Robert Juan-Cantavella - "El Dorado" (Mondadori)

Un escritor seguidor del periodismo gonzo -o que trata de llevarlo más allá- recibe el encargo de una de las revistas para las que trabaja de realizar un reportaje sobre las vacaciones en la costa de una familia media de la meseta española, y éste, leyendo en el encargo una segunda misión velada -la de encontrar "El Dorado" en estas tierras- acabará recalando, primero en Marina D'Or y después en el Encuentro Mundial de las Familias que llevó al sumo sacerdote católico Benedicto XVI a Valencia hace unos años. Ése es el argumento básico de El Dorado (Mondadori, '08), y servidor, valenciano y por tanto "víctima" de los dos escenarios de la trama, no necesitaba más para volcarse en su lectura, con el fin primero y principal de ver qué punta sacaba de ella el joven Robert Juan-Cantavella desde tan particular perspectiva.

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Y el resultado es, cuanto menos, interesante, y al tiempo, poco habitual. Porque si en principio El Dorado se constituye como un diario del protagonista en su proceso de realización del reportaje, pronto pasa a convirtirse en un collage en el que se mezclan realidad y ficción, donde cabe la denuncia más seria y la fantasía más delirante y gamberra; y todo ello acompañado de su guía de montaje, en la que caben desde una entrevista con el protagonista (alter ego del autor en algunas publicaciones) a la explicación de cómo éste habría podido construir la obra (algo que podría ser también falso, pero que encaja demasiado bien con la sensación que transmite el libro como para serlo). Con todos estos elementos Cantavella construye una obra que, pese a todos sus atractivos (especialmente el metaliterario y el del juego realidad ficción), no acaba de tener el cuerpo que sería deseable, aunque se sigue con la curiosidad de saber qué sucederá después, especialmente por parte del público afectado -como un servidor-, que se sorprenderá por ver muchos guiños a sucesos que sucedieron en realidad y en los que se ven implicados los personajes. No obstante, es en la distancia del no conocedor de esa realidad paralela donde debe funcionar toda novela, y quizás no sea mi voz la más indicada para dilucidar si ese engranaje lo hace aquí. Quizás ya lo haga, pero si no es así, espero que el autor no desfallezca y reincida en la propuesta, pues el camino emprendido, insisto, es ciertamente interesante.

Ray Loriga: "Los escritores somos competitivos y bastante mezquinos"


Después de unos años en los que se le ha podido ver más centrado en su carrera cinematográfica, ya fuera como director o como guionista, el madrileño Ray Loriga regresa a la escena literaria con su primera novela en cuatro años. Ya sólo habla de amor (Alfaguara '08) es su título y, aún manteniendo muchos de los rasgos de la obra de su autor, supone un nuevo paso adelante del autor de Héroes o Tokio ya no nos quiere, que abandona los entornos urbanos y sus personajes para centrarse en la batalla interna que vive un hombre acomodado, que acaba de perder el amor.

Tras unos años en los que ha estado muy ocupado en otras facetas, regresa a la literatura con Ya sólo habla de amor, una obra muy íntima. ¿Cómo surge esta novela?
Concretamente surge a partir de una conversación previa sobre literatura, sobre una conferencia que debería haber realizado en Suiza acerca de la derrota como tema central de la literatura centroeuropea del siglo XX y sobre la figura de Robert Walser. A raíz de aquella conferencia empecé darle vueltas a la idea de derrota, a pensar en qué paisaje era ése. Y para la novela elegí la derrota amorosa, para hacer una reflexión sobre el territorio que rodea a lo que habitualmente definimos con una sola palabra, que es la derrota, aunque es un paisaje tan rico y tan complejo como cualquier otro.

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Y aquella conferencia, idéntica a la que su personaje se plantea no realizar, ¿llegó usted a darla?
Pues no. Me llamó Enrique Vila-Matas, que era el primer encargado de darla, para que le sustituyera, y aunque a los organizadores les encantó la idea, tampoco pude acudir finalmente. A partir de esta peripecia es cómo surgió el personaje de Sebastián.

El tono de la novela es de nuevo melancólico, y su protagonista, como dice, un derrotado, aunque eso es habitual en su obra, plagada de perdedores que afrontan su situación con entereza.
Con heroísmo diría yo (sonríe).

¿Pero cómo es que siempre son así los personajes de sus obras?
No lo sé. Aunque es cierto que mis novelas son muy diferentes entre sí, es cierto que suelen protagonizarlas figuras aisladas enfrentadas a un paisaje móvil. Suelen ser gentes con intereses divergentes a los intereses generales y que construyen su propio mundo; personajes que desde fuera pueden ser vistos como derrotados, pero que en su mundo continúan peleando de una manera épica.

¿Y hay en su mente algún personaje que no entre dentro de este patrón que pelee por salir, o es que no le parecen tan interesantes como estos?
Supongo que son los que más me nacen, que quizá sea lo que menos cambie en mi obra, pese a que cada novela ha cambiado de escenario o las ha habido protagonizadas por varios personajes. Seguramente tengan eso en común. Uno es el escritor que es y al final hay temas a los que siempre vuelve.

Como comenta, los escenarios siempre han cambiado en sus novelas, pero esta vez es la primera que el escenario no es urbano. Imagino que la elección no fue casual.
Sí, la elección de la embajada fue para darle un toque demodé a esta historia de amor a la antigua. La idea de la embajada, los espejos, el baile en el que él no participa, era el escenario propicio para ella.

Ese cambio es, de todos modos, más anecdótico que el narrativo, en el que llama la atención el empleo de la tercera persona para narrar los pensamientos del personaje, hasta el punto de que en ocasiones parece constituir otro.
Sí, es una falsa tercera persona, que está tan cerca de la voz del protagonista que a veces se confunde. Realmente son difíciles de separar. La idea de emplearla me surgió de una manera muy rápida y natural. Necesitaba un paso atrás para observar a este tipo y poderme reír de él o tenerle compasión; el mirarlo desde fuera me permitía poderle pegar mejor luego.

No obstante, con las similitudes que planteaba al principio entre su vida y el personaje, podría ser tomada también como un modo de distanciarse de lo que cuenta.
Sí, hay detalles como la conferencia, que el personaje sea un escritor, que guardan similitud conmigo; pero sin embargo hay muchas cosas de la dinámica de Sebastián que le son propios. Es más, salvo estos detalles, nada de lo demás ha sucedido nunca. Lo que es innegable es que las reflexiones y muchas de las emociones que habita este personaje sí las he conocido. Es un personaje muy cercano a mí, pero tanto como los del resto de mis novelas y aquellos con quienes se encuentran. El yo, como todo escritor sabe, no es más que un artefacto literario.

El libro, pese a no ser muy extenso, me ha parecido especialmente denso en su primera mitad, recargado de reflexiones alrededor de una misma situación.
Sí, como escritor creo que he ido evolucionando hacia otro lugar, no sé si mejor o peor. Antes quizás funcionaba más por flashes, por imágenes rápidas, buscando impactos breves; y ahora trato más desarrollar un tema. Es más circular, la prosa es más enredada y las frases se relacionan unas con otras hasta el punto de que se juntan seis o siete páginas hasta que la idea se posa. Quizás por eso tampoco le di una longitud más exagerada, precisamente porque era muy denso en cuanto a contenido.

¿Le ha influido eso a la hora de escribirlo?
Puede que sí haya escrito más despacio que en otras ocasiones, ya que me ha tocado muchas veces volver a repasar los matices de cada pensamiento, de cada idea, hasta que todo encajaba de un modo matemático dando el resultado que yo esperaba.

Finalmente, el resultado ha visto la luz esta semana. ¿Siente algo especial cuando llega el momento del estreno?
La verdad es que no. Con los años eso se pasa. Eso sí, la que no desaparece es la sensación de pánico a la hora de cerrar el libro, cuando va a imprenta y ya no se puede corregir más. Ahí sí que tengo una sensación de vértigo muy íntima. Cuando llega a la calle ya no sufro.

¿No piensa en cómo lo recibirán sus lectores?
No, no me hago muchas ideas preconcebidas sobre reacciones del público, ya sean mis lectores más habituales o los que me descubran con mi última obra.

Decía que en el personaje de Sebastián sólo había algún detalle suyo. Me pregunto si podría haberlo en ese punto de humor, de los pocos que ha repartido esta vez por la obra…
Sí, esta vez están muy elegidos.

…en el que dice que el protagonista lee las críticas de sus colegas escritores…
Esperando que sean malas (risas). Sí, hay algo de eso. Me río un poco del personaje de escritor porque, bueno, aunque tengo algunos amigos escritores y les deseo buenas críticas, todos los escritores tenemos ese punto mezquino de alegrarnos a medias del éxito de los demás. Somos bastante competitivos y bastante mezquinos. Y por eso me río de ello, para sacármelo fuera.

Estará entonces al corriente de lo que sucede en la escena nacional.
Tengo tres o cuatro amigos escritores con los que suelo cenar y a veces coincidimos con más, sobre todo en foros literarios, por lo que al final nos conocemos casi todos. Sí, estoy un poco al tanto de lo que va saliendo.

Entonces habrá leído que desde hace meses se habla de una nueva hornada de escritores jóvenes, al igual que se habló de una cuando irrumpieron usted, Mañas, etc. ¿Le libra esto de ser tratado ya como un escritor generacional?
Yo me siento muy bien tratado tanto por las editoriales como por la crítica en general, aunque siempre haya algún libro que guste más o menos; pero tanto aquí como en el extranjero me siento en una posición envidiable que no hubiera soñado cuando empecé. En cuanto a los nuevos, sí, es un alivio que salga gente nueva. El otro día precisamente leí un artículo sobre esta generación y lo único que me chocó es que tenían todos mi edad más o menos (risas). Pero sí, he leído algunas de sus obras y una parte me ha gustado mucho.

Siente entonces por su parte que está superado aquél encasillamiento.
Sí, creo que afortunadamente he conseguido vallar mi pequeño jardín, sea el que sea, y que no hay que buscar ya referencias en cosas superfluas.

Una señal del respecto que se tiene a su obra es que se reedite ahora al completo. ¿Cree que sorprenderá a sus nuevos lectores descubrir sus primeras obras o ya estaba entonces el autor que es ahora?
Yo creo que sí. Es una buena sensación que se siga cuidando y respetando por parte de una editorial tu anterior catálogo, porque si es difícil publicar, más lo es que tus libros sigan vivos, vigentes.

¿Y le da algo de pudor?
Sí, hay cierta dosis de pudor, pero hago el ejercicio mental de no juzgar al escritor que era antes porque no soy quién para hacerlo. Si a los lectores les gustaron equis libros lo respeto, al igual que la opinión de la crítica, sea favorable o no. No le doy demasiadas vueltas.

Hablábamos al principio de que el libro llega tras el rodaje de su segunda película, ‘Teresa, Cuerpo de Cristo’, que fue un proyecto muy importante para usted.
Sí, fue un proyecto muy personal, aunque desde fuera pueda parecer que me quede lejano, por el tipo de película, el empaque histórico y demás; pero sí, para mi fue muy personal.

Y desde la distancia, ¿cómo ve el resultado? ¿Quedó satisfecho con su repercusión?
Bueno, el cine es un negocio y hay ciertas cosas que se escapan de tu control, pero la película tuvo una acogida buena tanto de crítica como de público. No obstante, esto del cine son habas contadas. Hay un número de copias, una inversión en promoción, y el éxito se mide en relación con todo eso. Y yo creo que ahí la película funcionó como debía funcionar.

¿Tiene en mente entonces volver a trabajar en nuevos films?
Sí, estoy ahora mismo con un guión ya comprometido con un productor, pero no sé si para dirigirlo yo, aunque posiblemente sí. Ahora está en fase de desarrollo.

Escribir guiones le supondrá un descanso, porque es muy diferente a lo que suele hacer en sus obras.
Tener la suerte de pasar de un estilo a otro sin duda es una suerte, porque es un descanso de ambos oficios. Siempre vuelvo con muchas ganas a la novela después de una película, y después de una o dos novelas sí me gusta sacar de nuevo a la pandilla a la calle para levantarte con el alba a rodar. Hay una parte de aventura física en el cine que como escritor echo de menos.

Será entonces en el cine donde veremos su próximo trabajo.
Estoy con una novela y un guión tratando de pasar a la vez por la puerta. Veremos quién empuja a quién.

John Updike - "Terrorista" (Bromera)

John Updike es uno de los nombres que siempre suenan como candidato al Nobel, ese mediático premio que tiene la extraña virtud de dejarnos atónitos año sí, año también. Pero, ¿qué más da recibirlo o no cuando lo cierto es que eres un escritor reconocido y admirado y tus novelas son tan rematadamente buenas? Ya sé que quizá empiezo muy fuerte pero es que Terrorista es la primera novela suya que he leído y me ha encantado. Entraría en la denominación de thriller porque cuenta una trama interesantísima con mucha acción aunque poco diálogo porque casi todo lo que sabes es a través de las divagaciones de cada personaje. El protagonista es un joven americano de ascendencia árabe que se pone en manos de un grupo pequeño pero organizado de fanáticos que lo convierten en aprendiz de terrorista. Toda la historia se desarrolla en un frenético in-crescendo, desde una leve sospecha inicial hasta un final de puro infarto (y eso es algo que me ocurre en contadas ocasiones) en medio de la duda, ¿será capaz Ahmad de volar por los aires el túnel Lincoln de Nueva York?

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Lo que a mí me fascinó es cómo se adentra el autor en la psicología de personajes tan diferentes: El joven árabe resentido con el mundo occidental donde se ha criado y bajo la sombra de un padre ausente e idealizado en la distancia (esos padres que nunca ejercen como tales de los que tanto ha hablado Barack Obama…), con férreas creencias y muy inocente a la vez que es utilizado por una banda de cobardes maquinadores; el profesor judío que se preocupa por su alumno y que encuentra en esa relación un nuevo motivo para seguir en la brecha; la madre soltera trabajadora y artista tan lejos y tan cerca a la vez de su hijo; la esposa con sobrepeso y un pasado espléndido que reparte sus días entre su trabajo de bibliotecaria y los seriales televisivos; la secretaria del Jefe de Seguridad Nacional;… Quizá los pasajes que se refieren a este último personaje sean los más caricaturescos y por ello su presencia es mucho menor en todo el libro. Updike me parece brillante en su capacidad de análisis y de profundización en el ser humano en toda su diversidad y complejidad, cómo se fija en las particularidades de cada ser humano, en su vida cotidiana y retrata a los ciudadanos corrientes de su país. En este sentido, también encuentro muy atractiva la audaz descripción, llena de detalles muy diversos, que hace el escritor del estado de las cosas en la sociedad norteamericana actual, los cambios sufridos, y la convulsión ocasionada en cada persona por el 11-S. Ahora que llevamos meses mirando con atención lo que pasa en la carrera a la Casa Blanca y esperamos curiosos el desenlace del próximo 4 de noviembre para saber si finalmente Estados Unidos tendrá por primera vez en su historia un presidente negro, es innegable el interés que suscita lo que se cuece por esos lares.

Aquí van algunos comentarios interesantes sobre el libro en otros blogs:

Tirant al cap
El síndrome de Chéjov
Moleskine literario


Andrea Camilleri - "El perro de terracota" (Salamandra)

Debido a la extraña pero cómoda costumbre de muchos periodistas especializados, de copiar las consideraciones de otros colegas cuando desconocen un tema (en lugar de reconocer el desconocimiento o simplemente, apuntar la materia desde otro ángulo), a punto estuve de que mi relación con la obra de Andrea Camilleri se limitara a la lectura de La forma del agua. Y es que, animado por las constantes recomendaciones que de esta novela se hacían siempre que el nombre de su autor salía a relucir, fue la primera protagonizada por Salvo Montalbano que cayó en mis manos. Sin embargo, en lugar de acabar entusiasmado ante una obra brillante, lo que me encontré fue una novela policíaca de corte mediterráneo -muchos exteriores y aparente descripción social- bastante convencional, que situaba al autor italiano (a mi parecer, y con una sola lectura) un paso por detrás de sus colegas de referencia. Y así quedó nuestra relación hasta que, en las últimas vacaciones, quién sabe por qué motivo, se cruzó de nuevo en mi camino y me propuse darle una nueva oportunidad. La elegida en esta ocasión fue El perro de terracota y puedo avanzarles que fue una decisión acertada.

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Porque ya desde
las primeras páginas de la novela me encontré con un autor liberado del encorsetamiento formal que hacía de La forma del agua una novela estándar. Escrita dos años después de aquella -y con una La ópera de Vigàta también protagonizada por Montalbano de por medio-, El perro de terracota empieza a modo de comedia de enredo y sin plantear un caso concreto. En cambio, al comisario se le agolpan, en el transcurso de unas pocas horas, una serie de problemas que en principio irá resolviendo a trompicones y de modo a veces accidental, aunque poco a poco, lo que parecían sucesos aislados, acaben apuntando a un problema mayor. Con esa excusa, la del delito siempre necesario de la novela negra, Camilleri traza -esta vez sí- una tragicómica historia, que le sirve para dibujar un retrato de la sociedad contemporánea que puebla esa Sicilia en la que ubica su ficticia Vigàta. Las mafias, los silencios, los enchufes, el conservadurismo, las apariencias... todo va desfilando ante los ojos de un lector que devora una novela tremendamente ágil, que se eleva aún más con una inteligente trama paralela, la del hallazgo de unos cadáveres asesinados medio siglo atrás y su imposible investigación por parte del comisario, que sirve a su autor para hacer una semblanza de la Sicilia de la 2ª Guerra Mundial. Y todo ello, mientras el lector se entretiene, seguramente en muchas ocasiones, sin ser consciente de lo que se le está contando.

Así se configura una obra sencilla y agradable en su apariencia (con un Salvo Montalbano ácido y con cuerpo), pero tremendamente sólida. Una novela que ha provocado que otra de las protagonizadas por el comisario me mire ya de reojo en estos momentos, y que espere con interés la salida de La muerte de Amalia Sacerdote, la obra con la que, días después de completar ésta, Andrea Camilleri se alzó como vencedor del II Premio Internacional de Novela Negra RBA.

Vin Packer – “Spring Fire” (Cleis Press)

Imaginaos esta escena. Son los años 50, justo después de salir de la II Guerra Mundial, cuando empieza a despuntar la fiebre del McCarthismo, la paranoia general, el saber estar, lo correcto y lo bien visto. Justo entonces una mujer cualquiera se atreve a coger un libro en uno de los estantes de un drugstore (una tienda de esas donde hay de todo, tipo la de Apu de Los Simpson), se acerca a la caja y paga. Sale por la puerta con una sonrisa orgullosa en la cara y en su bolso lleva un tesoro, un pulp fiction. Eran aquellos libros, hechos con papel barato de pulpa de madera, en los que se podían leer series sobre el lejano oeste, bandas criminales, drogas, toda clase de violencia y homosexualidad. Esta mujer que imaginamos va a llegar a casa y se pondrá en contacto con personajes que han tenido las mismas emociones que ella, los mismos sentimientos, los mismos pensamientos. Y no por la conquista del oro en las tierras recién conquistadas, sino porque a Susan le gusta Leda o porque a Laura le ha cambiado la vida al conocer a Beth. Así, los lesbian pulp fiction fueron toda una revolución. Eran lo suficientemente baratos para que autoridades malpensantes no les prestaran demasiada atención, también por su supuesta mala calidad literaria, y para que sus lectoras los devoraran fervientemente y luego pudieran tirarlos o quemarlos sin ser descubiertas. Estoy hablando de Estados Unidos, claro. La escena sería mucho más bizarra en la España de Cuéntame cómo pasó…

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El primero de los libros en empezar con esta pequeña revolución fue Woman’s Barracks (de Tereska Torres) en 1950 y fue declarado como “promoción a la degeneración moral” por House Select Comittee on Current Pornographic Materials, pero es Spring Fire (publicado por Gold Medal Books en 1952) quien sentó precedente al centrar su atención sólo en la relación amorosa de sus dos protagonistas femeninas. Susan Mitchell y Leda Taylor son compañeras de cuarto en la hermandad (sorority) Tri Epsilon en un College, para pasar casi inmediatamente a convertirse en amantes secretas. La historia tiene un desarrollo típico de esta clase de relatos, con las salidas nocturnas sin ser vistos por los supervisores, las hermanas vigilantes del buen comportamiento interno, los chicos y las chicas. Pero aquí se añade el componente del lesbianismo. Susan es nueva, Leda ya ha hecho esto otras veces y ambas se dejan llevar por su amor, aunque eso se vea interrumpido a veces cuando los chicos les metan mano en los asientos de atrás de los coches para mantener las apariencias. Cuando son sólo besos, abrazos y todo lo demás no ocurre nada, porque es durante el silencio y la oscuridad de la noche, pero si los actos se convierten en palabras, en tratar de comprender, entonces sólo queda la negación. Susan le dice a Leda que le quiere y que no entiende cómo aquella tiene que irse con su novio. La contestación de Leda es sencilla, me gusta estar contigo pero dejaré de estarlo si eres lesbiana. ¿Y qué era ser lesbiana en ese momento? Susan encuentra la respuesta en un libro de la biblioteca en el estante de psicología: “Una lesbiana es algo anormal, una mujer que no puede tener relaciones satisfactorias con un hombre sino con otra mujer”. Hasta ahí tampoco es muy ofensivo, pero si sigue leyendo… “La mujer homosexual, la lesbiana, a menudo toma ventaja de mujeres que no son realmente homosexuales. Estas mujeres pueden disfrutar con los hombres, y ser capaces de una vida heterosexual totalmente normal si realmente no mantienen una relación seria con una lesbiana genuina, cuyas técnicas son a veces más habilidosas que la de cualquier hombre joven con poca experiencia”. Así que ante semejante explicación sólo quedaba la vergüenza y la marginación.

Se vendieron más de millón y medio de copias. Ya ves, un súper impacto. Pero yo sigo pensando en aquella mujer que lee el libro en su casa. Y me imagino que se pega un tiro. Porque lo trágico de estos libros es que hacen pensar que uno no está sólo en el mundo con sus “disfunciones”, pero si te dejas llevar por ellas acabarás muerta o loca. Woman’s Barrack acaba con un suicidio y Spring Fire deja a Leda internada en un asylum, es decir, una casa de locos de la época. Y todo tiene una explicación, claro. Se puede hablar abiertamente de la existencia de las relaciones lésbicas, pero hay que censurarlas al final como castigo ejemplar. De hecho, el editor obligó a la autora (quién publicó como Vin Packer, aunque su verdadero nombre era Marijane Meaker) a cambiar el final. “No puedes hacer que la homosexualidad resulte atractiva. Nada de finales felices”, le dijo, según cuenta la autora en el prólogo de la reciente edición de Cleis Press. “Así que hice este libro, Spring Fire, y al final una mujer joven se vuelve loca mientras la otra se da cuenta de que nunca realmente estuvo enamorada de ella. A pesar de que esto debió satisfacer a los inspectores del servicio postal (en el que se distribuían los libros), la audiencia gay no lo habría creído ni por un minuto. Porque lo más importante de todo fue el hecho de que había un nuevo libro sobre nosotras. De repente, estábamos en los estantes de los quioscos y las tiendas de revistas, allí justo a la vista de todos, en las repisas”.

J.G. Ballard – “El mundo sumergido” (Minotauro)

El género de ciencia-ficción era una asignatura pendiente para mí. Lo sigue siendo, pero por lo menos puedo decir que he empezado con muy buen pie, gracias al consejo del crítico Jordi Costa, con el que suelo sintonizar muy a menudo y del que me fío bastante. Se habían quedado resonando en mi cabeza frases suyas, leídas o escuchadas en alguna intervención en La Ventana, como cuando contaba que para Ballard el único planeta realmente extraño era la Tierra y que el verdadero reto era la inmersión en el espacio interior. ¿Cómo no quedar fascinada por alguien que dice eso?

Con esta primera lectura me he podido hacer una idea clara del imaginario de este escritor inglés, la distopía, los escenarios desoladores y los efectos psicológicos que tanto le gusta explorar, y que de hecho le han convertido en un género en sí mismo, con adjetivo propio y entrada en el diccionario Collins. Aunque tengo que reconocer que las primeras páginas me costaron, básicamente porque no estoy acostumbrada a una prosa tan descriptiva en cuanto a espacios físicos y me costaba poner imágenes a unos paisajes tan extraños, con el mundo cubierto de agua verde pantanosa, una vegetación exagerada, demasiados insectos y reptiles, y un Sol tormentoso y violento. Pero pasado un capítulo ya estaba completamente atrapada por la historia de mundo futuro que involuciona para volver a la era paleozoica y al triásico.

Precisamente en estos meses la editorial Minotauro ha reeditado El mundo sumergido y J.G. Ballard es el protagonista de la exposición Autopsia del nuevo milenio en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona hasta el 2 de noviembre, cuyo comisario es Jordi Costa.

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Todos son buenos motivos para adentrarse en el mundo de Ballard, al que hasta hace poco yo solo conocía por ser el autor de Crash y el niño que inspiraba la historia de El imperio del sol, de Spielberg. Su accidentada biografía ya suscita por sí misma el interés, pero cuando lo lees y disfrutas tanto con su prosa delicada y sagaz y una visión rayos X para describir los estados de ánimo, la complejidad de la mente humana, sabes enseguida que vas a repetir. Como en este pasaje del principio de El mundo sumergido, en que empiezas a seguir los pasos del doctor Kerans: “La creciente tendencia al aislamiento y a encerrarse en ellos mismos que se manifestaba en todos los hombres del grupo le recordaba a Kerans el metabolismo disminuido y la regresión biológica de todas las formas animales cuando va a operarse en ellas una metamorfosis fundamental. Se preguntaba a veces en qué zona de tránsito estaba entrando él mismo, y pensaba que su propia regresión no era síntoma de una esquizofrenia latente, sino una cuidadosa preparación para un ambiente radicalmente nuevo, con una lógica y un mundo interior propios, donde las antiguas categorías mentales serían verdaderos impedimentos”.

A mí me gustó especialmente no saber nada del argumento de este libro, tan insospechado y fascinante, creo que con los pequeños apuntes y las citas textuales es más que suficiente para despertar la curiosidad. Merece mucho la pena.

Lúcidas reflexiones sobre la lectura y el mundo editorial

Hoy aparece en la última página de El País una entrevista muy interesante al escritor Alberto Manguel. La edición al por mayor, la pérdida de criterio en la selección tanto del que lee como del que publica, y la experiencia del libro como fuente de inagotable conocimiento y diversión, son algunos de los asuntos que trata.

De paso aprovecho para recopilar aquí una serie de artículos sobre este interesante personaje que invitan a dejarse llevar por el deleite intelectual:

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