótico tiene dos grandes pasiones, la música country de Hank Williams, Johnny Cash, y su equipo de fútbol, el Tottenham FC.
Tengo entendido que usted iba para actor y que empezó haciendo pequeños papeles de delincuentes en series policiales británicas de televisión. ¿Fue esa su primera relación con el género policial?
Quizás, hice tanto policías como ladrones, pero bueno, creo que lo que me aportó fue darme cuenta de que quería hacer algo sobre lo que tuviera algún control, ya que como actor no tenía ninguno. Es un trabajo terrible. De modo que me dirigí hacia la stand up comedy (monologuista de club, n.a.), donde es más fácil controlar tu destino. Pero quizás el hecho que más fuertemente determinó que empezara la serie de novelas protagonizadas por Thorne sucedió un año antes de que empezara a escribir, cuando fui víctima de un ataque en un hotel, en el que fui secuestrado durante unas horas por tres tipos, y que me impulsó a contarlo. No obstante, yo siempre fui un lector de novelas negras.
Eso he oído, que es un gran fan. ¿Cuáles son sus principales referencias?
Oh, de todo, desde las novelas de Sherlock Holmes, Dashiel Hammet, Raymond Chandler... hasta autores modernos, la mayoría de ellos americanos, como George Pelecanos, James Lee Burke, Michael Connelly…
Volviendo a su trabajo, el hecho de haber sido primero popular como comediante, ¿cree que le ha podido marcar de cara a su reconocimiento como autor?
No, no creo. Es más, pienso que me ayuda cuando participo en presentaciones, porque siempre que las hago empleo los primeros veinte minutos haciendo un poco de comedia, una especie de monólogo, y la gente ríe bastante en ese rato, y de pronto doy paso a la lectura del principio del libro que suele ser bastante oscuro, lo que me ayuda a enfatizar esa oscuridad por contraste. Creo que funciona muy bien.
He visto que todavía hace actuaciones de stand up de vez en cuando.
Pero muy ocasionalmente. Trabajé en eso durante veinte años y ahora no tengo realmente tiempo, porque vieajo mucho con la promoción de los libros y tengo también que escribirlos. Pero sí, aún hago alguna actuación ocasional en el Comedy Store, el club más importante de Londres. Todavía me gusta.
Como dice, no debe de tener mucho tiempo, porque desde que publicó la primera aventura de Thorne va a libro por año. ¿Cómo consigue ese ritmo?
Soy bastante disciplinado y, aunque no escribo todos los días, siempre cumplo con los plazos que me impongo y tengo mi rutina diaria muy planificada. Creo que es algo que comparto con los escritores a los que más respeto. Es un trabajo y lo trato como tal. No es algo místico o genético, ya sabes, uno no se sienta esperando la inspiración o las musas, uno se sienta y trabaja. Es un buen trabajo, pero es trabajo de todos modos.
Y al margen del secuestro que sufrió y que inspiró uno de sus libros, ¿cómo es su rutina de trabajo? ¿De dónde saca la materia que le inspira?
De cualquier parte. Sé por ejemplo, que la próxima semana voy a empezar a escribir una nueva novela de Thorne y aún no tengo una idea en mi cabeza. Pero habitualmente suelo empezar a trabajar a partir de una imagen. Por ejemplo Bajo Tierra lo empecé a escribir sólo con la idea de un chico con la cabeza envuelta en una bolsa de plástico y ni yo mismo sabía porque era así. Simplemente era una imagen que a saber de dónde viene, un día puede ser de una columna del periódico, otro, una anécdota que te ha contado alguien. Yo no parto de una historia, sino de una imagen.
Precisamente esta semana hablando con otro autor de novela negra, me comentó que él necesitaba conocer toda la historia antes de ponerse a escribirla y que no podía ponerse en la piel de escritores que improvisaban. Veo que su caso es el diametralmente opuesto.
Sí, bueno, creo que su caso es el minoritario. Yo conozco a un montón de autores que escriben como yo, prácticamente todos. Hacemos lo que se conoce como “conducir por la noche”: intuyes a dónde vas pero sólo conoces lo que tus faros son capaces de iluminar. Esto quizás te lleva en algunos momentos a callejones sin salida, pero finalmente siempre llegas a donde quieres ir.
Ya para finalizar, me gustaría volver a su personaje y su serie, de los que tengo entendido que se va a rodar una serie televisiva en el Reino Unido, lo que viene a confirmar su popularidad. ¿Qué siente al respecto?
Bueno, tengo sentimientos encontrados, pero no siento ninguna carga sobre el resultado final. Si es bueno o malo no tendrá mucho que ver conmigo. Respecto a la popularidad, tampoco creo que sea lo que les ha movido. Creo que simplemente les ha gustado el personaje y también las historias. Pero ahora serán adaptadas para la televisión y yo, que he trabajado en el medio, sé lo malo que es eso. Así que he adoptado la mejor postura que es la de alejarse, de modo que si resulta terrible diré que no tiene nada que ver conmigo, y si es brillante podré decir: “ese es mi libro ¿sabes?”.

Ha vivido el anonimato, el éxito, el olvido, de nuevo el éxito... Las canas pueblan su cabello y las arrugas su rostro. Y esto, viéndolo de lejos, y relacionándolo con la crudeza de algunos pasajes de sus obras, pueden llevarte a pensar que estará de vuelta de todo, que será inaccesible. Pero sólo hay que cruzar dos palabras con él para ver que no es así. La circunspección se torna alegría y su rostro, animado por la conversación y con la suma del brillo que cobran sus ojos al hablar con emoción de su profesión, le hacen parecer más joven de lo que es. Porque Francisco González Ledesma, a pesar de cargar a sus espaldas más de cuatrocientas obras, muchísimas de encargo y otras por pura vocación, todavía mantiene intactas las ganas de escribir. La excusa para la conversación fue su última obra publicada, Una Novela De Barrio, con la que ha recuperado a Méndez, su personaje más celebrado, y regresado a su género favorito, el negro. Pero fue también eso, una excusa para saber más de un autor que decidió escribir para contar la historia y las experiencias de sus vecinos más humildes, vecinos con los que parece sentirse todavía en deuda.

(Fotos: Susana Alfonso)


Méndez vuelve a patear las calles en Una Novela de Barrio y cabe decir que goza de una salud de hierro, porque ya se estaba jubilando cuando protagonizó Crónica Sentimental en Rojo en el 84.

Bueno, él siempre ha estado en la calle, y su salud milagrosa quizá se deba a que en ella siempre ha encontrado motivos para vivir, a pesar de que coma muy mal frecuentando restaurantes que están a punto de cerrar por orden de Sanidad. Pero a pesar de eso goza de buena salud, en parte porque tiene ilusión, en parte porque la ciudad le mantiene vivo. Siempre está a punto de jubilarse, pero siempre lo va aplazando. No le dan casos importantes sino casos miserables, pero es precisamente en ellos donde encuentra la auténtica humanidad de la calle.

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Hablamos de la calle, porque sus novelas, las que protagoniza Méndez, son una especie de crónica de una ciudad, Barcelona, que como la describe está desapareciendo.
Pero que es una Barcelona auténtica. No es la actual, pero es la que ha sido, y yo soy testigo de ello. Es la Barcelona de mi juventud y de mi madurez, de mi vida como periodista y de mi vida como abogado. Pero es una ciudad que está siendo cambiada por dos fenómenos en cierto modo inevitables. El primero sería el capitalismo salvaje, que se traduje en derribar casas viejas para hacer otras nuevas, echar abajo barrios enteros, tirar a gente de sus casas, permitir que barrios enteros se arruinen para especular con ellos… El otro sería la inseguridad de la gente, el carecer de un empleo seguro, las hipotecas que no se pueden pagar… Todo eso hace que Barcelona sea ahora una ciudad más cruel que antes, ya no es tan alegre como era. Por otro lado la fisonomía de los barrios también está cambiando con la inmigración. Ésta ha hecho que barrios enteros, como Poble Sec, en el que yo nací y que era un barrio de republicanos y de anarquistas, ahora sea un barrio de sudamericanos y de marroquíes, que son gente que trae otros recuerdos, otras inquietudes, y cambia completamente el panorama. En este sentido los barrios están desapareciendo, y Méndez los recuerda como han sido, tal como los recuerdo yo. Todo esto recuerda una cierta nostalgia, a pesar de que eran tiempos en los que también era muy cruel vivir, pero había una definición que era muy del país, y que ahora se ha perdido.

Sonríe mientras lo cuenta y me confirma la impresión que ya me daba en sus libros; el romanticismo con que trata la degradación de los barrios, a las viejas clases marginales…
Es romanticismo y al mismo tiempo nostalgia, porque son los barrios de mi niñez, los barrios en los que yo descubrí el mundo, y, sobre todo el Poble Sec, el lugar donde yo viví la guerra y una serie de cosas que mejor sería no recordar, pero que te marcan el carácter. Donde vistes gente que lloraba por una bandera, dispuesta a que le mataran por un ideal, gente que trabajaba y tenía su orgullo en el trabajo… la clase obrera en toda su nobleza y su grandeza. Después vería la posguerra, la gente que desaparecía porque la fusilaban, las mujeres que se tenían que prostituir porque les habían matado al marido… Toda la amargura de los barrios se me metió muy adentro y eso lo recuerdas porque te ha formado la vida. No es que lo recuerdes con nostalgia, que es una palabra muy ambivalente. Yo recuerdo aquello, no porque desee que vuelva, porque aquello no era vivir, sino porque me marcó. Formó parte de mi vida y de mi pasado, y seguramente son cosas que pocos las hayan vivido como yo. Y por eso para mí son como un pequeño tesoro sentimental. En ese sentido sí que existe cierta nostalgia, pero no porque el barrio sea mejor o peor.

Es por esto que me cuenta por lo que en sus libros aparecen tantas prostitutas de buen corazón…
Sí, yo como periodista y como abogado he conocido gente de toda clase. He defendido a muchos delincuentes, a muchas prostitutas a las que aplicaban la ley de peligrosidad social que rigió durante el franquismo. Y te diría que la mayoría de ellas eran gente de buen corazón, gente que merecía una defensa y una consideración. Siempre ha habido en mis novelas esa mujer que se veía forzada a practicar el sexo, que vivía como no hubiese querido vivir… pero siempre tenía una justificación, siempre había tras de ellas un rincón sentimental. Y eso es verdad, yo lo he conocido, y ese corazón dolorido de la ciudad me sale sin que yo lo busque.

Ha nombrado su pasado como periodista. ¿Coincidió en esa etapa con algún Amores? Un personaje como ése no puede existir.
Sí, sí que existió, aunque no exactamente igual. Méndez ya he comentado alguna vez que es una mezcla de cuatro policías que conocí, y Amores también existió. Era un tío al que todo le salía mal. Su padre tenía una fábrica de tinta y él provocó sin desearlo un accidente que acabó con la vida de su padre, que se ahogó en ella. Luego trabajó de distribuidor en un colmado en los tiempos del racionamiento y por su culpa también acabaron cerrándolo. Ese hombre era la mala suerte personificada e inspiró el personaje.

Incidiendo en el periodismo, fuera de Cataluña, es una faceta suya no muy conocida. ¿Cómo llega a ejercer la profesión?
Llego por auténtica vocación. Cuando yo era muy niño vivía conmigo realquilado un periodista muy pobre de La Vanguardia, que era tío mío carnal, y que despertó en mí una vocación periodística tremenda. Me despertaba a las tres de la mañana y me llevaba a ver las rotativas de La Vanguardia. Y aquellas máquinas monstruosas, aquel mundo, me parecía de película americana. Aquel mundo de la noche, aquello de que los periodistas lo supieran todo antes que nadie, todas esas cosas me fascinaban y siempre quise ser periodista. Lo que pasa es que en aquella época, con Franco, un periodista era un funcionario del “régimen”, había que jurar principios de fidelidad al “movimiento”, y yo no quería. Entonces, cuando surgió la “ley Fraga” en 1966, dulcificando un poco la profesión, estudié periodismo como alumno libre, me iba a examinar a Madrid, y me fue muy bien. Saqué el numero uno de mi promoción en toda España y encontré trabajo enseguida. Primero fui redactor jefe del Correo Catalán, que era un periódico muy liberal, muy abierto, y luego de La Vanguardia, que era entonces el primer periódico de España. Allí fui muy feliz, he trabajado como un hijo de puta, pero he sido muy feliz.

Redactor jefe, de buenas a primeras.
Fui redactor jefe de nacional primero, después de todo el periódico, coordinando todas las secciones, y finalmente, editorialista. Lo que pasa es que, como no firmabas, no te conocía nadie, y finalmente pedí que me dejaran hacer calle, por lo que mis últimos años puede estar a pie de calle. Y fui muy feliz, porque en el oficio de periodista lo bonito es conocer a mucha gente, vivir muchas situaciones que no te esperas…

Veo que es usted un romántico en todos los sentidos.
Soy muy sentimental, sí, y en el periodismo también lo he sido. He sido muy feliz y siendo periodista de noche, como yo había soñado.

¿Hace cuánto que lo dejó?
Al final me jubilé. Lo alargué un año pero al final tuve que dejarlo. Me decían “al final te vas a morir en la mesa”, y es verdad (risas), acabaría haciéndolo. Pero sigo teniendo un programa de televisión, un programa de radio, una columna en El País, de modo que sigo ejerciendo de periodista, que es lo mío y lo que amo.

Y en el plano literario vive una segunda juventud…
Vamos a llamarlo así (risas)…

Se lo comento porque en mi caso particular recuerdo haber tratado de encontrar, hará una década y a raíz de haber quedado prendido por Crónica Sentimental En Rojo, alguna de sus obras y haber sido incapaz de conseguir ninguna. Ahora, en cambio, es difícil no darse con alguna al ver las estanterías de novedades en las librerías.
Es algo que no depende de uno. Yo antes trabajaba lo mismo que ahora. Lo que sucede es que una novela de un éxito notable, marca también a los editores y de repente quieren publicártelo todo. Cuando eres un autor digámosle normal, cuando se agota una edición el editor piensa: “¿Cuántos libros más voy a vender? ¿Dos mil? Entonces ya no me interesa”. Así que medida que se agotan las ediciones de cada libro la gente ya no los encuentra. Pero cuando una novela como La Ciudad Sin Tiempo tiene un éxito considerable, se hacen tantas ediciones que el editor se preocupa de que esté siempre en las librerías. Y cuando ésta ha salido, como Méndez ya es un personaje consagrado, el editor ya tiene más interés. Depende de la actitud comercial del editor.

Pero poco antes de que saliera La Ciudad Sin Tiempo, de repente los libros de Méndez regresaron a las librerías. ¿Alguien puso interés en ese retorno?
En realidad nadie puso interés excepto yo. Yo he estado escribiendo constantemente sobre Méndez, dando noticias sobre él y hablando constantemente con los editores, y eso hizo que el personaje cobrara nueva vida. Si yo no hubiera trabajado mucho posiblemente no hubiera vuelto, pero cada dos años intenté publicar una nueva obra con el personaje. Y cada vez han ido teniendo más éxito. Sí es verdad que al principio el Planeta lo consagró, pero La Dama De Cachemira también es muy buena, aunque es verdad que después de sacar tres ediciones por libro desaparecían. También hubo otros como Historia de Dios En Una Esquina, que tuvo menos éxito y sólo tuvo una edición, pero para mí es una novela muy buena. Después he ido trabajando continuamente y al tener más nombre los editores me han hecho más caso. Ahora tengo tres novelas en el mercado. Nunca me había pasado.

Una de ellas es La Ciudad Sin Tiempo, que ha supuesto un hito en España por la estrategia de marketing con que se lanzó. Pero ¿cómo surge su implicación en ella?
Es una novela que yo ya había imaginado hace más de diez años. La idea original viene cuando yo estaba haciendo una novela de aventuras en la que salía un vampiro. Entonces pensé en lo interesante que sería que un vampiro, que por definición nunca muere, viviera siempre en la misma ciudad, por lo que conocería toda su historia, todos sus personajes y todos sus secretos. Así es como decidí situar al vampiro en Barcelona, empezando en un prostíbulo de la Edad Media en que las prostitutas eran esclavas, y a partir de ahí contar toda la historia de la ciudad, que es una historia auténtica. Todos los hechos están comprobados y documentados, desde los edificios hasta los discursos de los personajes históricos. Es una novela histórica perfectamente documentada.

Y este éxito editorial, ¿le anima a seguir por la senda de la novela histórica?
No, no. En realidad, si quieres que te diga la verdad, nunca he perseguido el éxito comercial; he escrito lo que buenamente tenía en la cabeza, lo que me llamaba la atención y lo que en cierto modo justificaba mi vida. Me digo, “tienes que escribir esta historia porque si no no vas a sentirte completo”, y entonces la escribo. La novela comercial he tratado de no hacerla, o quizás no he sabido. Pero esta novela creo que salió bien y creo que coincidió con un momento en que la novela histórica funcionaba bien. Esas dos coincidencias hicieron que saliera tan bien. Pero el editor no creas que puso más o menos interés; vio que se podía vender.

Y usted le ofreció la novela…
Y él vio en seguida que había mercado. Pero me pidió que la firmara con pseudónimo para que la gente no creyera que se trataba de una novela negra, ya que no lo es.


Y el pseudónimo que utilizó es el nombre del protagonista de su primera novela.
Sí, de Sombras Viejas, la novela que me prohibió la censura cuando yo tenía veinte años. Pensé en unir mi juventud llena de esperanzas con mi vejez que ya no tiene esperanza alguna. Por eso puse el nombre de Enrique Moriel, que fue el primer personaje que creé.

El éxito de la novela ha propiciado que ahora Enrique Moriel sea conocido, porque también se acaba de Sombras Viejas.
Sí, se había editado en Francia con mucho éxito, pero yo no me había atrevido a editarla aquí posteriormente por una razón que te puede parecer muy idiota. Yo la veía como una novela tan romántica, tan pura… A pesar de que la prohibió la censura, la escribí con un respeto a la mujer, con un respeto al amor, con tanto idealismo, pensaba que ahora, que nos hemos hecho tan materialistas todos, la gente no la iba a entender. Pero cuando se publicó en Francia con éxito el editor me convenció para sacarla aquí y, la verdad, está siendo muy bien acogida. Creo que es muy auténtica. La escribí con diecisiete años, y si eso no es auténtico…

¿Y qué le impulsó a escribir novelas tan joven?
Fue una cosa natural, un instinto que me salía de dentro. Yo sólo entendía mi vida justificada si escribía algo. Yo ya vivía en un mundo en el que pasaban muchas cosas y donde vivía mucha gente maravillosa, que serían olvidadas si alguien no las escribía. Que el barrio se destruiría y nadie habría explicado cómo era antes. Creo que pensé que ésa era mi misión en la vida: que si de esa gente a la que habías visto morir en un portal agarrado a una bandera no iba a hablar nadie, escribiera yo de ella. Eso fue lo que me motivó a escribir y además fue mi vocación, porque yo era feliz escribiendo, sentía como si no trabajara y al tiempo me sentía realizado.

Pero la censura de su primera novela marcó su nombre y, para seguir escribiendo, tivo que hacerlo con pseudónimo.
Sí, me dijeron que mientras viviese el “caudillo” no publicaría nunca, y me lo comunicaron oficialmente. Y como yo provenía de una casa muy pobre y mi padre estaba parado en una época en que no había subsidio, me vi forzado a trabajar de lo que fuera. Así, cuando en la editorial que trabajaba haciendo guiones para cómics, me propusieron escribir novelas de aventuras, aunque debería hacerlo con pseudónimo para evitar la censura y también porque, con el apellido González, decían que no me creería nadie. De modo que me inventé el nombre de Silver Kane, y lo que tenía que haber durado dos años duró casi veinte.

En el diario de la Semana Negra de Gijón de 2004 venía una doble página con una relación de todos los títulos de sus obras, y casi no cabían a cuerpo 6.
Es verdad (risas). Creo que habré publicado unas cuatrocientas novelas, entre policíacas y del oeste.

¿Y cómo se puede ser tan prolífico?
Por dos razones. Una de ellas, la necesidad: las pagaban muy mal y para llevar un jornal medio decente a casa debía escribir varias novelas. Normalmente escribía una a la semana. La otra, que en el fondo notaba que me estaba haciendo escritor mientras escribía aquello. El tener que aprender a hacer novelas que fueran interesantes desde la primera página, que fuera en lo posible distinta a todas las demás, a la que añadiera todas las técnicas literarias que fuera conociendo e inventando… todo aquello noté que me perfeccionaba como escritor. Y por eso seguí, me di cuenta de que Silver Kane era mi maestro.

Dice que se las pagaban muy mal. ¿La SGAE se ha encargado ahora de recompensárselo?
No, qué va. Bruguera, que era la editorial, trató de reeditarlas sin pagar. Era muy cruel. Pero aunque le saqué provecho, porque me permitió vivir, terminar la carrera, casarme… y esto muy agradecido a las novelas, individualmente las pagaba muy mal. Tuve que escribir mucho para poder vivir.

Recientemente se ha reeditado alguna.
Sí, Grupo Z reeditó alguna, y la Factoría de Ideas me pidió que le cediese los derechos temporales sobre tres novelas policíacas, una de ellas titulada Recuérdame al Morir, y las ha publicado ahora en forma de libro.

Y después de haber escrito tan deprisa, ¿cómo pone ahora el freno? ¿Le ha quedado algún tic de aquello?
No, ahora no escribo deprisa. Como mucho hago tres o cuatro páginas al día como máximo, porque quiero meditar cada página, hacerlo con mucho cuidado. Pero antes es verdad que no, me guiaba por puro instinto, y si salía bien era porque lo llevaba dentro. Ahora no, ahora me gusta meditarlo.

No sé cómo podría dormir.
Te acostumbras a todo, incluso a no dormir. Por la mañana trabajaba de abogado, por la tarde de periodista y por la noche hacía de Silver Kane, porque tenía contrato. Y después de todo eso, los domingos, escribía lo que yo llamaba “novelas para mí”, novelas que yo quería firmar con mi nombre y que reflejaban la realidad de cada día. Novelas que son el germen de lo que conocéis ahora.

Bueno, finalmente consiguió en los años ochenta el reconocimiento con novelas ya firmadas con su nombre, con el punto álgido del Planeta del 84 para Crónica Sentimental en Rojo. Era una época en la que parecía que la novela negra iba a triunfar y consolidarse como un género de éxito en España, pero finalmente no fue así. ¿A qué cree que se debe?
Hubo un gran escritor de novela negra que también ganó el Planeta, que fue Manuel Vázquez Montalbán, y que marcó una época. Y parece que tras su muerte el puesto quedó un poco vacío. Era un gran amigo mío. Los dos éramos periodistas, los dos éramos de grupos de resistencia antifascista y creo que llegamos a marcar una época. Pero creo que en este momento la novela negra tiene ya no sólo un gran valor social, sino también literario, porque es la que mejor describe la sociedad, la que analiza el mundo real… Yo creo que es la más auténtica, la más directa, y al tiempo, la más divertida. Creo que ahora pasa un buen momento y prueba de ellos es que los editores lanzan colecciones de novela negra de una gran dignidad.

De todos modos creo que otros países europeos tienen una mayor consideración por sus escritores, que los españoles con los nuestros.
Es posible. En realidad la literatura en España es una literatura de pobres gentes, de autores que están dispuestos a escribir mucho y a cobrar poco porque son vocacionales. Francia en cambio es un país con muchos más lectores y hay más actividad editorial, por lo que los editores están dispuestos a pagar mejor y la literatura es más profesional. Aquí sigue siendo más vocacional, porque si no tienes esa vocación para lo que te pagan no vale la pena. Es diferente un premio, aunque también te vale para una vez, no para todas.

Tenerle delante y no preguntarle por los colegas que más le atraen sería un crimen. Cuénteme qué escritores del género le atraen más actualmente.
Pues además de mis colegas españoles, que los leo a todos, y de mi formación literaria, que viene básicamente de los clásicos franceses, como novelistas me gustan Frédéric Dard, que fue un escritor extraordinario; Andrea Camilleri también me gusta mucho… Mantel me gusta también, pero en sus ambientes, de levantarse a las cinco de la mañana y tomarse seis cafés seguidos, yo no entro. Me cuesta, yo soy mediterráneo, pero me parece un autor interesantísimo. A mis colegas europeos los respeto muchísimo, pero también hay que recordar que la formación es norteamericana, viene de la Gran Depresión, de los pulp, de Dashiell Hammet, que es uno de los grandes maestros… Pero bueno, ahora todo eso ya ha sido superado y ahora me interesan los maestros europeos.

En los que se podría diferenciar una especie de corriente mediterránea.
La hay, sí. Es una novela de las calles, porque se puede estar en ellas, mientras que el estilo de Mankell es de habitación cerrada, cambia mucho el ambiente.

Pues con este regreso a la calles lo dejamos, sólo preguntándole finalmente por su próximos planes.
Mira, estoy trabajando como un cabrón en una novela que me ha ocupado todo un año y que ya tenía mucho interés en acabarla y que había comprometido con Planeta (porque cuando RBA me publicó Una Novela de Barrio a Planeta le dio como un ataque de celos). No se trata de una novela negra, pero que estoy contento de cómo me está quedando y espero que sea un gran triunfo. Por lo pronto he hecho cuatrocientas páginas en un año. Eso es trabajar como un cabrón.

Sólo una cosa más, aunque le preguntaría veinte mil. Si se llevara de nuevo al cine una novela de Méndez, ¿quién le gustaría para su papel?
Ya se llevó Crónica Sentimental en Rojo y José Luis López Vázquez hizo el papel, aunque la tenía que haber protagonizado Paco Rabal, que tenía un punto más de cinismo.

Su rostro es el que más se parecía a la imagen que yo me he formado del personaje.
Habría sido fantástico y la verdad es que llegamos a hablar con él y estaba encantado, pero estaba rodando otra película. Y aunque se ofreció a rodar las dos a la vez, al director no le pareció lo más adecuado. De modo que finalmente el papel lo hizo José Luis López Vázquez, que lo hizo muy bien. Aunque el punto de cinismo era de Paco Rabal.

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