Stieg Larsson - “Los hombres que no amaban a las mujeres” (Destino)

Desde que me dio por leer entero El código Da Vinci, me resisto por sistema a empezar cualquier superventas... hasta que, como en este caso, alguien cercano, con buen criterio y seguramente con menos prejuicios literarios, me convence de lo contrario. Creo que Los hombres que no amaban a las mujeres sigue, merecidamente, en los primeros puestos de ventas desde que diera el salto a las librerías españolas, el pasado junio, desde la editorial Destino.

Si os gusta la novela negra y no estáis buscando leer “una obra literaria mayor” (entre otras etiquetas por el estilo que le han colgado al libro en las contraportadas), sino simplemente una novela cautivadora y fresca, ésta puede ser la vuestra. La primera parte de Millennium, una trilogía que continuará con La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, que saldrá a la venta el próximo 25 de noviembre, ha sido un fenómeno editorial en Suecia (país de procedencia de su autor, Stieg Larsson, cuya biografía profesional y su muerte prematura en 2004, justo después de la última entrega de Millennium, han contribuido a la creación de un mito, con polémica familiar incluida alrededor de su legado literario) y también en otros países europeos como Francia o Reino Unido.

Para desmontar las amplias expectativas puramente literarias que por arte de márketing se han creado en torno al libro baste leer esta crítica como ejemplo, cuyo autor lo explica de forma muy didáctica. Ahora bien, también es cierto que no es el márketing quien ha creado esta intensa saga, ni quien ha conquistado incluso a aquellos lectores que no son aficionados a la novela negra. Según el artículo de Lorenzo Silva en El País, el propio autor estaba totalmente convencido del éxito que tendrían sus novelas. Y acertó.

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Larsson elige muy bien los ingredientes de sus novelas: unos protagonistas nada convencionales, el periodista Mikael Blomkvist (seguramente ‘alter ego’ del autor), de 45 años, vehemente en su trabajo y con una vida íntima un tanto agitada, y Lisbeth Salander, de 24, una auténtica ‘outsider’ que ha llegado –cosas del destino- a convertirse en detective privada y en una joyita de personaje en el que se centrará la segunda novela; algunas pinceladas interesantes sobre la sociedad sueca –como telón de fondo de la historia principal- que distan mucho de dar una imagen complaciente de ésta (en algo ha de notarse que el autor no era un periodista acomodaticio, sino un experto en la extrema derecha de su país que escribió sobre los oscuros lazos que la unen con la política y las finanzas). Según una amiga sueca, adicta a Millennium, y a quien el “no amaban” del título le sonaba mucho más templado que el “odiaban” sueco, el juego con algunos espacios, hechos y personajes reales es un factor atrayente para el público de allí.

En fin, el libro contiene violencia; los hoy más de moda que nunca escándalos financieros; corrupción y poder; oscuros crímenes; una estructura bien definida: historias que confluyen a un ritmo creciente... En las primeras 145 páginas el nudo de la novela está planteado y a partir de ahí no puedes parar hasta zamparte las más de seiscientas que lo componen. Sin embargo, lo que creo que puede haber resultado un gancho fundamental es la total falta de cinismo que a pesar de todos esos escenarios violentos se percibe; no se puede dejar de tener la sensación de que el autor tiene un fuerte, e incluso cándido, sentido de la ética, por supuesto también periodística... Es un optimista y eso, en estos tiempos en los que una se siente tentada a dejarse caer en las garras del pesimismo y de las profecías apocalípticas, se agradece.

Para mí, la lectura de las peripecias de Blomkvist y Salander ha sido como leer un cómic de superhéroes cuyos poderes son, sin embargo, bastante humanos. En fin, un libro muy recomendable para quien pretenda pasar un buen rato y algún que otro muy malo que te hace “taparte los ojos-cerrar el libro” (en Suecia, ya se está rodando la primera parte de la saga), e incluso alguno de desahogo al más puro estilo “chúpate ésa” tarantinesco. A diferencia de El código..., esta novela consigue el objetivo editorial de presentar un producto bastante redondo para un público muy amplio sin que los lectores más exigentes sientan que han perdido el tiempo al cerrar el libro. Yo, al menos, estoy deseando sumergirme en las páginas de la segunda entrega.

Estuve en Londres a principios de 2008 y, como siempre, me recorrí algunas de las librerías gays de la ciudad (es una costumbre que tengo, el turismo de librerías de temática gay vaya a donde vaya, ya que en Valencia la única que había murió años atrás). Llegué a Gay’s The Word -66, Marchmont Street (Bloomsbury, London)- y me encontré con un sitio con mucha historia, ya que lleva abierto desde 1979. Decía esto no por contar la historia de la librería, que estuvo a punto de cerrar en el 2007, sino porque tenía una sección donde recomendaba libros y uno me llamó la atención. Se trata de un librito de apenas 127 páginas, con introducción de Ali Smith y una buena edición. Todo por 7 libras, ya que se trata de una edición de bolsillo de Sort of Books, una filial de The Penguin Group, cuyo lema es: “Publish few but wonderful books” (“Publicamos pocos pero maravillosos libros”).

Fair Play de Tove Jansson resultó ser una verdadera sorpresa cuando finalmente me lo leí, unos meses después. No tenía ni idea de quién era esta mujer, que murió en 2001, pero la frase que la editorial destaca en la portada no puede ser más cierta. “A book about love –tender, eccentric and fiercely independent. It feels a privilege to read it” (“Un libro sobre el amor –ternura, excentricidad e independencia feroz. Es un privilegio leerlo”).

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Y realmente lo es. Un privilegio, digo. Porque la autora nos mete en la intimidad del hogar, en la intimidad de la vida de pareja, en la intimidad del trabajo. Historias encadenadas, donde a penas hay acción, pero donde no dejan de ocurrir cosas: estas mujeres trabajan, comen, ven películas, pescan, pasean por la isla, se quedan atrapadas en la niebla, viajan a un Estados Unidos profundo donde son como extraterrestres... En definitiva, una novela con tintes autobiográficos, seca y austera, pero terriblemente dulce y tierna, donde conoces dos mujeres que han compartido su vida y su trabajo y que están ya en el final de sus días, sin que esto las limite y cohíba en su actuación, en su devenir, en su disfrutar. “Fair Play could in fact be called a novel of friendship, of rather happy tales about two women who share a life of work, delight and consternation. They are very unlike each other, but perhaps that is why they manage to play the game successfully, with patience and, of course, a great deal of love”, sintetizó la autora en la portada original del libro. Junto con la historia, Sort of Books (que traduce la obra por primera vez al inglés) introduce también una serie de fotos de la vida de estas mujeres, trasladando al lector el tono de la vida que llevaron.

Y, ¿quién fue Tove Jansson? Se podría resumir, tal y como explica la página de la editorial, como la creadora de Moomin stories (hay un museo en su honor en la ciudad finlandesa de Tampere), una serie de libros infantiles, creados e ilustrados por la escritora que han sido traducidos a 35 idiomas. Jansson (1914-2001) era finlandesa, pero su idioma era el sueco
(minoritario en Finlandia, una comunidad que habita en Helsinki), y vivió en Klovharu, una pequeña isla junto a quien fuera su pareja desde los años 60, la artista gráfica Tuulikki Pietilä. Además de libros infantiles e ilustraciones de otras novelas, como The Hobbit o Alicia en el país de las maravillas, Tove escribió relatos, recopilados por esta editorial también en The Summer Book y The Winter Book. Fair Play es su última novela, escrita cuando la autora tenía setenta y cinco años y que se publicó por primera vez en 1989 (Rent Spel, editorial Schildts).


Tras irrumpir en el mercado literario nacional con dos novelas ambientadas en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el sevillano Andrés Pérez Domínguez acaba de ver publicada la obra con la que se erigió vencedor de la edición 2007 del Premio Luis Berenguer de novela. El Síndrome de Mowgli (Algaida '08) es su título y encuentra su acción en la España actual, en la que un ex boxeador metido a matón, verá como su vida da un giro con la reaparición de un viejo amor, que le llevará tomar una serie de decisiones que pueden acabar con su vida. Una novela de ambiente negro, pero con la pasión y la redención como principales motores de su historia.
(Fotos: Susana Alfonso)

El Síndrome de Mowgli me ha parecido, por su estructura, una especie de juego en el que proporciona al principio las mínimas pistas para que el lector, junto al protagonista, no conozca la imagen completa hasta el final.
Sí. Al principio del libro, en el prólogo, pretendo establecer las reglas del juego, que el primer capítulo sea una especie de obertura anunciando lo que va a pasar. De hecho, presento el final. Y a partir de ahí sí voy proporcionando el resto de piezas del puzzle, aunque también me gusta dejar espacios en blanco, porque, haciendo un símil con la pintura, dejar espacios en blanco es también un modo de pintar. A veces no contar es la mejor manera de contar algo.

Un libro es todo, y éste, desde la portada, tiene pinta de novela negra. No obstante, a mí me ha dado la impresión de que no lo es, sino que cuenta una historia ambientada en un clima que sí podríamos calificar de “negro”.
Yo la verdad es que no creo mucho en la clasificación por géneros. Es algo que obedece al mercado, que tiene que catalogar de alguna manera todo. Antes de que esta novela se publicara, ya salieron dos mías, La Clave Pinner y El factor Einstein, que están protagonizadas por espías y ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, pero para mí no eran novelas de espías. Para mí lo importante son los sentimientos de los personajes. ¿Esta novela se puede calificar como novela negra? Por mí no hay problema en cuanto que el protagonista es un ex boxeador, hay mujeres fatales, persecuciones, el submundo del hampa… Pero es sobre todo una novela de sentimientos. Y al igual que las anteriores, tiene unas características que son comunes con ellas: la redención, la traición…

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Debe ser un reto crear esa ambientación.
Yo me documento mucho para las novelas. En ellas sólo se ve la punta del iceberg, pero todo lo que hay debajo es muy importante. En ésta, como el protagonista es ex boxeador, he tenido que documentarme mucho, ver muchos combates, leer muchas biografías, conocer las reglas del boxeo, para saber cómo puede pensar un personaje. Porque lo bueno es que las metáforas en las novelas tengan que ver con el tema que estás tratando. Y como el que narra es el boxeador esto era muy importante. Pero es algo que he hecho también en mis otras obras, porque me gusta mucho documentarme y enterarme de las cosas, pero también porque creo que es algo que después el lector agradece.

La historia la narra el protagonista, que tiene ínfulas de escritor. Eso no es casual.
No, eso justifica que sea capaz de narra la historia en forma de novela. Ésta está escrita con un lenguaje sencillo, lo cuál tampoco es fácil porque requiere un proceso de depuración, pero sí que necesitaba que el personaje tuviera cierto interés literario para que resultara creíble que se expresara bien. Por otro lado, para que el personaje pueda resultar atractivo al lector, además de ser un matón, es un tipo de buen corazón y tiene ese gusto por la cultura.

Como comentó antes, El Síndrome de Mowgli es su segunda novela, pero salió publicada antes la tercera. ¿A qué se debe ese retraso?
El motivo de esto es que Roca Editorial, el sello que publicó La Clave Pinner, quería que la segunda tuviera un estilo similar a ésa, pero yo no quería que fuera así. De modo que escribí ésta, la dejé aparcada, y posteriormente me puse de nuevo a escribir una trama con un trasfondo de espionaje que acabó siendo El Factor Einstein. Y cuando finalmente El Síndrome de Mowgli ganó el premio Luis Berenguer el año pasado, ya tenía en marcha la edición de El Factor Einstein por lo que ésta acabó saliendo la última.

Pero con un premio literario. ¿Ha notado que esto haya insuflado una vida comercial distinta a esta novela?
Los premios no son más que reuniones de gente que deciden que tu novela les gusta más que el resto. La novela no es mejor ni peor por ganar un premio, pero sin duda ganarlo supone una mayor promoción para ella. En el mundo literario es muy difícil llegar a las estanterías de las librerías y de mantenerse ya no te digo nada, por lo que un premio siempre ayuda. Además, éste es uno de los premios literarios más importantes de Andalucía y estoy muy orgulloso de haberlo obtenido.

Viendo su ritmo de trabajo, imaginamos que estará ya trabajando en su próxima obra.
Así es. La verdad es que nunca paro de trabajar. He tenido la suerte de ganar certámenes de narrativa breve y tengo bastante material en este sentido para ir publicando, aunque sea más difícil hacerlo dignamente. Por eso se va acumulando un poco el material, pero espero que algo salga en breve. A mí se me han juntado dos novelas en un año, pero fueron escritas con bastante tiempo entre ellas. Yo personalmente desconfío de quien pueda escribir dos novelas en un solo año. Creo que es imposible si se desea que el libro tenga calidad.

Y más en un país como éste en el que es tan complicado vivir de la escritura.
Es muy difícil. Yo siempre digo que intento vivir de literatura y alrededores (risas). Yo he llegado a los medios de comunicación gracias a los libros que he publicado, los premios que he ganado, etc. Pero vivir de la literatura, vivir bien de ella en este país, sólo lo hace un número escritores que puedo contar con los dedos de una mano. Y me sobran varios (risas). Los demás vamos intentando trampear como podemos. De todos modos no creo que sea conveniente escribir demasiados libros. A mí, cuando me gusta un autor en particular, me gusta esperar ansiosamente su próxima novela.

Y sus seguidores, ¿en qué ámbito verán ambientada su próxima entrega?
Pues tal como se han ido publicando las anteriores, no me atrevería a decirte cuál será la próxima que vea la luz. Estoy escribiendo una novela de la que voy ya por el segundo borrador, que tendrá como marco la posguerra de la Segunda Guerra Mundial y en la que voy a homenajear a los españoles de Mauthausen; pero también tengo por ahí una novela corta que escribí el año pasado y algunos libros de relatos, de modo que no te puedo asegurar qué será lo primero.

De nuevo la guerra. ¿A qué se debe esa fijación?
Quizás a que la guerra y lo que se mueve a su alrededor, al igual que el boxeo, es un terreno muy novelesco, que exacerba las pasiones. Y eso para mí es muy importante, porque mis libros hablan sobre todo de la pasión de los personajes. Ponerlos en situaciones límite me resulta muy importante para el tipo de novelas que quiero hacer, que aunque están ambientadas en conflictos bélicos, no son novelas de tiros o de acción. En este sentido John Le Carré o Graham Greene serían mis principales referentes y es un placer que se les reconozca ya como autores de calidad, independientemente de ser autores de novelas de intriga. Que por cierto, no deja de ser fantástico, porque hace las novelas entretenidas.

Qué lástima que deba pasar el tiempo para que se reconozca la valía de autores que fueron despreciados por el mero hecho de entretener.
Hay muchos prejuicios y, aunque digan que no, en España los sigue habiendo. Uno parece que tiene que disculparse cuando hace una novela entretenida porque parece que no debería ser así. Yo lo que no puedo contar durante trescientas y pico páginas que siente el protagonista cuando se ve la nariz rota en el espejo, porque eso sería insoportable, al menos para mí como lector.

Hay quien lo hace.
Muchos, y sus libros aparecen con muchas estrellitas en las críticas de los suplementos literarios. Eso me parece muy respetable, pero no es lo único. Para mí una novela ha de ser entretenida y, si puede ser, tener un valor añadido. Ha de tener un valor moral, otra serie de cosas que al lector le puedan ayudar, debe dejar un poso después de leerla. Yo siempre lo intento y espero sinceramente haberlo conseguido.

John Connolly - "Els Turmentats" (Bromera)

Éxito editorial. Autor reputado. Personaje carismático. Cuando en una novela negra reciente se juntan todos esos ingredientes, el libro del que se hace referencia suele responde al mismo patrón: una obra perteneciente a una serie de varias protagonizadas por el mismo personaje. Ya hemos hablado de ello en comentarios anteriores e inevitablemente sucederá en adelante. No es algo nuevo en un género infravalorado, incluso por parte de sus propios autores, y no va a dejar de utilizarse mientras siga siendo rentable para autores y editores, y tolerado por el público. Si a eso le sumamos el éxito comercial que de nuevo disfruta la novela negra, no es de extrañar que el número de escritores que trata de colocar a su creación entre los más celebrados no deje de crecer. Una de las incorporaciones más populares de los últimos años es la de el detective Charlie Parker, hijo de la mente de John Connolly, que naciera para el mundo editorial en 1999 en la novela Every Dead Thing. No obstante, la primera que ha caído en mis manos de la serie que protagoniza es esta Els Turmentats (publicada también en castellano como Los Atormentados por Tusquets) que supone la sexta y última aventura protagonizada hasta la fecha por el detective con nombre de martir del jazz.

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"¿Y se puede empezar por aquí?" sería la primera pregunta a la que cabría dar respuesta. Sí, se puede. Un servidor lo ha hecho y se ha enterado de todo, aunque es cierto que ha de atar cabos cuando han irrumpido en la historia determinados personajes cobrando una importante relevancia a pesar de no ser descritos (lo que evidencia que son habituales de la serie). Ése podría ser el mayor handicap de la lectura de esta novela para los no iniciados en la saga protagonizada por Parker, o no acostumbrados a este tipo de usos muy propios por desgracia de la novela de este género, que podrían quedarse estupefactos ante estas irrupciones injustificadas. Porque cabe señalar que son éstas las que resquebrajan, a mitad de obra, la solidez de una novela que empieza de un modo sencillamente magistral , presentando en una especie de relato de terror al que será uno de los protagonistas. Y es que cabe señalar, por si alguien no lo sabe, que es ese ingrediente terrorífico o inspirado en los llamados fenómenos paranormales el que aporta el grado diferencial a las novelas de Connolly. El resto no deja de encajar con uno de los modelos típicos -detective solitario, mordaz e irónico, ayudado por amigos que transitan por el borde de la ley- del imaginario pulp, aunque empleado eso sí, con la suficiente maestría como para garantizar más de un buen momento al aficionado. No obstante, pese a la ruptura de la tensión dramática que se produce cuando entran en la historia algunos secundarios habituales, el interés no llega a decaer en ningún momento en una Els Turmentats; que si bien no puede erigirse por sí sola como una obra cumbre o significativa del género, sí creo que satisfará tanto a los habituales seguidores del autor, como a los que se acerquen a ella buscando la tensa evasión que las buenas novelas del género proporcionan. Bueno es.

La maestría se puede encontrar en los envoltorios más pequeños y delicados. Cuando preparaba mi viaje a Nueva York en junio pasado rescaté de la estantería un librito que me había entusiasmado años atrás. Conocí de su existencia por una referencia que hacía Carrie Bradshaw en uno de los capítulos de Sex in the city y la búsqueda del tal E.B White traducido en España no resultó tan infructuosa como suele serlo gracias a la colección Paisajes Narrados de Editorial Minúscula, empeñada en rescatar precisamente este tipo de joyitas.

Nueva York concederá el don de la soledad y el don de la intimidad a cualquiera que esté interesado en obtener tan extrañas recompensas”, con estas magníficas líneas comienza Esto es Nueva York, un ensayo que su autor escribió por encargo en 1948 para una revista de viajes y que enseguida adquirió la dimensión de clásico. Estamos hablando de un género, el del ensayo literario, muy cultivado desde siempre en la literatura anglosajona en multitud de revistas, y que tiene en el New Yorker su buque insignia. En aquella época White alternaba con colegas como Dorothy Parker, Flannery O’Connor o Saul Bellow. Imagina ir al kiosco a comprar tu revista favorita para leer un relato inédito de Toni Morrison o un ensayo de John Updike sobre la repercusión del efecto Palin en la campaña de McCain. En Estados Unidos o Reino Unido es de lo más cotidiano. Para mí es una de las ideas de la felicidad.

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E. B. White consiguió destilar en apenas cincuenta páginas una visión certera de la gran urbe contemporánea por excelencia: “La isla de Manhattan es sin ningún género de dudas el mayor concentrado humano de la tierra, un poema cuya magia se hace comprensible para los millones de habitantes que residen en ella de forma permanente, pero cuyo significado completo siempre se nos escapa”. Cuando lees (en un suspiro) su apasionado retrato de la ciudad entiendes perfectamente por qué es uno de los referentes literarios para todos los que aman esa ciudad y por qué gozó de una renovada repercusión tras el 11-S. White muestra con emoción pero rudeza al mismo tiempo lo que significa esa ciudad que provoca tal fascinación, tan vital como voraz. “El cambio más sutil que ha experimentado Nueva York es algo de lo que la gente no habla demasiado pero que está en la imaginación de todos. La ciudad, por vez primera en su larga historia, se ha vuelto vulnerable (…) La intimidad con la muerte forma ahora parte de Nueva York: está en el sonido de los reactores en el cielo y en los negros titulares de la última edición”. White cuenta en el prefacio que cuando se le pidió una revisión del texto para su publicación en forma de libro se sintió incapacitado: “Para poner Nueva York al día habría que publicar a la velocidad de la luz (…) Tengo la impresión de que es un deber del lector, y no del autor, poner al día Nueva York; y confío en que hacerlo será más un placer que un deber”.

A veces hay que conformarse con lo bueno conocido. En mi ansia por documentarme más sobre la ciudad a la que viajaba caí en la tentación comprándome este otro libro. El coloso de Nueva York y
su autor Colson Whitehead se encuentran en las antípodas de todo lo que he dicho anteriormente. A pesar de que su extensión apenas roza las doscientas páginas fui incapaz de terminarlo, espantada de su prosa relamida y rimbombante, con muchas pretensiones intelectuales pero nula capacidad de contagio o de emoción. Whitehead abusa hasta la extenuación de la –supuestamente cómplice- apelación al lector con la segunda persona del singular: “Tarda un rato en ver a la anciana y cederle su asiento. La embarazada, el hombre de la pierna herida. Una mala suerte, su buena educación. Córrete. Aléjate del borracho apestoso. Es solo el envoltorio de un caramelo pero nadie lo toca por miedo a lo que pueda contener y por tanto queda un asiento vacío en un vagón de metro atestado. Descubres un asiento libre pero cuando te acercas está manchado de refresco. En la parada siguiente alguien lo ocupa y te sientes culpable por no avisarlo pero en realidad no es asunto tuyo.

En la cubierta se pueden leer frases extraídas de grandes cabeceras periodísticas con críticas muy favorables; incluso hay una que lo califica de ‘perfecto homenaje al clásico de E.B. White’. A lo mejor estoy siendo demasiado dura y simplemente no conecté con lo que quería transmitirme el escritor. Yo lo veo un ejemplo claro del quiero y no puedo. Y para homenajes, más emparentado con el clásico de White encuentro yo a Enric González y sus Historias de Nueva York.

Art Spiegelman - "Maus" (Mondadori)

Desde hace unos años, cuando se habla de cómic para adultos o de (el controvertido término de) novela gráfica, la cita a Maus parece inevitable. La obra de Art Spiegelman tiene todo para ser así, desde el trasfondo histórico de su relato, que narra parcialmente la historia de un superviviente judío de los campos de concentración nazis en la Segunda Guerra Mundial, al hecho de que se trate del primer y único cómic en obtener el estadounidense premio Pulitzer. De él se ha dicho, por tanto, de todo, y generalmente todo excelente. Sin embargo, para mi sorpresa, los puntos que hacen brillante esta obra para mi opinión no son precisamente los que se suelen destacar en la mayoría de comentarios a los que he tenido acceso, mientras que el que es a mi parecer su punto negro más notable es pasado por alto prácticamente siempre -por no afirmarlo rotundamente- en todos ellos. Así pues, sin redundar en exceso en las bondades ya comentadas sobre Maus en la mayoría de sus críticas, pasaré a comentarles mis discrepacias o variantes sobre el consenso general.

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Y empezaré señalando el detalle que ensombrece esta obra de Spiegelman, y que no es otro que el que deviene de la usurpación para una historia dramática de la animalización habitual del cómic de humor entre el gato (que suele encarnar al malo cómico) y el ratón (que es a su vez el bueno e inteligente). El problema es que ésta, que es una idea artística
en principio brillante, deja de serlo cuando uno ve que los gatos no encarnan a los nazis y los ratones al resto de la humanidad, sino que sólo son ratones los judíos independientemente de su nacionalidad, mientras que los polacos son cerdos, los franceses ranas o los americanos, perros. Este detalle de que los judíos tengan un nexo de sangre que les constituya en nación propiamente dicha (que mucha gente dará por válida porque es una mentira comúnmente aceptada), es un error de bulto, y bastante notable. Que los judíos sufrieran esa tragedia no da carta de verdad a su fe, como a través de esa animalización sugiere el cómic*.

Superado este importante detalle -que en mi caso casi acaba provocando la interrupción de la lectura de la obra-, uno se adentra en el cómic de Spiegelman y se encuentra con un relato doble; por un lado el del drama vivido por el padre del protagonista en Polonia, Alemania y sus campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial; y por otro con el de la relación entre el protagonista y su padre, al que intenta arrancar esta historia para poder contárnosla. Lo primero es, pese a lo que se ha dicho en bastantes ocasiones, bastante convencional (se ha escrito y filmado tanto sobre el Holocausto que es difícil contar algo nuevo), a excepción de un detalle de trasfondo que se acrecienta en la segunda mitad del volumen: la sensación que desprende el relato del padre, de que son los prisioneros más astutos y con una moral más laxa, los que tuvieron más facilidades para sobrevivir, mientras que los judíos más inocentes y solidarios, los más blandos, fueron los primeros en perder la partida. Es ése detalle el que introduce una novedad importante en lo escrito sobre este drama y el que, unido a la segunda parte del relato, la que nos habla de la especial relación entre el dibujante y su padre, el que hace de este cómic una pieza ciertamente reseñable. Y es que, al margen de dejar por escrito el drama vivido por sus padres, Spegelman ofrece un melancólico retrato de la figura de su padre, a través del cuál recuerda que el hecho de haber sido víctima de una tragedia de semejante magnitud no le convierte, ni a él ni a sus iguales, en personas perfectas e infalibles. Quizás la principal lectura de una obra controvertida pero absolutamente recomendable por su riqueza de matices.

*El autor justificó esa animalización de mil maneras para atajar las escasas críticas que recibió en este sentido cuando se publicó la obra (como podrán comprobra si leen este brillante análisis), aunque a mi parecer son todas bastante peregrinas.


Albert Sánchez Piñol - "La pell freda" (Edicions La Campana)

Ya hace unos años que empecé a oír hablar de esta novela, una de ésas que tiene un argumento original, se publica en una editorial pequeña y que de repente pega el bombazo. Dice la contraportada que nunca un libro escrito en catalán había protagonizado una salida tan fulgurante en el ámbito internacional. El boca a boca es la mejor arma de marketing literario y con ella ocurre una cosa maravillosa: es imprevisible, incontrolable, espontánea; hace que todavía quepa la sorpresa en el calculado mercado editorial. Porque, ¿qué hace que de pronto una historia fascine a tal cantidad de editores de distintos países y a tantos lectores? Un estudio sociológico al respecto me parecería fascinante y, por otro lado, sería muy codiciado por los últimamente tan en boga scouts literarios.

¿Y qué tiene La pell freda para captar tantas miradas? Una historia de tipo fantástico, con uno de esos arranques espectaculares en que no sabes por dónde te va a llevar el autor aunque el paisaje promete: un hombre viaja en un barco hacia una recóndita isla del Atlántico Sur, cercana a la Antártida, con la voluntad de dejar atrás su pasado. “Mai no som infinitament lluny d’aquells qui odiem. Per la mateixa raó, doncs, podríem creure que mai no serem absolutament a prop d’aquells qui estimem. Quan em vaig embarcar ja coneixia aquest principi atroç. Però hi ha veritats que mereixen la nostra atenció, i n’hi ha d’altres amb les quals no ens convenen els diàlegs”.

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He dicho que es una novela fantástica. Yo no soy una asidua lectora del género aunque me despierta curiosidad sobre todo si se trata de algo tan rematadamente bien escrito y con el inevitable poso de factor humano que toda buena historia tiene que tener para mí. Aquí te sorprendes cuando en los primeros capítulos vas conociendo más detalles, aunque pocos, de la vida anterior a la isla del protagonista. Digamos que es llamativo el background político de Kollege y, por cierto, muy interesante el enfoque cultural del problema. A lo largo de todo el libro, que básicamente devoras, te vas encontrando los tres o cuatro giros narrativos necesarios para mantener bien alto el listón y engancharte en el desquicie del protagonista y de sus pocos compañeros de aventura (Battís Caffó, Aneris, el triangle…) hasta llegar a un final más metafísico que vibrante. Me gusta mucho esa combinación que hace Sánchez Piñol de imaginación y creación de extrañas criaturas con la disección del alma humana, sus debilidades, sus contradicciones, sus luces y sus sombras. No es cualquier cosa.

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