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Bernhard Schlink - "El lector" (Anagrama)

Coincidiendo con el estreno en cines de la adaptación protagonizada por Kate Winslet, de casualidad encontré entre mis libros éste, que hacía años me había regalado un buen amigo. Y menuda sorpresa más grata me llevé. En apenas doscientas páginas Schlink relata una historia potente y logra una de esas novelas pequeñas pero matonas, llena de matices y con una profundización en los personajes que causa impresión. Más que leerla, la engullí y cuando la acabé me quedé destrozada. Y cometí el error de ir a ver enseguida la película, algo que nunca más volveré a hacer porque mi visión estaba totalmente condicionada por la impresión que me había causado el original y quizá fui injusta con una adaptación que es digna, aunque para mí se queda en algo bastante pobre si se compara; es difícil trasladar a la pantalla las hondas reflexiones del protagonista sin hacer uso de la voz en off. Aún así ver a Kate dar uno de sus recitales interpretativos siempre es una gozada.

De El lector se pueden decir muchas cosas. Su punto de arranque es una intensa relación amorosa entre un adolescente y una mujer mayor, que marcará de por vida al primero y que se desarrolla en alguna ciudad indeterminada de la Alemania de posguerra. Los sucesos se van recordando desde el presente, el narrador hace un ejercicio de memoria a modo de tanteo, yendo y viniendo, reconstruyendo y sobre todo reflexionando con una profundidad sin concesiones; con un solo párrafo consigue abarcar tanto: “(…) en lo que sucedió en aquellos días reconozco hoy el mismo esquema por medio del cual el pensamiento y la acción se han conjugado o han divergido durante toda mi vida. Pienso, llego a una conclusión, la conclusión cristaliza en una decisión, y entonces me doy cuenta de que la acción es algo aparte, algo que puede seguir a la decisión, pero no necesariamente. A lo largo de mi vida, he hecho muchas veces cosas que era incapaz de decidirme a hacer y he dejado de hacer otras que había decidido firmemente.”

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Uno de los temas esenciales de la novela es la culpa en todas sus formas, la culpa que angustia a alguien a título personal, sus disquisiciones morales entre lo que debe o no hacer, pero también la culpa de toda una generación de alemanes, la posterior a la Segunda Guerra Mundial, avergonzada y rabiosa por lo que habían hecho (o no) sus padres. La indagación que realiza Schlink (con juicio de fondo incluido) no es nada facilona, es precisamente su punto de vista fresco sobre el asunto lo que le da envergadura: “Hoy en día hay tantos libros y películas sobre el tema, que el mundo de los campos de exterminio forma ya parte del imaginario colectivo que complementa el mundo real. Nuestra fantasía está acostumbrada a internarse en él, y desde la serie de televisión ‘Holocausto’ y películas como ‘La decisión de Sophie’ y especialmente ‘La lista de Schindler’, no sólo se mueve en su interior, no se limita a percibir, sino que ha empezado a añadir y decorar por su cuenta.”

Algo que me ha gustado especialmente de El lector es la relación erótica que sirve de punto de partida al relato. Cómo describe el nacimiento de la pasión entre la pareja, los primeros encuentros, el aprendizaje sexual del joven, y la descripción de esa mujer y de su cuerpo, objeto de deseo nada convencional y que el autor nos muestra con delicada autenticidad. …Hanna, menuda mujer, tan dura e inflexible, fuerte y frágil a la vez, consigue revolverte, te incomoda la fascinación y la comprensión, o compasión, que eres capaz de sentir hacia ella. Y entiendes la altura de ese amor que deja al protagonista marcado de por vida, bloqueado emocionalmente, siempre esquivo: “¿Será eso lo que me entristece? ¿El celo y la fe que me colmaban en aquella época, mi empeño en arrancarle a la vida una promesa que de ningún modo podía cumplir? A veces veo en las caras de los niños y los adolescentes el mismo celo y la misma fe, y los veo con la misma tristeza con que recuerdo los míos. Esa tristeza, ¿no será la tristeza pura? ¿Es eso lo que nos sobreviene cuando, al mirar atrás, los recuerdos hermosos se nos vuelven quebradizos, al ver que aquella felicidad no se alimentaba sólo de la situación del momento, sino de una promesa que no se cumplió?”

“(…) me daba pena su vida retrasada y fracasada, y pensé con tristeza en los retrasos y fracasos de la vida en general. Pensé que cuando se ha dejado pasar el momento justo, cuando alguien se ha negado demasiado tiempo a algo, o se lo han negado, ese algo por fuerza llega demasiado tarde, por más que uno lo acometa con todas sus fuerzas y lo reciba con gozo. ¿O quizá no existe ‘demasiado tarde’, solo ‘tarde’, y ‘tarde’ es mejor que ‘nunca’? No lo sé.” Me gusta especialmente ese “no lo sé” final, porque encierra toda la complejidad del ser humano, su constante contradicción, su incertidumbre, su naturaleza esencialmente indefensa. La novela no aporta respuestas a las cuestiones que plantea, y se agradece, porque su valor para mí reside en las certeras preguntas que nos hace, en el espacio que nos reserva a nosotros, los lectores.

Amélie Nothomb - "Cosmétique de l'ennemi" (Le Livre de Poche)

Para clase de francés me he examinado de este libro y por primera vez, y espero que sirva de precedente, me ha motivado lo suficiente para hablar de él aquí. Le petit Nicolas y compañía no daban mucho juego, la verdad. Anteriormente solo había leído de (la exitosa) Amélie Nothomb Antichrista, una novelita sin mucha trascendencia donde sí puedes captar enseguida la querencia de esta mujer por las relaciones obsesivas. En Cosmétique de l’ennemi, que es anterior, va también por ese camino, centrándose especialmente en el conflicto de dos personajes, por así decirlo. Esta es una de esas ocasiones en las que te piden que no desveles nada de la historia porque la gracia, supuestamente, está en llegar desprevenido a la sorpresa final. Para mí no hay tal sorpresa, casi al principio del libro uno de los personajes empieza a hablarle al otro del ‘enemigo interior’, del jansenismo, de Pascal…Y a partir de ahí todo sigue el camino lógico.

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Hay infinidad de películas y libros que hablan de ello. Dejemos al margen algunos detalles poco verosímiles del desarrollo de la historia, como la chapucera trama criminal o la visión trasnochada yofensiva del amor y las relaciones, con la mujer como mero objeto receptor, con la idea de ‘la maté porque era mía’ y similares, que probablemente la autora introduce a modo de crítica. Lo realmente interesante de esta novela corta es que profundiza de manera muy directa y ágil en la psicología del ser humano, y como quien no quiere la cosa se pone a hablar de la dualidad, del Jekyll y Hyde que todos llevamos dentro, del enfrentamiento entre la parte consciente e inconsciente de una mente enferma, de nuestros demonios interiores… Solo por hablar de todo esto y tener ese gusto especial por los cementerios, la Nothomb me tiene ganada.
Aquí va mi extracto favorito, que habla precisamente de todo esto (siento ponerlo en francés, no tengo la versión traducida): “Je crois en l’ennemi. Les preuves de l’existence de Dieu sont faibles et byzantines, les preuves de son pouvoir sont plus maigres encore. Les preuves de l’existence de l’ennemi intérieur sont énormes et celles de son pouvoir sont écrasantes. Je crois en l’ennemi parce que, tous les jours et toutes les nuits, je le rencontre sur mon chemin. L’ennemi est celui qui, de l’intérieur, détruit ce qui vaut la peine. Il est celui qui vous montre la décrépitude contenue en chaque réalité. Il est celui qui vous met en lumière votre básese et celle de vos amis. Il est celui qui, en un jour parfait, vous trouvera una excellente raison d’être torturé”.

Jeffrey Eugenides - "Middlesex" (Anagrama)

Últimamente la cosa va de decepciones. No puedo ubicar Middlesex (ganadora del Pulitzer en 2003) en el catálogo de ‘grandes decepciones’ pero es un libro que tenía pendiente hacía tiempo y cuya lectura postergaba precisamente en la confianza de que era una apuesta segura. Gente cuya opinión respeto mucho me la había puesto por las nubes, un novelón de esos que tanto nos gustan. Pero finalmente para mí no ha llegado a tanto. Lo he leído con mucho interés pero no me parece la Gran Novela Americana que se dice en la contraportada. Quizá es lo que ocurre cuando tienes tantas expectativas.

Jeffrey Eugenides me había causado sensación con Las vírgenes suicidas, que leí siendo adolescente. En esa época, ya se sabe, estás a flor de piel y te tomas todo a la tremenda, y a mí los componentes drama y suicidio que tiene la historia de las hermanas Lisbon me fascinó. Reconozco, de todos modos, que aún entonces no me convencía el enfoque que el autor daba al asunto, tan contemplativo, tan de adoración masculina y las niñas tan cosificadas. Pero aún con eso la novela conseguía, y consigue, removerme. Aquí, sin embargo, le falta ese plus, esa conexión que hace que un libro te descoloque. Para mí el personaje más interesante, del que quiero saberlo todo, es Calíope-Cal, la voz protagonista, pero se detiene mucho más en el contexto histórico y en la familia. Cuando acabé el libro me sentí desilusionada.

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Claro que se puede argumentar que Middlesex es precisamente eso, una saga familiar, aunque el sujeto protagonista, un intersexual, Calíope, nacida aparentemente niña y educada como tal, que al llegar a la adolescencia se transforma en Cal, capta toda la atención: “(…)la cosa no es tan sencilla. Yo no encajo en ninguna de esas teorías. Ni en la de biología evolutiva ni en la de Luce. Mi conformación psicológica no concuerda con ese esencialismo tan popular en el movimiento intersexual. A diferencia de otros de los llamados pseudohermafroditas varones
de los que se ha escrito en la prensa, yo nunca me sentí fuera de lugar siendo chica. Sigo sin encontrarme enteramente a gusto entre hombres. El deseo me hizo cruzar al otro lado, el deseo y la realidad de mi cuerpo.” No es habitual encontrar novelas con personajes tan fuera de la norma, aunque como dice Calíope en cierto momento: “Me había equivocado con Luce. Yo contaba con que, después de hablar conmigo, decidiría que era normal y me dejaría en paz. Pero empezaba a entender algo de la normalidad. La normalidad no era normal. No podía serlo. Si la normalidad fuese normal, nadie se preocuparía de ella”.

A lo largo de sus más de seiscientas páginas y repartida en cuatro partes, conoces la andadura de los antepasados de Calíope desde Esmirna, en la comunidad griega de Turquía a principios del siglo XX, la travesía en barco que lleva a sus abuelos a Ellis Island, hasta su asentamiento final en Detroit. Eugenides conoce bien de lo que habla y se detiene en ello con un lenguaje exhuberante y lleno de referencias: el contexto histórico previo a la guerra entre Grecia y Turquía en 1922, las tradiciones griegas, el nacimiento del movimiento negro en la sucia Detroit e incluso los primeros coletazos de las reivindicaciones gays y trans. Entre todo este panorama, Detroit es un protagonista más de la novela, y resulta muy atractiva la manera que tiene el autor de retratar la urbe más sucia de Estados Unidos, con cariño e ironía. Allí se fraguó el Black Power y vemos a través de los ojos de la inquieta niña el racismo que lo provocó y la transformación continua que vive la ciudad. Y esto, junto a las pinceladas sobre el vibrante San Francisco de principios de los setenta, donde Cal empieza a tomar conciencia de su realidad, es lo más estimulante del libro.

Todo esto, muy bien pero yo no me quedo satisfecha, me da la sensación de que se ha desaprovechado el potencial narrativo de Cal, saber qué le pasa a partir de los diecisiete, cómo se enfrenta al mundo, y me quedo con ganas de leer más reflexiones como estas: “Pensé en el hecho asombroso de que el mundo contuviera tantas vidas. En aquellas calles, la gente se veía envuelta en mil asuntos, problemas de dinero, problemas amorosos, problemas con los estudios. (…). Nacían niños. Y en algunas casas había personas que envejecían, enfermaban y morían, dejando que otros llorasen su muerte. Eso pasaba de continuo, inadvertidamente, y eso era lo que realmente importaba. Lo que verdaderamente tenía importancia en la vida, lo que le daba peso específico, era la muerte. Vista de ese modo, mi metamorfosis era una acontecimiento de escasa significación.” O: “Chéjov tenía razón. Si hay una escopeta en la pared, tendrá que dispararse. En la vida real, sin embargo, nunca se sabe dónde está el arma”. En fin, con Middlesex me ha ocurrido eso que se expresa muy bien en inglés: ‘mixed feelings’.

Sam Savage - "Firmin" (Seix Barral)

Tengo que decir que ésta ha sido una de ésas veces en que tienes una enorme curiosidad por un libro del que solo has oído decir maravillas y tras leerlo no estás más que decepcionada. Las críticas que había leído y el revuelo levantado con su publicación el año pasado en España (ya ha sobrepasado la séptima edición) me decían que era uno de esos pequeños grandes libritos que tanto me gustan, un homenaje a la lectura, un protagonista tierno y entrañable… Bueno, para mí Firmin, del peculiar escritor estadounidense Sam Savage, tiene sus momentos (“… comprar en Pembroke era como leer: nunca sabe uno con qué va a encontrarse en la página siguiente, y eso constituía una parte importante del placer”) pero nunca me acaba de encandilar Firmin, el ratón casi humano con inmensa curiosidad intelectual y fan de Dostoievski y Proust.

Todo el libro es una pura anécdota. La falta de pretensiones no tiene nada de malo siempre y cuando el lector conecte con el punto de vista del narrador porque ahí reside la única gracia de este tipo de libros. A mí básicamente me ha dado igual lo que le pasara al ratoncillo protagonista, a la vieja librería de Boston donde se inicia el relato o a su amigo Jerry, un escritor maldito de ciencia-ficción con el que vive casi en la indigencia. Los puntos más álgidos de la historia es cuando Firmin da sus opiniones sobre autores consagrados y se refiere al canon literario o cuando se plantea cuestiones metafísicas: “Me preguntaba: ‘¿Será posible que, a pesar de mi dudoso aspecto, yo tenga un Destino?’ Y con eso me refería a la clase de cosa que la gente tiene en los relatos, donde los hechos de la vida, por agitados y revueltos que discurran, al final se resuelven en una especie de pauta. Las vidas, en los relatos, tienen sentido y dirección. Incluso vidas totalmente desprovistas de sentido, como la de Lenny en ‘De ratones y hombres’, llegan a adquirir, por su lugar en el relato, al menos la dignidad y el significado de ser unas Vidas Estúpidas y Desprovistas de Sentido, el consuelo de ser un ejemplo de algo. En la vida real, ni eso consigue uno”. Más allá de eso, poca cosa.

Fernando Iwasaki - "Neguijón" (Alfaguara)

“Nadie había atrapado jamás al inmundo neguijón. Ni Belonio ni Eliano ni Rondelecio en los tiempos antiguos, ni Fragoso ni Juan de Vigo ni Daza Chacón en los tiempos modernos, aunque todos escribieron sobre aquellas alimañas engendradas en los fangos de la boca y en los meollos de las muelas, cuyos mordiscos traspasaban el dolor y cuya podredumbre era el principio de la corrupción de nuestros cuerpos”. Sólo es un ejemplo de lo que podemos encontrarnos en las páginas de Neguijón, de Fernando Iwasaki. Es un compendio de alabanzas a las ponzoñas de la carne, los humores, las tumefacciones, las laceraciones y todo aquello que tiene que ver con que nuestro cuerpo sólo está en tránsito hacia la purificación del más allá. Porque aquí, en la Tierra, sólo somos pasto de gusanos, que a su vez demuestran que el mismo diablo nos tiene en sus redes.

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Neguijón es un repaso por la truculenta mentalidad de los ciudadanos de a pie del Siglo de Oro español, aquél que dio los mejores escritos de la lengua castellana, también fue época de Inquisición y supercherías. Una de ellas es creer que el gusano Neguijón puebla las muelas de los mortales y hay que extraerla sin tener en cuenta ningún posible dolor. Iwasaki es muy gráfico en sus descripciones, tanto que duelen, y las acompaña con eruditas referencias a manuales del momento, como Tratado de las operaciones que deben practicarse en la dentadura y método para conservarla en buen estado (Madrid, 1799).

En una narración paralela (aunque separada en el tiempo) y fragmentada en capítulos, el autor desmenuza las vidas de unos cuantos personajes sumidos en unos episodios espeluznantes. Por una parte, nos los encontramos en medio de un motín en una cárcel sevillana. Adocenados en la enfermería, coinciden un librero erudito al que le falta un ojo, un escritor manco llamado Muñones, un aprendiz de barbero capaz de serrar una pierna para prevenir la gangrena, un capellán que acabará siendo Inquisidor y un templario que es objeto de mofa constante. “¡Me cago en los templarios, escoria de la caballería, hez de la cristiandad, república de mamacallos, barraganas de los moros, bujarrones de los turcos y putos sodomitas!”, escupe por su boca el mismísimo capellán.

Por otra parte, la acción se traslada a Lima, la capital peruana en manos de los castellanos, donde ya un adulto Gonzalo de Utrilla (adolescente en los tiempos del motín de Sevilla) es un barbero obsesionado con extraer el gusano que corroe las muelas. “El tacto metálico de las tenazas sobre las muelas le producían siempre una sensación serpentina y de crucifixión. Sentir junto a la lengua y las encías el roce pringoso de aquel instrumento barnizado de coágulos, humores y pus era tan repugnante como imaginar que su boca se había convertido en el cubil de una serpiente. Y, sin embargo, el violento tirón de la muela ni siquiera le iba a doler como uno solo de los martillazos que sufrió Nuestro Señor cuando lo clavaron en la cruz”.

No conocía a Iwasaki antes de que este curioso libro cayera en mis manos a través de una amiga. Es un autor peculiar, peruano con antepasados japoneses, Iwasaki es historiador, pero inició su andadura literaria con una novela donde desmenuzaba sus fracasos amorosos.

Manuel Vicent - "León de ojos verdes" (Alfaguara)

Manuel Vicent regresa este año al territorio de la novela y lo hace revisitando un terreno que pisa con firmeza y en el que ha obtenido sus mejores resultados: el de un pasado recordado, rememorado o reinventado. En el caso de su nueva novela, León de ojos verdes, la historia se sitúa en un escenario Mediterráneo que el escritor castellonense conoce y en una época, el año 53, en el que Vicent -por edad y situación- bien podría haber vivido la peripecia (como suele ser en sus libros, siempre delicada, siempre pequeña) de su protagonista, un joven que descubre su pasión por la escritura.

Y son esas coincidencias que confieren aún mayor verosimilitud a lo contado -que el autor insiste en que no se trata de un relato autobiográfico-, las que añaden el último grado de transparencia a una narración que se despliega como una serie de retratos costumbristas en los que caben personajes (clases medias de la posguerra, perdedores de la Guerra Civil, estraperlistas y vividores, librepensadores en la sombra), paisajes (la costa mediterránea y su entorno) y costumbres propiamente dichas (la partida de pilota, los bailes del hotel); hilvanados todos por el nexo común del incipiente escritor, que bien escucha y recrea algunas historias en sus primeros textos, o bien las ve y nos hace verlas a través de su inocente mirada.

León de ojos verdes se configura así como una pieza más de ese retrato de una época y sus gentes que Manuel Vicent ha ido configurando a lo largo de su bibliografía. Una obra que agradará -aunque no sorprenderá- a sus lectores habituales, y que puede hacerle seguir ganado adeptos merced a su prosa aparentemente sencilla pero envolvente y a algunos momentos -como el relato de La mujer de la bicicleta roja o el protagonizado por 'El Guapo'- realmente brillantes.

Ángel Vallvey - "Muerte entre poetas" (Planeta)

Adornadas por el halo de misticismo que conllevan los Premios Planeta (que si bien anima muchas veces a los no lectores a acercarse a un libro, también distancia a los habituales) básicamente por ser los galardones literarios con mayor recompensa económica del mundo (y a consecuencia de ello, con mayor repercusión mediática), se editaron hace escasas fechas la obra ganadora y la finalista de su última edición. Y aunque uno suele empezar en estos casos por la ganadora, el enrevesado inicio de La hermandad de la buena suerte, la obra con que Fernando Savater se alzó con el máximo galardón, me empujó a centrar mi mirada en esta Muerte entre poetas, la novela finalista del certamen, escrita por la poeta y novelista Ángela Vallvey. Y creo que el cambio valió la pena.

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Al menos de primeras, el planteamiento directo de Vallvey y su narración sencilla se me antojaron más atractivos, que la prosa retorcida empleada por Savater en las dos primeras decenas de páginas que no permitían aún saber de qué iría la cosa en su novela. Quizás yo tenía un mal día, pero la presentación en el primer capítulo del agrio personaje cuyo posterior asesinato propiciará la trama de Muerte entre poetas, se adaptó perfectamente a mis necesidades lectoras. Ligera, fresca, entretenida y adictiva, la obra de Vallvey, recurre al esquema clásico de las novelas de intriga de Agatha Christie -asesinato en una comunidad en la que se integra el detective que dialogará con todos los sospechosos hasta dar con el asesino- para realizar una suerte de retrato agridulce del mundillo literario/poético autóctono, empleando para ello tantas dosis de cariño, como de humor y de autocrítica. El desenlace de la trama es en la novela lo de menos, aunque la autora no desestima el gancho de la investigación para facilitar que el tránsito de personajes y testimonios sea aún más interesante y no llegue a resultar cansina la composición del personaje asesinado, en el que la que fuera ganadora del Nadal con Los estados carenciales, reúne seguramente los rasgos más despreciables que se ha encontrado en su profesión. Si a todo ello se le suma el inevitable juego por parte del lector de la búsqueda de paralelismos entre los personajes ficticios y los que nos ofrece la realidad, el resultado es una novela agradable y entretenida, e incluso didáctica a la hora de ofrecernos el acceso a un mundillo que a la mayoría nos es ajeno. Poco más se puede pedir.

Isabel Miller - “Un lugar para nosotras” (Egales)

El Greenwich Village neoyorquino tiene mucha historia. En su entramado de calles se gestaron las primeras reacciones de lo que luego se ha denominado Orgullo Gay (Gray Pride). En Christopher Street está Stonewall, el bar donde se inició todo. También allí mismo se puede encontrar una librería muy acogedora, con larga trayectoria (desde 1967), y llena de pequeños tesoros, que llevan unas mujeres muy cálidas, la Oscar Wilde Bookshop (“As in those early days, the experienced and dedicated staff welcome all to the store”, dan ellas la bienvenida en su web).

Con la perspectiva del tiempo, cuando ahora se pasea por allí, se puede notar algo especial en el ambiente. Es un barrio lleno de cafés, tiendas pequeñas con encanto y gente diversa. Pero ya no hay una joven escritora repartiendo sus copias autoeditadas de una novela que rehusaron distribuir las editoriales. Ella ya no está, pero por suerte podemos encontrar su libro. Incluso está editado en castellano (por Egales, en su colección Otras Voces). Isabel Miller (1924-1996) se recorrió en 1969 las calles del barrio hasta agotar sus 1000 ejemplares de A place for us (Un lugar para nosotras, en castellano). Fantaseo pensando que dos años antes se había montado la librería. ¿Se conocerían? ¿Estarían relacionadas? ¿Se ayudaron? Aunque también sirvió para vender libros las reuniones de Daugthers of Bilitis, a la que perteneció la escritora, primer grupo que luchó exclusivamente por los derechos de las lesbianas y que se creó en San Francisco en 1955.

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Lo que sí que es cierto es que el éxito de acogida -recibió el primer galardón The Gay Book Award, que se acababa de crear, y fue reeditado en 1972 por una gran editorial, McGraw-Hill- hizo que finalmente no se quedara en algo anecdótico y trascendiera al clásico lésbico que es hoy día, un referente en la era post-stonewall. Una novelación de la historia de amor de la pintora norteamericana Ann Willson y la señorita Brundidge (“Este libro está dedicado, con todo el cariño, a las seño
ritas Willson y Brundidge, que vivieron una historia parecida hace mucho tiempo”, explicitó la propia autora) a través de Patience y Sarah, que según la ficción vivieron en Connecticut en 1816.

Como suele ocurrir, la importancia o trascendencia del libro viene por la evasión del drama asegurado a lo que el público gay estaba acostumbrado. Aunque The price of Salt (en España, Carol) de Patricia Highsmith fue publicado en los años 50 y es el primero en romper con la espantosa tradición de matar o volver locas a las lesbianas al final de las historias. Con A place for us o Patience & Sarah, como se publicó después, el lector se encuentra con una historia de pioneros americanos poco convencional. En esos momentos de descubrir nuevos territorios físicos, de ampliar horizontes, dos mujeres encontraron el lugar perfecto para poder encontrar su lugar, juntas. Aunque como hablamos de principios del siglo XIX, una de ellas usaba pantalones y tenía un comportamiento poco recomendable para la época, pero que servía como vía de escape al mismo tiempo como escudo a la extrañeza.

“Sarah llevaba vestido.
-No digas nada –dijo. Le habría sentado muy bien de no ser porque llevarlo la entristecía tanto que bajaba la cabeza, fruncía el ceño y caminaba encorvada.”


Isabel Miller es el pseudónimo de Alma Routsong, una combinación del apellido de su madre y la palabra “lesbia” en anagrama.

Tove Jansson - "Fair Play" (Sort of Books)

Estuve en Londres a principios de 2008 y, como siempre, me recorrí algunas de las librerías gays de la ciudad (es una costumbre que tengo, el turismo de librerías de temática gay vaya a donde vaya, ya que en Valencia la única que había murió años atrás). Llegué a Gay’s The Word -66, Marchmont Street (Bloomsbury, London)- y me encontré con un sitio con mucha historia, ya que lleva abierto desde 1979. Decía esto no por contar la historia de la librería, que estuvo a punto de cerrar en el 2007, sino porque tenía una sección donde recomendaba libros y uno me llamó la atención. Se trata de un librito de apenas 127 páginas, con introducción de Ali Smith y una buena edición. Todo por 7 libras, ya que se trata de una edición de bolsillo de Sort of Books, una filial de The Penguin Group, cuyo lema es: “Publish few but wonderful books” (“Publicamos pocos pero maravillosos libros”).

Fair Play de Tove Jansson resultó ser una verdadera sorpresa cuando finalmente me lo leí, unos meses después. No tenía ni idea de quién era esta mujer, que murió en 2001, pero la frase que la editorial destaca en la portada no puede ser más cierta. “A book about love –tender, eccentric and fiercely independent. It feels a privilege to read it” (“Un libro sobre el amor –ternura, excentricidad e independencia feroz. Es un privilegio leerlo”).

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Y realmente lo es. Un privilegio, digo. Porque la autora nos mete en la intimidad del hogar, en la intimidad de la vida de pareja, en la intimidad del trabajo. Historias encadenadas, donde a penas hay acción, pero donde no dejan de ocurrir cosas: estas mujeres trabajan, comen, ven películas, pescan, pasean por la isla, se quedan atrapadas en la niebla, viajan a un Estados Unidos profundo donde son como extraterrestres... En definitiva, una novela con tintes autobiográficos, seca y austera, pero terriblemente dulce y tierna, donde conoces dos mujeres que han compartido su vida y su trabajo y que están ya en el final de sus días, sin que esto las limite y cohíba en su actuación, en su devenir, en su disfrutar. “Fair Play could in fact be called a novel of friendship, of rather happy tales about two women who share a life of work, delight and consternation. They are very unlike each other, but perhaps that is why they manage to play the game successfully, with patience and, of course, a great deal of love”, sintetizó la autora en la portada original del libro. Junto con la historia, Sort of Books (que traduce la obra por primera vez al inglés) introduce también una serie de fotos de la vida de estas mujeres, trasladando al lector el tono de la vida que llevaron.

Y, ¿quién fue Tove Jansson? Se podría resumir, tal y como explica la página de la editorial, como la creadora de Moomin stories (hay un museo en su honor en la ciudad finlandesa de Tampere), una serie de libros infantiles, creados e ilustrados por la escritora que han sido traducidos a 35 idiomas. Jansson (1914-2001) era finlandesa, pero su idioma era el sueco
(minoritario en Finlandia, una comunidad que habita en Helsinki), y vivió en Klovharu, una pequeña isla junto a quien fuera su pareja desde los años 60, la artista gráfica Tuulikki Pietilä. Además de libros infantiles e ilustraciones de otras novelas, como The Hobbit o Alicia en el país de las maravillas, Tove escribió relatos, recopilados por esta editorial también en The Summer Book y The Winter Book. Fair Play es su última novela, escrita cuando la autora tenía setenta y cinco años y que se publicó por primera vez en 1989 (Rent Spel, editorial Schildts).

La maestría se puede encontrar en los envoltorios más pequeños y delicados. Cuando preparaba mi viaje a Nueva York en junio pasado rescaté de la estantería un librito que me había entusiasmado años atrás. Conocí de su existencia por una referencia que hacía Carrie Bradshaw en uno de los capítulos de Sex in the city y la búsqueda del tal E.B White traducido en España no resultó tan infructuosa como suele serlo gracias a la colección Paisajes Narrados de Editorial Minúscula, empeñada en rescatar precisamente este tipo de joyitas.

“Nueva York concederá el don de la soledad y el don de la intimidad a cualquiera que esté interesado en obtener tan extrañas recompensas”, con estas magníficas líneas comienza Esto es Nueva York, un ensayo que su autor escribió por encargo en 1948 para una revista de viajes y que enseguida adquirió la dimensión de clásico. Estamos hablando de un género, el del ensayo literario, muy cultivado desde siempre en la literatura anglosajona en multitud de revistas, y que tiene en el New Yorker su buque insignia. En aquella época White alternaba con colegas como Dorothy Parker, Flannery O’Connor o Saul Bellow. Imagina ir al kiosco a comprar tu revista favorita para leer un relato inédito de Toni Morrison o un ensayo de John Updike sobre la repercusión del efecto Palin en la campaña de McCain. En Estados Unidos o Reino Unido es de lo más cotidiano. Para mí es una de las ideas de la felicidad.

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E. B. White consiguió destilar en apenas cincuenta páginas una visión certera de la gran urbe contemporánea por excelencia: “La isla de Manhattan es sin ningún género de dudas el mayor concentrado humano de la tierra, un poema cuya magia se hace comprensible para los millones de habitantes que residen en ella de forma permanente, pero cuyo significado completo siempre se nos escapa”. Cuando lees (en un suspiro) su apasionado retrato de la ciudad entiendes perfectamente por qué es uno de los referentes literarios para todos los que aman esa ciudad y por qué gozó de una renovada repercusión tras el 11-S. White muestra con emoción pero rudeza al mismo tiempo lo que significa esa ciudad que provoca tal fascinación, tan vital como voraz. “El cambio más sutil que ha experimentado Nueva York es algo de lo que la gente no habla demasiado pero que está en la imaginación de todos. La ciudad, por vez primera en su larga historia, se ha vuelto vulnerable (…) La intimidad con la muerte forma ahora parte de Nueva York: está en el sonido de los reactores en el cielo y en los negros titulares de la última edición”. White cuenta en el prefacio que cuando se le pidió una revisión del texto para su publicación en forma de libro se sintió incapacitado: “Para poner Nueva York al día habría que publicar a la velocidad de la luz (…) Tengo la impresión de que es un deber del lector, y no del autor, poner al día Nueva York; y confío en que hacerlo será más un placer que un deber”.

A veces hay que conformarse con lo bueno conocido. En mi ansia por documentarme más sobre la ciudad a la que viajaba caí en la tentación comprándome este otro libro. El coloso de Nueva York y
su autor Colson Whitehead se encuentran en las antípodas de todo lo que he dicho anteriormente. A pesar de que su extensión apenas roza las doscientas páginas fui incapaz de terminarlo, espantada de su prosa relamida y rimbombante, con muchas pretensiones intelectuales pero nula capacidad de contagio o de emoción. Whitehead abusa hasta la extenuación de la –supuestamente cómplice- apelación al lector con la segunda persona del singular: “Tarda un rato en ver a la anciana y cederle su asiento. La embarazada, el hombre de la pierna herida. Una mala suerte, su buena educación. Córrete. Aléjate del borracho apestoso. Es solo el envoltorio de un caramelo pero nadie lo toca por miedo a lo que pueda contener y por tanto queda un asiento vacío en un vagón de metro atestado. Descubres un asiento libre pero cuando te acercas está manchado de refresco. En la parada siguiente alguien lo ocupa y te sientes culpable por no avisarlo pero en realidad no es asunto tuyo.”

En la cubierta se pueden leer frases extraídas de grandes cabeceras periodísticas con críticas muy favorables; incluso hay una que lo califica de ‘perfecto homenaje al clásico de E.B. White’. A lo mejor estoy siendo demasiado dura y simplemente no conecté con lo que quería transmitirme el escritor. Yo lo veo un ejemplo claro del quiero y no puedo. Y para homenajes, más emparentado con el clásico de White encuentro yo a Enric González y sus Historias de Nueva York.

Robert Juan-Cantavella - "El Dorado" (Mondadori)

Un escritor seguidor del periodismo gonzo -o que trata de llevarlo más allá- recibe el encargo de una de las revistas para las que trabaja de realizar un reportaje sobre las vacaciones en la costa de una familia media de la meseta española, y éste, leyendo en el encargo una segunda misión velada -la de encontrar "El Dorado" en estas tierras- acabará recalando, primero en Marina D'Or y después en el Encuentro Mundial de las Familias que llevó al sumo sacerdote católico Benedicto XVI a Valencia hace unos años. Ése es el argumento básico de El Dorado (Mondadori, '08), y servidor, valenciano y por tanto "víctima" de los dos escenarios de la trama, no necesitaba más para volcarse en su lectura, con el fin primero y principal de ver qué punta sacaba de ella el joven Robert Juan-Cantavella desde tan particular perspectiva.

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Y el resultado es, cuanto menos, interesante, y al tiempo, poco habitual. Porque si en principio El Dorado se constituye como un diario del protagonista en su proceso de realización del reportaje, pronto pasa a convirtirse en un collage en el que se mezclan realidad y ficción, donde cabe la denuncia más seria y la fantasía más delirante y gamberra; y todo ello acompañado de su guía de montaje, en la que caben desde una entrevista con el protagonista (alter ego del autor en algunas publicaciones) a la explicación de cómo éste habría podido construir la obra (algo que podría ser también falso, pero que encaja demasiado bien con la sensación que transmite el libro como para serlo). Con todos estos elementos Cantavella construye una obra que, pese a todos sus atractivos (especialmente el metaliterario y el del juego realidad ficción), no acaba de tener el cuerpo que sería deseable, aunque se sigue con la curiosidad de saber qué sucederá después, especialmente por parte del público afectado -como un servidor-, que se sorprenderá por ver muchos guiños a sucesos que sucedieron en realidad y en los que se ven implicados los personajes. No obstante, es en la distancia del no conocedor de esa realidad paralela donde debe funcionar toda novela, y quizás no sea mi voz la más indicada para dilucidar si ese engranaje lo hace aquí. Quizás ya lo haga, pero si no es así, espero que el autor no desfallezca y reincida en la propuesta, pues el camino emprendido, insisto, es ciertamente interesante.

John Updike - "Terrorista" (Bromera)

John Updike es uno de los nombres que siempre suenan como candidato al Nobel, ese mediático premio que tiene la extraña virtud de dejarnos atónitos año sí, año también. Pero, ¿qué más da recibirlo o no cuando lo cierto es que eres un escritor reconocido y admirado y tus novelas son tan rematadamente buenas? Ya sé que quizá empiezo muy fuerte pero es que Terrorista es la primera novela suya que he leído y me ha encantado. Entraría en la denominación de thriller porque cuenta una trama interesantísima con mucha acción aunque poco diálogo porque casi todo lo que sabes es a través de las divagaciones de cada personaje. El protagonista es un joven americano de ascendencia árabe que se pone en manos de un grupo pequeño pero organizado de fanáticos que lo convierten en aprendiz de terrorista. Toda la historia se desarrolla en un frenético in-crescendo, desde una leve sospecha inicial hasta un final de puro infarto (y eso es algo que me ocurre en contadas ocasiones) en medio de la duda, ¿será capaz Ahmad de volar por los aires el túnel Lincoln de Nueva York?

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Lo que a mí me fascinó es cómo se adentra el autor en la psicología de personajes tan diferentes: El joven árabe resentido con el mundo occidental donde se ha criado y bajo la sombra de un padre ausente e idealizado en la distancia (esos padres que nunca ejercen como tales de los que tanto ha hablado Barack Obama…), con férreas creencias y muy inocente a la vez que es utilizado por una banda de cobardes maquinadores; el profesor judío que se preocupa por su alumno y que encuentra en esa relación un nuevo motivo para seguir en la brecha; la madre soltera trabajadora y artista tan lejos y tan cerca a la vez de su hijo; la esposa con sobrepeso y un pasado espléndido que reparte sus días entre su trabajo de bibliotecaria y los seriales televisivos; la secretaria del Jefe de Seguridad Nacional;… Quizá los pasajes que se refieren a este último personaje sean los más caricaturescos y por ello su presencia es mucho menor en todo el libro. Updike me parece brillante en su capacidad de análisis y de profundización en el ser humano en toda su diversidad y complejidad, cómo se fija en las particularidades de cada ser humano, en su vida cotidiana y retrata a los ciudadanos corrientes de su país. En este sentido, también encuentro muy atractiva la audaz descripción, llena de detalles muy diversos, que hace el escritor del estado de las cosas en la sociedad norteamericana actual, los cambios sufridos, y la convulsión ocasionada en cada persona por el 11-S. Ahora que llevamos meses mirando con atención lo que pasa en la carrera a la Casa Blanca y esperamos curiosos el desenlace del próximo 4 de noviembre para saber si finalmente Estados Unidos tendrá por primera vez en su historia un presidente negro, es innegable el interés que suscita lo que se cuece por esos lares.

Aquí van algunos comentarios interesantes sobre el libro en otros blogs:

Tirant al cap
El síndrome de Chéjov
Moleskine literario


A. M. Homes – “Este libro te salvará la vida”. (Anagrama).

Hace ya unos años que cayó en mis manos por primera vez un libro de esta escritora norteamericana empeñada en hurgar en los secretos más inconfesables de la sociedad estadounidense y desde entonces puedo decir abiertamente que soy fan. El flechazo llegó con El fin de Alice, una novela que tiene el valor de acercarse a la pedofilia desde el prisma del verdugo y no de la víctima. Homes no escatimaba detalles para relatar los impulsos e inquietudes de una joven fascinada por los niños y admiradora de un pederasta y asesino encarcelado con el que mantiene correspondencia. La historia era turbadora y apasionante. Más allá del morbo yo siempre digo que nada de lo humano me es ajeno, como decía aquel.

Después fueron otra novela suya, Música para corazones incendiados, que podría denominarse la versión hard de (la muy modosita) Desperate housewives , sin espacio para la compasión ni los finales felices, y por último, la serie de relatos Cosas que debes saber, una ración más de sus retratos implacables de la depravación en las sociedades acomodadas. Los que más recuerdo son aquel que tenía como protagonista a la ex primera dama Nancy Reagan y otro en que un niño vive obsesionado sexualmente con la muñeca Barbie. Como decía en una entrevista con Eduardo Lago en Babelia “Mis personajes proceden de la cultura en la que vivo. Lo chocante de mis libros no es lo que cuento, sino que doy voz a individuos a quienes nunca oímos hablar”.

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Sin embargo con Este libro te salvará la vida, publicado en 2006 en Estados Unidos, pilló por sorpresa a los críticos y a su corte de seguidores. ¿A. M. Homes escribiendo un libro optimista sobre el ser humano en sociedad? Imposible. Ella dice que la historia es su respuesta, su reacción, al estado de shock en que quedó sumido su país tras el 11-S: “La idea subyacente es que hay que intentar mantener la esperanza en tiempos desesperanzados. Quería escribir algo que levantara el ánimo a la gente”. Lo cierto es que sin abandonar su clásico humor negro, por no decir mala leche, dirige su mirada incisiva de siempre pero esta vez hacia la bondad del ser humano para contar el cambio radical que se produce en la vida de Richard Novak, un rico hombre de negocios hecho a sí mismo que se dedica a vender y comprar acciones desde su casa, una impresionante mansión en lo alto de las colinas de Los Ángeles, y cuyo único contacto con el mundo exterior más allá de Internet y sus auriculares, es a través de su asistencia, su nutricionista y su entrenadora personal.

El engranaje, aunque vacío y sin demasiada emoción, funciona de maravilla para él hasta que de repente un buen día se despierta con un terrible dolor al que ni siquiera sabe cómo calificar ni describir pero que le paraliza de terror. A partir de ahí su vida ya ha empezado a cambiar, porque se ve obligado a salir de su casa, acudir al hospital, y tomar contacto con otros seres humanos y los resultados son sorprendentes. Se puede decir que un buen donut simboliza a la perfección lo que le empieza a ocurrir; el protagonista entra en una cafetería especializada ellos regentada por un inmigrante con el que congenia inmediatamente y que le aporta una visión muy clara de las cosas. En cierto momento le dice: “En América todo el mundo es alguien. Tienen tanto y todos quieren más. En mi país todos somos don nadie; es más sencillo. Aquí todos intentan ser alguien distinto. Van al médico y se cambian la nariz, se agrandan los pechos…¿Por qué no están contentos de tener una nariz que funciona y un clima siempre bueno?”. Para él, que en aras de una eterna juventud durante años no ha seguido más que una dieta estricta en vitaminas, proteínas y minerales, que no come grasas y de no querer correr riesgos ni siquiera vive ni tiene trato con su hijo, comerse un sabroso donut es entrar en ese estadio del disfrute puro y duro, de los placeres culpables pero deliciosos, del vivir sin paracaídas. Y así comienza a desentumecerse.

Con esta novela me ha ocurrido lo que nunca antes; todos los libros de Homes los devoraba y en ésta me ha costado más que nunca entrar en materia. Siempre había detalles, párrafos, fragmentos delirantes, surrealistas, que me encantaban pero al principio y hasta casi la mitad del libro me parecía que la historia avanzaba muy a trompicones y que el protagonista no era más que un estúpido, muy real y verosímil, pero un estúpido al fin y al cabo, que no merecía tanta atención. Sin embargo poco a poco resulta interesante ver cómo evoluciona y va tomando el cariz de buen samaritano moderno, de un buen hombre genuino y un poco patoso y su interacción con el resto de personajes, a cada cual más peculiar, y con la misma ciudad de Los Ángeles que se convierte en otro personaje. Eso sí, ni proponiéndose escribir un libro optimista A. M. Homes consigue darnos un final feliz, convencional y balsámico; más bien nos deja con la boca abierta y la angustia en el pecho. Y hasta aquí puedo leer.

John Banville – “El mar”. (Anagrama)

He aquí otra novela que explora el territorio del duelo y cómo seguir enfrentándose a la vida tras la pérdida de un ser querido. Es un tema que me atrae especialmente. El irlandés John Banville es celebrado como uno de los maestros de la lengua inglesa y en los últimos tiempos ha adquirido cierta notoriedad por estos lares gracias a esta novela que ganó el Premio Booker en 2005 y a su exitosa incursión en la literatura policíaca bajo el seudónimo de Benjamin Black. Este relato de un historiador del arte que vuelve al pueblo costero en que veraneó de niño para escapar de la dolorosa muerte de su mujer me sorprendió por su estilo tan depurado e intelectual; no sé por qué me esperaba algo más narrativo: “Se supone que la vida, la auténtica vida, es una lucha, una acción y una afirmación inagotable, la voluntad embistiendo con su cabeza roma contra la pared del mundo, cosas por el estilo, pero cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que la mayor parte de mis energías se dedicaron siempre a la simple búsqueda de cobijo, de comodidad, de sí, lo admito, un rincón acogedor(…) Por eso el pasado supone para mí un refugio, allí voy de buena gana, me froto las manos y me sacudo el frío presente y el frío futuro”.

La divagación en torno a recuerdos del pasado ha dado grandes obras en la literatura inglesa. Curiosamente El mar no paraba de recordarme mientras lo leía a Las olas de Virginia Woolf, por su manera aparentemente aleatoria de entrelazar escenas del pasado y del presente, dejándose mecer por el devenir de la marea y añorando con melancolía la pureza de las primeras experiencias, de los deseos y las ilusiones intactas. Y en ambas, el mar como poderosa metáfora.

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Aunque no es un libro que recomendaría a cualquier lector, a mí me ha gustado por su poso otoñal, su existencialismo, su aire triste, sus reflexiones sobre la infancia (“La felicidad era diferente en la infancia. Entonces se trataba de acumular, de coleccionar cosas –nuevas experiencias, nuevas emociones- y aplicarlas como si fueran relucientes azulejos en lo que algún día sería el maravillosamente acabado pabellón del yo”); la creación (“En cualquier caso, a lo que hago tampoco lo llamaría crear. Crear es un término demasiado grande, demasiado serio. Los creadores crean. Los grandes crean. En cuanto a los que somos medianías, no existe la palabra que resulte lo bastante modesta para describir lo que hacemos y cómo lo hacemos”) y las ambiciones vitales, o la manera tan personal en que recordamos sucesos, lugares y personas del pasado. Banville no ensalza a su protagonista y a lo largo de las páginas del libro te debates entre la simpatía y la antipatía hacia él, que habla en primera persona y se coloca a sí mismo a la altura del betún: un diletante, patético, incapaz… Y pese a la dureza de palabras y a la decadencia a la que llega, te compadeces de él, en ocasiones empatizas y te conmueve su sufrimiento. “Siempre he poseído la convicción, inmune a todas las consideraciones racionales, de que en algún momento futuro y sin especificar el permanente ensayo que es mi vida, con sus numerosas malinterpretaciones, sus deslices y pifias, terminará, y la obra propiamente dicha, para la que me he estado preparando siempre y con tanto ahínco, comenzará por fin”.

Hay autores que despiertan especialmente tus deseos de leerlos en su lengua original porque incluso a través de la traducción, intuyes la fuerza y la habilidad que muestran con el lenguaje. John Banville es uno de ellos. Mientras leía el libro no podía dejar de pensar en lo mucho que ganaría leyéndolo en inglés, más aún cuando Banville es todo un estilista y conocedor de la lengua inglesa, e irlandesa, como cuenta en esta interesantísima entrevista de Enric González para Babelia. >

Cormac McCarthy - “La Carretera” (Mondadori)

Ni recién comprada la cubierta del libro es completamente negra. Se trata de un gris muy oscuro, como el del asfalto, y con ligeras imperfecciones. Y sobre ese fondo que lo cubre todo, solo un puñado de palabras, las que forman el nombre del autor -Cormac McCarthy-, en un gris más claro; y las que titulan la obra, La carretera, en rojo. No es una portada a priori muy atractiva pero una vez que uno se zambulle en la lectura de la novela, se da cuenta de que son los únicos colores que quedan en el mundo que el autor describe en esta apocalíptica obra. Porque la historia de La Carretera se sitúa en un futuro no muy lejano, devastado por una catástrofe de dimensión planetaria, que parece no haber dejado sobre la faz de la tierra más vida que la de un reducido número de humanos, entre los que se encuentran un padre y su hijo, que no paran de viajar en pos de su supervivencia.

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Este argumento, que en principio podría asemejar la trama a la de otras populares novelas, tiene en cambio un punto que la diferencia del resto y es la ausencia total de vida, no de grupos humanos, sino de la vida vegetal y animal imprescindible para la supervivencia humana. Así, mientras obras populares como Soy Leyenda (Richard Matheson) o Apocalipsis (Stephen King), plantean la vida post catástrofe con un halo de esperanza, ésta prácticamente no se da en la árida obra de McCarthy, donde sólo existe como la única mentira que en cierto modo se premiten entre sí padre e hijo. Todo, desde la yerma narración, a la descripción sucesiva de acciones similares, e incluso la ausencia de cualquier tipo de explicación de lo sucedido, son mecanismos de los que se sirve McCarthy para hacer al lector participar, con total intensidad, del drama que viven los personajes; al tiempo que para propiciar una serie de reflexiones alrededor múltiples temas como pueden ser las consecuencias de la ambición humana, la fe, o el grado de degradación de las relaciones sociales alcanzado en la sociedad actual. Raro sería el que no encontrara un motivo para la reflexión en una obra intensa y dura, pero de lectura francamente recomendada, situada en un mundo en el que solo quedan dos colores, el gris del paisaje y el rojo, cada vez más escaso, de la sangre.

+ Cormac McCarthy en FdC: "No es país para viejos"

Rafael Reig - "Sangre a borbotones" (Lengua de trapo)

Sangre a borbotones era una lectura que tenía pendiente desde hace tiempo. Las referencias que me habían llegado en forma de críticas y comentarios en el momento en que se publicó me llamaron la atención, pero por unas cosas o por otras su existencia quedó relegada en mi memoria hasta que su autor, Rafael Reig, reapareció en mi horizonte a través de la columna diaria que escribe para Público respondiendo las cartas de algunos lectores (sospecho que más de uno ficticio, aunque bien podría ser real) de manera -la mayoría de las veces- magnífica. De modo que cuando esta vez la portada de esta novela se me volvió a poner al alcance no la dejé pasar. Y la verdad es que el encuentro con el Rafael Reig autor ha sido francamente grato.

Seguir Leyendo... La obra se articula en forma de clásico relato literario, con el detective Carlos Clot como narrador y protagonista recibiendo tres encargos que habrá de resolver en un Madrid futuro, en el que los ciudadanos viajan en bicicleta y hablan inglés (a resultas de la conquista de España por unos EEUU que se vieron "forzados" a invadirnos cuando el Partido Comunista ganó las elecciones). La trama se articula de modo ágil y con aparente sencillez, aunque en todos sus pequeños detalles, tocados de humor negro o de fina ironía según el caso, Reig deja su mensaje; a veces de forma sutil o, como sucede con la reflexión que hace el protagonismo sobre la pretensión de trascendencia de determinados escritores, de modo evidente. Sea como fuere, el caso es que Sangre a borbotones es un libro que, además de suponer fundamentalmente un entretenimiento, consigue dejarte su huella. Y como creo que es lo que Reig pretendía, no puedo más que -además de agradecerle el buen rato pasado con su obra- felicitarle por ello.

Me leí hace poco dos libros que entre ellos no tienen nada que ver, salvo que sus protagonistas son niños. Por otra parte, estos (los libros, quiero decir) tampoco tenían o tienen nada que ver conmigo, o al menos estaban alejados de cualquier cosa que entra en mi órbita de interés en estos momentos. Al primero llegué casi por obligación. Igual que me leí, lo reconozco, en su día, El código da Vinci. Al segundo, por casualidad, por un regalo. Hablo de: El niño con el pijama de rayas y El curioso incidente del perro a medianoche.

He dicho que al primero llegué por obligación, por aquello del márketing. ¿Quién no ha oído hablar de ese libro? Una de esas sensaciones de las que todo el mundo habla y que corren el peligro de no gustarte cuando finalmente caen en tus manos. Fue así, de hecho. El libro me lo leí en un viaje en avión a Londres. Durante las pocas horas de vuelo me lo empecé y cerré sus páginas por última vez en la habitación del hotel esa misma noche.

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Puede que el márketing funcionara en mí con el efecto contrario. No puedo con toda esa sorpresa y misterio que envuelven a la historia. “Aunque el uso habitual de un texto como éste es describir las características de la obra, por una vez nos tomaremos la libertad de hacer una excepción a la norma establecida. No sólo porque el libro que tienes en tus manos es muy difícil de definir, sino porque estamos convencidos de que explicar su contenido estropearía la experiencia de la lectura. Creemos que es importante empezar esta novela sin saber de qué se trata”. Esta parrafada es una nota del editor español que se puede leer en la contraportada. Pues bien. No hay tal sorpresa a mi entender.

Desde el principio, el lector (no creo que tenga que ser muy avispado, aunque sí haber leído algún libro antes en su vida) ya sabe de qué va todo esto. De hecho, es un libro para niños, muy fácil de seguir (su edición original, inglesa, es la rama para niños de Random House). No entiendo a qué viene el histrionismo de la sorpresa. Sin ella, lo que queda, que es lo que realmente importa, es curioso. No aporta nada qu
e no haya visto antes sobre el mismo tema, pero sigue hundiendo el dedo en la yaga de la irracionalidad que envuelve el exterminio judío. Me gusta el juego del escritor que, al poner las palabras en la boca del niño, repite sin parar expresiones del tipo: “Donde Estaba Prohibido Entrar Bajo Ningún Concepto y Sin Excepciones”, para hacer referencia al despacho del padre autoritario, o llegan al lector nombres conocidos de forma distorsionada, como Auchviz o El Furias y su guapa novia rubia.

Un libro para niños, duro de asimilar para aquél que piense que todos los niños o personas viven en las mismas circunstancias de privilegio que él. Una historia para que los pequeños lectores amplíen sus mentes más allá de Harry Potter y todos los mundos de fantasía creados y por crear. Qué poco favor han hecho los de la editorial Salamandra a este libro. Eso sí, seguro que ellos han aprovechado el tirón de su moda pasajera.

Por otra parte, y sin poco más que ver, otro inglés, Mark Haddon, puso en boca de un niño otra situación también dura, compleja y desconocida. ¿Cómo viven y cómo son aquellas personas que padecen el síndrome de Asperger? Es como una especia de autismo, pero con niveles altos de inteligencia, más o menos. Bien, el protagonista de esta insólita historia, la de El curioso incidente del perro a medianoche, es un chico de unos 15 años con este síndrome. Su inteligencia supera cualquier explicación que yo pueda hacer, su memoria es asombrosa, seguramente acabará trabajando sin parar en algún proyecto espacial, pero su nivel emocional, su empatía y su humanidad son casi nulas.

El curioso incidente del perro a medianoche
me tuvo enganchada hasta que me lo acabé. Estuve dando la lata a todos los que me rodeaban con las anécdotas del libro, por curiosas e interesantes, como aquella que cuenta que odia las cosas amarillas o marrones y que no puede ver mezclada los alimentos en un plato. Visto así puede que no tenga mucha gracia, pero os aseguro que el libro tiene momentos para todos los gustos. De hecho, empiezas con cariño por el chico y acabas odiándole por su cruel comportamiento, a pesar de que él no es realmente el responsable.

Lo que me gustó, sobre todo, es su forma. El escritor escogió la primera persona. Así, Christopher nos cuenta cómo son sus días, sus padres, sus vecinos, su escuela especial y cualquier otra cosa. Partiendo del McGuffin del “asesinato” del perro el niño decide escribir un libro, una historia de misterio, y esto es lo que nos llega, pero sin pulir, con sus comentarios sobre que lo va a escribir o los consejos de su profesora.

A. S. Byatt – “La mujer que silba” (Emecé)

Hasta ahora siempre me había ocurrido que en cuanto me acababa de leer un libro, la emoción del final me llevaba a querer hablar sobre él enseguida. Con La mujer que silba no fue así. Lo acabé algo desconcertada y decidí madurarlo, a ver si llegaba a la conclusión que la autora de una manera u otra había planteado. Lo curioso era que a mitad del libro, en muchos pasajes había conseguido impresionarme con sus palabras y recovecos, y las expectativas a lo largo de sus páginas estaban siendo altísimas. Por eso me sorprendió que su final no fuera apoteósico.

Ya me había entusiasmado antes con una novela de Antonia Susan Byatt. Años atrás, Posesión me había embaucado de esa manera enfermiza en que solo lo hacen las grandes novelas, que no puedes dejarlas hasta que llegas a la última página. Dos historias de amor en paralelo, separadas por un siglo y unidas en el amor a la literatura. Con La mujer que silba parecía que me iba a ocurrir lo mismo: varios personajes con experiencias muy diferentes que se entrecruzan en torno a una universidad inglesa en plena revuelta de 1968 y que aportan reflexiones sobre el amor, la revolución, la utopía, la mente, la vida. Bueno, y en cierto modo me ocurrió lo mismo; a pesar de su complejidad, no podía parar de leer, quería saber más y más, aunque esta vez el remate no me resultó tan satisfactorio. Y después de dos meses desde que la terminé, sigo sin tener la sensación de que el círculo se haya cerrado.

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Byatt plantea una novela ambiciosa. Como en Posesión, vuelve a jugar con varios géneros literarios dentro de la misma obra -el cuento, la carta, el monólogo interior-, que asigna a cada personaje como seña de identidad, y hay más de diez que en algún momento adquieren el cariz de protagonistas aunque yo me quedaría principalmente con dos, Frederica Potter y Joshua Ramdsen, por ser las personalidades más fuertes y decisivas en la obra. La primera es una profesora de Literatura de la Universidad de North Yorkshire, divorciada y madre de un hijo que es disléxico y que a pesar de sus dificultades de aprendizaje tiene una madurez y una inteligencia muy desarrolladas para su edad. Cuando empieza la historia ella se encuentra en una encrucijada, la enseñanza ya no parece tener ningún aliciente para ella en un contexto en que únicamente se enarbolan pancartas, se pretende abolir el pasado y se cuestiona la vigencia misma de la educación porque mata la imaginación y constriñe la libertad del inocente ser humano. Este es uno de los enfrentamientos más vibrantes con uno de los líderes de la autoproclamada ‘antiuniversidad’:

“-Bueno, ¿de qué le gustaría hablar?

- Bueno, podríamos hablar de mi idea sobre la educación. Es diferente de la suya. Creo en la importancia de aprender cosas, de conocer cosas. No creo que todo se consiga sin esfuerzo.

-Es usted una persona convencional. Me di cuenta de ello en cuanto la vi. Supongo que ha tenido una enorme cantidad de ello.

-¿Una enorme cantidad de qué?

-De educación.

-Bastante. Fui a la universidad. Estudié literatura. He llegado a la conclusión de que uno consigue pensar mejor por sí mismo cuando tiene una idea de lo que otras personas han pensado y de cómo lo han hecho”.

A lo largo de la novela ella va evolucionando: deja su trabajo para empezar a presentar un programa cultural en la BBC, abandona una tormentosa relación con un joven matemático relacionado con una secta religiosa que se formará cerca de la universidad y conoce a un científico un tanto misógino que al principio le enerva y que paulatinamente se convertirá en un interesante cambio de rumbo para su vida.

En las casi quinientas páginas del libro Byatt aporta interesantes reflexiones en temas muy variopintos y, lo que es más difícil, lo hace de una manera fluida. La memoria y la cognición, el comportamiento gregario en un grupo pequeño, la vida sexual de los caracoles y la genética, la religiosidad, la terapia psicológica. El segundo personaje central que citaba más arriba es Joshua Ramdsen, que luego se hace llamar Josh Lamb. Se trata de un enfermo internado en un psiquiátrico de la zona que posee un enorme poder de atracción entre los que le rodean y que consigue transformar lo que era una terapia de grupo en una secta religiosa que vive aislada en una granja, siguiendo los dictados de su fanático líder. A través de Ramdsen y sus visiones místicas que se hunden en una infancia traumática, leemos sobre San Agustín y sus primeros escritos relacionados con la secta de los maniqueos. Y alrededor de este magnético personaje, también nos encontramos con Wittgenstein, Kierkegaard, la espiral de Fibonacci, John Donne, Carl G. Jung y su Discurso sobre la sombra. Un cúmulo de referencias que nunca resultan excesivas ni desafortunadas, sino que conforman la intensidad intelectual que es La mujer que silba. Sin embargo, es el final, como decía antes, lo que resulta decepcionante precisamente por haber levantado tantas expectativas. Muchos personajes se diluyen en los últimos pasajes y no sabemos qué ocurre con ellos y otros, que habían apenas aparecido adquieren importancia en una conclusión que no es tal. Una novela con ese planteamiento necesitaba un clímax a la altura.

Aunque el escenario parezca muy insospechado a mí me ha resultado muy enriquecedora su lectura y es más, considero que su reflexión sobre la radicalidad por la radicalidad tiene plena vigencia hoy mismo porque, como entonces, vivimos en un mundo en crisis. En una de sus columnas de los miércoles Elvira Lindo comentaba hace poco los últimos actos de boicot a conferenciantes (Rosa Díez, Dolors Nadal, María San Gil) en pleno ambiente de campaña electoral, poniendo como ejemplo algo parecido que le ocurrió a Saul Bellow en un contexto calcado al que muestra La mujer que silba. Como dijo aquel gran escritor estadounidense, “el radicalismo es el último refugio de los privilegiados”.


NOTA: Relacionado con todo esto, y sin voluntad de agotar a nadie con las referencias, recomiendo esta entrevista al filósofo francés André Compte-Sponville.

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